El capitalismo exige rapidez, aceleración, una velocidad tan grande que apabulle, que no deje pensar, que oscurezca la lucidez, que apague la capacidad de reacción de los seres humanos
Pedro Luis Angosto, Nueva Tribuna
Decía Adam Smith, padre de la economía liberal, que, si cada individuo buscase su felicidad personal, es decir, su enriquecimiento, la suma de esas felicidades resultaría en el bienestar general. Olvidaba el gran maestro, porque saberlo lo sabía, que vivimos en un mundo de bienes finitos donde no es posible el crecimiento perpetuo. Por otra parte, también soslaya que el interés individual tiende movimiento uniformemente acelerado, es decir que cuanto más se tiene más se quiere y que la dinámica del capitalismo es muy similar a la de las máquinas tragaperras y las redes sociales, es muy adictiva, se justifica en sí misma y justifica cualquier atrocidad en nombre del beneficio.
El capitalismo exige sumisión, pero también destrucción, de los medios naturales, de los hombres que nacieron en lugares donde hay riquezas que otros desean acaparar para especularHace una semana me comentaron unos jóvenes que pagaban 1.600 euros por un piso de unos setenta metros. Cuatrocientos cada uno. El patrón, o sea el tenedor, el emprendedor, el propietario, el rentista que gana con el alquiler de un piso más que la mayoría de los españoles trabajando todo el día, les había comunicado que en julio se tenían que ir, contraviniendo lo que manda la ley. Tras consultar a un abogado, éste les comunicó que no se preocuparan que no podría echarlos hasta que pasasen cinco años. El buen patrón había colocado ya anuncios en una red social yanqui en la que ofrecía el mismo inmueble por 2000 euros. Por si fuera poco, el tipo les había dicho que cualquier rotura o avería la tendrían que pagar ellos puesto que él no haría frente a pago alguno porque la cosa andaba muy mal. El capitalismo no tiene piedad. Hace diez años el mismo dueño cobraba la cuarta parte y veía justo que así fuera. El piso es el mismo, pero el mercado obra milagros. Hay miles de pisos vacíos, sobre todo en los cascos viejos de nuestras ciudades más bellas, se han transformado miles de bajos comerciales en viviendas interiores y, sobre todo, muchas más se han dedicado al alquiler turístico y a la especulación. Lo que antes valía cinco ahora vale veinte. ¿Cuál es el mérito del señor propietario? ¿Cuál su aportación a la riqueza nacional? ¿Qué valor añadido aportan los rentistas al progreso del país? Ninguno.













