Vivimos en un mundo en el que el funeral importa más que el muerto, la boda más que el amor y lo físico más que el intelecto. Vivimos en la cultura del contenedor, que desprecia el contenido.
—Eduardo Galeano
Henry Giroux, Counter Punch
En el centro de este libro se esconde una cruda verdad: los estadounidenses, y los pueblos del mundo entero, se enfrentan a un momento de grave peligro. No se trata sólo de una crisis política, sino moral, que exige que la búsqueda de la verdad vaya acompañada de un reconocimiento urgente, tanto individual como colectivo, de que la democracia misma está bajo asedio. Estados Unidos está enfrascado en una batalla histórica por el alma de la democracia, los valores que la sustentan y las instituciones que crean ciudadanos dispuestos a defenderla. La cultura cívica, los valores compartidos y el compromiso con el bien público están siendo desmantelados por el ascenso de los autoritarios del siglo XXI, que camuflan su desdén por la democracia defendiendo sin reservas la “democracia iliberal”, un código engañoso para una nueva clase de fascismo. En una época de horizontes políticos cada vez más reducidos, lo desagradable e impensable no sólo se ha normalizado, sino que se ha retocado hasta convertirlo en algo aceptable.
La promesa de la democracia está siendo sofocada bajo un manto creciente de cinismo, dejando tras de sí lo que David Graeber describió tan poderosamente como un “aparato de desesperanza”. Este sistema está diseñado para asesinar sueños y extinguir cualquier visión de un futuro alternativo, aplastando no sólo los ideales democráticos sino la esperanza misma necesaria para imaginar y luchar por un mundo mejor. Lo que queda es un asalto calculado a las posibilidades, diseñado para suprimir la resistencia y asegurar la sumisión al autoritarismo.
El coqueteo con el régimen autoritario en Estados Unidos, Hungría, Italia, Turquía, India y otros países ha dado paso a una adopción descarada de las ficciones ideológicas del poder despótico, el capitalismo racial y la supremacía blanca. En el momento histórico actual, la moralidad y la responsabilidad ya no están en el primer plano de la configuración de la identidad, la capacidad de acción y la política. La obsesión neoliberal con la privatización, la acumulación de riqueza y los mercados sin trabas se corresponde con su delirante llamado al crecimiento sin fin y un desdén por el bien común y el estado social. Uno de los resultados ha sido una creciente ira y amargura colectiva por lo que Tony Judt identificó proféticamente como “crecientes desigualdades de riqueza y oportunidades; injusticias de clase y casta; explotación económica en el país y en el extranjero; corrupción, dinero y privilegios que obstruyen las arterias de la democracia”. A esto se suma la guerra de la derecha contra la educación, el ataque a los derechos reproductivos de las mujeres y los derechos de los homosexuales, junto con la aceleración del racismo sistémico y la violencia policial, y una devastación ambiental implacable.