lunes, 2 de marzo de 2026

Ataque a Irán: nuevo episodio de un conflicto mundial

Ucrania, Palestina, Venezuela y ahora Irán constituyen distintos frentes de un conflicto global. Además de seguir la agenda del sionismo en la región, el ataque a Irán intenta impedir por la fuerza el ocaso de la hegemonía estadounidense y occidental.

Andreu Coll, Jacobin

Israel y Estados Unidos han lanzado importantes ataques contra Irán en la madrugada del sábado, en una agresión imperialista que provocará más muerte y destrucción. Irán ha respondido atacando Israel y bases militares estadounidenses en Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Baréin.

Los ataques se produjeron al día siguiente de la tercera ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán sobre el programa de enriquecimiento nuclear de Irán. Es importante recordar que fue la primera administración de Donald Trump la que reventó el acuerdo firmado por Obama en 2015 y que ya apoyó la «guerra de los 12 días» de junio pasado para golpear las instalaciones nucleares y los depósitos de misiles balísticos iraníes, con resultados mucho menos concluyentes de lo que habían proclamado.

Cuando las conversaciones terminaron el jueves pasado, el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Sayyid Badr Albusaidi, principal negociador, afirmó que se habían producido «avances significativos». Además, señaló que se habían previsto más conversaciones en menos de una semana.

Sin embargo, a lo largo de todo el proceso, el programa nuclear de Irán ha sido un punto conflictivo. Irán se negó a detener su programa de enriquecimiento nuclear, que se utiliza exclusivamente con fines civiles. El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, afirmó que Irán haría algunas concesiones sobre su programa para llegar a un acuerdo, pero se negó a detenerlo por completo.

Pero la mera existencia de un programa nuclear fue suficiente para que Trump e Israel concluyeran que Irán está fabricando un arma nuclear. En realidad, no hay pruebas de que Irán supusiera una amenaza para Israel y Estados Unidos. Y cuando quedó claro que Estados Unidos no podía negociar con Irán para que detuviera por completo su programa, Trump optó por la fuerza.

Parte del plan consiste en imponer un cambio de régimen en Irán aprovechando un momento de extrema debilidad por los movimientos de oposición interna a la dictadura teocrática reaccionaria de los ayatollahs, por la desaparición del régimen sirio de Al Assad tras el fin de la guerra civil y el extremo debilitamiento de organizaciones islamistas aliadas de Irán como Hezbollah en Líbano, Hamás en Gaza o los hutis del Yemen tras los reiterados ataques israelíes, estadounidenses y británicos en toda la región, sobre todo desde el 7 de octubre de 2023, además de por sus contradicciones internas y su naturaleza procapitalista.

Las grandes protestas de enero han debilitado el régimen del líder iraní Alí Jamenei, y Trump e Israel se han aferrado a ello como una forma de socavar a su rival regional. Pero el presidente estadounidense está utilizando la retórica de actuar en nombre del pueblo iraní para expandir su influencia en la región. Obviamente, no se le escapa a nadie el hecho de que Trump —quien está liquidando los restos del sistema constitucional de los Estados Unidos y creando un régimen de excepción antidemocrático— y el genocida, supremacista y ultraderechista de Netanyahu —y sus socios de gobierno ultrarreligiosos— afirmen estar actuando en pos de la democracia y los derechos humanos del pueblo iraní, instándolo a rebelarse contra el régimen, constituye una broma de mal gusto.

Poniendo el retrovisor: Persia, Irán y la lucha por la democracia

Aunque es poco conocido, la primera revolución por la democracia se dió en Irán el mismo año de la primera gran revolución contra la autocracia zarista en Rusia (1905) y siguió hasta 1910 (año en que estalla la Revolución mexicana) y 1911 (cuando se derrocó al emperador en China y se inició el ciclo revolucionario que culminaría en la victoria maoísta de 1949). Este primer movimiento democrático fue derrotado por la intervención colonialista británica y rusa de 1911.

