La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos contra Venezuela en la madrugada del 3 de enero marca un punto de inflexión histórico en la relación entre Washington y América Latina
Pedro Perucca, Jacobin
Los bombardeos sobre el territorio venezolano y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa confirman que la administración estadounidense de Donald Trump ha optado por una escalada guerrerista abierta, abandonando cualquier vestigio de contención diplomática. No se trata de un episodio aislado ni de una reacción coyuntural, sino de una redefinición estratégica del lugar que Estados Unidos asigna a la región en el nuevo orden imperial en disputa. Aunque el repliegue hemisférico de los Estados Unidos, en el marco de su disputa geopolítica con China y Rusia, anticipaba malas noticias para la región, la dimensión de la actual ofensiva militar contra Venezuela implica una escalada bélica inédita en más de cuatro décadas, que encendió las alarmas democráticas de todo el continente.
Como se venía propalando desde hace meses, el objetivo declarado de la Casa Blanca era el derrocamiento del gobierno de Nicolás Maduro. Trump nunca le ofreció una negociación real al poder venezolano: la única «salida» planteada fue la rendición incondicional. Y aunque Estados Unidos no estuviera en condiciones de desplegar una invasión terrestre clásica, como en Irak o Afganistán, tampoco estaba dispuesto a retroceder, apostando en cambio por un despliegue militar sin precedentes en las inmediaciones de Venezuela. En las últimas horas los escenarios alternativos anticipados —bombardeos selectivos, operaciones encubiertas contra la dirigencia chavista o una combinación de ambas— dejaron de ser hipótesis y los alertas se convirtieron en una gravísima realidad.
Las justificaciones esgrimidas por Trump para esta ofensiva no resisten el menor análisis. La acusación de que Maduro encabeza una red internacional de narcotráfico ya fue considerada como absurda incluso en ámbitos diplomáticos poco sospechosos de simpatía por el gobierno de Caracas. El argumento de la «dictadura» chavista se derrumba frente al respaldo incondicional de Washington a regímenes abiertamente despóticos, como el de Arabia Saudita. La apelación a una supuesta «crisis humanitaria» resulta de un cinismo extremo cuando proviene de un país que viene apoyado políticamente, financiando y armando al gobierno israelí para que pueda continuar con el genocidio en Gaza (que continúa a toda marcha, pese al supuesto «cese el fuego»). Y el argumento de que Venezuela constituye una amenaza estratégica por su relación con Rusia, China o Irán es tan desproporcionada que roza lo grotesco.



















