De Francia a la India, los jóvenes encabezan la actual ola de protestas. En lugar de negar la importancia de la política generacional, podemos verla como una manera en que las personas dan sentido a sus posibilidades de vida y a las oportunidades que se les niegan
Elias Koenig, Jacobin
¿Qué ronda por la cabeza de la clase dominante en estos días? Si las páginas de The Economist son un indicador confiable, es el espectro del «socialismo de la Generación Z»: el creciente apoyo entre los jóvenes a las políticas que apuntan a gravar a los multimillonarios, socializar la economía y detener el genocidio en Gaza, como lo evidencia la popularidad de políticos como el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, el líder del Partido Verde de Inglaterra Zack Polanski o el candidato presidencial francés Jean-Luc Mélenchon. A comienzos de este verano, la revista dedicó un número entero a «contraatacar» a esta «amenaza a la prosperidad», e instó a sus colegas liberales partidarios del libre mercado a «dejar de pedir disculpas» y a presentar una «defensa más contundente del capitalismo». El cebo de indignación funcionó: el buzón de la revista se inundó de respuestas críticas, una selección de las cuales publicó más tarde en una sección titulada «¿Nos apuramos en atacar al socialismo de la Generación Z?».
Sin embargo, la verdadera réplica ha llegado desde las calles. En todo el mundo, movimientos masivos encabezados por la Generación Z denuncian el aumento del costo de vida y la corrupción política, además de reclamar mejor educación, atención médica y protecciones ambientales. La India es un caso ilustrativo: el mismo día en que se publicó el editorial de The Economist, decenas de miles de jóvenes manifestantes enfurecidos inundaron Nueva Delhi, se enfrentaron en batallas callejeras con una policía local desorientada y violenta y paralizaron el corazón de la capital india. Las protestas se habían desatado por los comentarios del presidente de la Corte Suprema de la India, Surya Kant, quien durante una audiencia de la Corte Suprema había comparado a los jóvenes desempleados con «cucarachas» y «parásitos». Centrado inicialmente en la rendición de cuentas en materia educativa, el movimiento amplió desde entonces su plataforma para incluir demandas de reformas electorales y económicas.














