Henry Giroux,
Counter Punch
En Francia, España, India, Bélgica y otras partes del mundo, los jóvenes salen a las calles, dando voz a una creciente revuelta internacional contra la destrucción de la educación pública, el colapso de las protecciones sociales, la erosión de los derechos democráticos y las crueles políticas de austeridad. A pesar de sus diferentes historias nacionales, estas luchas comparten una creciente indignación ante la maquinaria salvaje del capitalismo neoliberal, su abandono de la juventud, su concentración de riqueza y poder en manos de las élites gobernantes, su adhesión al militarismo y su destrucción sistemática de las instituciones públicas y las protecciones sociales de las que depende la vida democrática. En Francia, lo que comenzó como protestas contra las aulas superpobladas, el deterioro de las escuelas y la escasez de profesores se ha convertido en un movimiento nacional que cuenta con el apoyo de padres, estudiantes universitarios, trabajadores y sindicatos.
Como
argumenta Martin Barnay en
New Left Review , la revuelta evoca una importante historia de resistencia estudiantil en Francia, desde mayo de 1968 hasta el levantamiento estudiantil de 1990, cuando los jóvenes desafiaron los fracasos de la autoridad política y contribuyeron a transformar las reivindicaciones educativas en luchas sociales más amplias. Hoy, los estudiantes se enfrentan a una clase política que sirve a los intereses de las élites financieras, el complejo militar-industrial y el poder corporativo, al tiempo que desmantela las instituciones públicas y las protecciones sociales de las que dependen las comunidades obreras y pobres. Como
observa Jon Henley, la crisis que afrontan los estudiantes franceses va mucho más allá de las dificultades materiales inmediatas. Refleja un temor creciente a que el neoliberalismo les haya arrebatado la seguridad económica, la capacidad de acción política y la posibilidad de un futuro prometedor. Escribe: «Esta generación teme que su futuro esté marcado por perspectivas cada vez menores, empleos precarios y mal remunerados, un coste de vida inasequible y una infraestructura pública en constante deterioro; en resumen, el fin de la seguridad socioeconómica básica de la que, en su mayoría, disfrutaron sus padres».