Una alianza destinada a contrarrestar el colapso de la hegemonía estadounidense en Asia Occidental ya ha fracasado en su primera prueba en Yemen
Samuel Geddes, Al Mayadeen
Los medios de comunicación del Golfo Pérsico dieron mucha importancia al anuncio del «Acuerdo de La Meca», que unía a Arabia Saudí con Turquía y Pakistán, de modo que un ataque contra uno se consideraría un ataque contra todos. Se presentó como una alianza colectiva para contrarrestar la menguante influencia estadounidense o como una alianza defensiva contra la agresión israelí. En realidad, debería haberse considerado una respuesta a la situación inmediata provocada por la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán y la reanudación de la guerra, respaldada por Arabia Saudí, contra el gobierno de Saná en Yemen.
Las represalias tanto de Teherán como de Saná han afectado a instalaciones saudíes vitales a lo largo de las guerras, atrapando a Riad en una situación de riesgo que podría convertirse en una verdadera amenaza existencial para el reino y sus vecinos regionales más pequeños.
Paralelamente, es de dominio público que gran parte de la infraestructura de bases regionales de Estados Unidos ha quedado expuesta por los bombardeos iraníes, cuando no prácticamente inoperativa. Teherán ha dejado claro en repetidas ocasiones que una condición clave para aceptar el fin de la guerra es la retirada definitiva de las fuerzas estadounidenses y el cierre de sus bases en la región. Dado el actual estancamiento entre ambos países sobre si la diplomacia continúa o no, Washington carece actualmente de la influencia necesaria para cuestionar este requisito. Ceder en este punto equivaldría a aceptar la pérdida de la región del Golfo como parte esencial de la esfera de influencia estadounidense, junto con los incalculables ingresos energéticos cuyo retorno a las economías occidentales ha preservado la hegemonía del dólar estadounidense durante más de medio siglo.













