Al igual que en el resto de América Latina, la administración Trump trabajó abiertamente para derrotar a un gobierno de izquierda en Brasil y reemplazarlo por uno de extrema derecha. Con la victoria de Lula, Trump fracasó
(Rodrigo Paiva / Getty Images)
Branko Marcetic, Jacobin
La victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil está siendo ampliamente celebrada como una de las grandes remontadas políticas de nuestro tiempo. Es la primera vez que un candidato presidencial brasileño logra revertir una derrota en la primera vuelta, gracias al renovado impulso de la izquierda brasileña y a una nueva estrategia digital. Y lo consiguió un dirigente que todavía en 2019 se encontraba encerrado en una celda.
Pero la victoria es aún más impresionante porque Lula no solo tuvo que superar a las poderosas fuerzas que se alinearon contra la izquierda dentro de Brasil, sino también a una administración hostil en Washington decidida a apartarlo del poder.
Durante los últimos veintiún meses, la administración de Donald Trump se ha dedicado a intervenir allí donde ha podido para debilitar a los gobiernos de izquierda de América Latina y favorecer a los dirigentes autoritarios de derecha de la región, cortados por el mismo patrón. Esta política está en consonancia con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que establece explícitamente el objetivo de «reafirmar y hacer cumplir la Doctrina Monroe» y de «recompensar y alentar a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y nuestra estrategia».














