Alain de Benoist traza la evolución del concepto de «liberalismo autoritario», desde su acuñación por Hermann Heller en la década de 1930 hasta su resurgimiento actual y sostiene que, cuando la democracia liberal se siente amenazada, renuncia a sus propios principios y recurre a la prohibición de partidos, a la criminalización de la disidencia y a la vigilancia no solo de los actos, sino también de los motivos y los pensamientos
Alain de Benoist, Arktos
La noción de «liberalismo autoritario» surgió a principios de la década de 1930, en particular de la pluma del jurista Hermann Heller, un gran adversario de Carl Schmitt. Resurge hoy en un contexto diferente, en el que proliferan las medidas liberticidas en el corazón mismo de las democracias liberales. El episodio covidista de los confinamientos y la vacunación marcó un punto álgido en el afianzamiento de este liberalismo autoritario. La brutal represión de los Gilets jaunes [Chalecos Amarillos] fue otro.
Cuando el liberalismo se siente amenazado, reacciona como cualquier otra forma de poder —es decir, como un perro que teme que le quiten su hueso. Cuando el dique se desborda y los «cordones sanitarios» (1) comienzan a desmoronarse, lo único que queda es prohibir a los partidos que ganan, impedir que sus candidatos se postulen a las elecciones e incluso hacer que los maten.
De esto podemos estar seguros: acorralados, los oligarcas del Sistema no se detendrán ante nada. Ya han multiplicado las prohibiciones y disoluciones, han cerrado cuentas bancarias y han decretado prohibiciones de circulación.
En Alemania un proyecto de ley propone ahora que los municipios ejerzan un derecho de preferencia sobre los bienes inmuebles para impedir su adquisición por parte de personas sospechosas de ser «enemigos de la Constitución». El pasado mes de febrero, el canciller Friedrich Merz lo dijo sin rodeos: «En nuestro país la libertad de expresión termina cuando se socava la Constitución».
Ahora que el rechazo a la ideología dominante se percibe como un escándalo, cualquier medio es válido para gobernar no solo sin el pueblo, sino en su contra.