En 1941, de nuevo una intervención anglo-rusa terminó instalando a Mohammad Reza Pahlevi como Shah de Persia. En 1953, año de la muerte de Stalin, en esta ocasión el MI6 británico y la CIA estadounidense organizaron un golpe de Estado para derrocar al gobierno nacionalista progresista de Mohammed Mossaddeq, que había osado nacionalizar la industria petrolera del país y destinar la renta petrolera al desarrollo social nacional (como a finales de siglo haría Hugo Chávez tras ganar las elecciones presidenciales en Venezuela en 1998).

La dictadura atroz de Shah de Persia, que contribuirá a reprimir brutalmente al poderoso movimiento comunista iraní (partido Tudeh o Partido de las Masas de Irán), un actor clave en la construcción de la campaña por la nacionalización del petróleo por Mossaddeq, recibirá un fuerte apoyo de Estados Unidos y otras potencias imperialistas, buscando posicionarlo como aliado contra la URSS durante la guerra fría y como cómplice del sionismo en tiempos de ascenso nacionalista árabe (nasserismo y baasismo) y marxista en Oriente Medio.

El debilitamiento de la izquierda bajo la bota represiva del Shah y los enfrentamientos entre el régimen «prooccidental» y la oposición religiosa de los ayatollahs facilitará su llegada al poder de estos últimos tras el estallido de la revolución que derrocó a Mohammad Reza Pahleví en 1979. El afianzamiento del régimen teocrático conducirá primero a una nueva represión anticomunista y antiobrera (con ejecuciones terribles en 1988) y luego a una represión de las minorías kurdas (como ocurre también recurrentemente en Turquía y Siria), pero también a una ideología de oposición radical al imperialismo estadounidense y al Estado de Israel.

Cambio de régimen: obsesión israelí y proyecto yanqui de largo aliento

El triunfo de la Revolución islámica y su antiamericanismo aumentaron el prestigio de Irán en la región, pasando a ser considerado como un «fundamentalismo antiimperialista», que contrastaba con el fundamentalismo anticomunista estadounidense en la región, en el marco del que la CIA incluso fomentó la construcción de Al Qaeda como herramienta para combatir a la URSS en Afganistán («los luchadores por la libertad» de Rambo III, que tanto entusiasmaron a un actor de Hollywood de segunda fila como Ronald Reagan), con el apoyo entusiasta de Arabia Saudía y los emiratos del Golfo, Turquía y Pakistán. El desarrollo de fuerzas como Hezbollah o la Yihad Islámica, a pesar de su programa religioso, procapitalista y reaccionario, ganaron influencia debido a la resistencia eficaz contra la invasión israelí del Líbano en los 80 y ante las claudicaciones de la OLP palestina en los Acuerdos de Oslo de 1993-95, profundizando así el debilitamiento de las corrientes nacionalistas progresistas y marxistas en toda la región de Oriente Medio y el Norte de África.

La guerra Irán-Iraq, junto al apoyo a los Muyahidines (y más tarde talibanes) en Afganistán y la financiación de la contra antisandinista en Nicaragua y la contrainsurgencia en toda Centroamérica —para hundir y evitar la expansión de la última revolución socialista del siglo XX— marcarán los compases finales de la Guerra Fría.

Tras 10 años de guerra de Iraq contra Irán —una guerra proxy como la de Ucrania que el imperialismo estadounidense sabe utilizar muy bien para debilitar a sus enemigos estratégicos—, la invasión a la desesperada de Kuwait por Saddam Hussein en 1990 para, entre otros motivos, sanear unas finanzas severamente mermadas, precipitó la primera gran guerra posterior al fin de la Guerra Fría, acontecimiento fundador del proyecto neocón de dominación unipolar para un nuevo siglo americano: la primera Guerra del Golfo de 1991.

De aquellos tiempos data también el proyecto del Gran Israel que ha ido desarrollando el sionismo más ultraderechista, que implica una expansión a costa de Siria y Líbano, la radicalización de la colonización de Cisjordania, el despliegue de lógicas genocidas en Gaza y la voluntad de destruir Irán, arrastrando a Estados Unidos a seguir su agenda.

Desde 1991 han desaparecido uno tras otro todos los regímenes hostiles a Israel (y al imperialismo occidental en general) en la zona: el Iraq baasista (2003), la Libia de Gaddaffi (2011), la Siria de Al Assad (2025)… Y se está perpetrando un genocidio impune contra Palestina desde hace casi dos años y medio, con organizaciones como Hezbollah y Hamas muy diezmadas por los ataques sionistas.

Contra el imperialismo y el sionismo, en solidaridad con el pueblo iraní

Aunque las protestas de enero representaron una movilización legítima contra el régimen reaccionario, misógino y represivo de Jamenei, alimentadas también por la desesperación resultante de la crisis económica debida a las sanciones occidentales, las bombas no liberan a los pueblos. La guerra nunca le ha traído liberación a la gente común. Años de guerra y ocupación en Afganistán e Irak produjeron más caos y violencia, así como la propagación de ideologías reaccionarias y un aumento de la represión.

Dado que Irán tiene derecho a defenderse del ataque, las acciones de Estados Unidos e Israel pueden provocar una guerra regional con resultados impredecibles. Si se confirma que israelíes y estadounidenses están atacando infraestructuras petroleras iraníes, no es en absoluto impensable que Irán cierre el estrecho de Ormuz con medios militares, lo cual provocaría un caos comercial, energético e inflacionario fenomenal en la economía global, que podría alcanzar proporciones históricas sólo comparables a las posteriores a la guerra del Yom Kippur, que precipitó la llamada «crisis del petróleo» de 1973.

Más en general, lo que estamos viendo en germen desde 2008, pero mucho más claramente desde 2022, es que los acontecimientos en Ucrania, Palestina, Venezuela y ahora Irán constituyen distintos frentes de un conflicto global. Su objetivo es impedir por la fuerza el ocaso de la hegemonía estadounidense y occidental en el mundo, amenazada principalmente por el creciente poder de China. En Ucrania se trata de debilitar a Rusia, socio fundamental de China. En Venezuela se trata de privar a China del acceso a importantes reservas energéticas y de recursos latinoamericanos. Irán es el eslabón fundamental de la integración euroasiática, con sus corredores energéticos y de transporte este/oeste y norte/sur. En el caso de Irán se quiere hacer lo mismo que con Siria: la eliminación de un régimen —ciertamente autoritario y anti obrero, pero no por ello menos soberano e independiente— y la sustitución posterior por la habitual mezcla de gobierno sometido y caos violento típicos de un régimen fallido.

Los iraníes dicen que responderán en proporción a la agresión que sufran. Dicen tener mucha mayor capacidad misilística que la demostrada en la guerra de los doce días del pasado junio, cuando 45 de sus misiles traspasaron la «cúpula de hierro» israelí tras agotar y superar su capacidad de intercepción (en la que, además de Estados Unidos, colaboraban los europeos, con su hipocresía habitual).

Tras cumplir ya cuatro años, la guerra de Ucrania mantiene unas negociaciones más ambiguas que nunca. Que el principal factor de la guerra, Estados Unidos, se presente en ellas como «mediador» obedece únicamente al miedo de que una derrota militar de la OTAN socave el prestigio de Washington. Trump le ha pasado a los europeos la papa caliente de la ayuda militar a Kiev pero, excepto a nivel financiero, su implicación sigue siendo la misma. La CIA y el MI6 británico siguen muy activos señalando objetivos y posibilitando no pocos ataques ucranianos y los aviones americanos y británicos siguen operando en el Mar Negro y guiando a los ataques ucranianos contra la retaguardia rusa.

Hoy más que nunca, hay que luchar contra el imperialismo, en solidaridad con los pueblos y combatiendo la guerra y la militarización como grandes ejes irrenunciables para construir una alternativa ecosocialista y una democracia de los trabajadores.



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