No es casualidad que el conservador ABC de España titulara: 'Las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman como castillos de arena'
Carmen Parejo, La Haine
Las mentiras matan. En 1976, Castor Uriarte Aguirreamalloa publicó 'Bombas y mentiras sobre Guernica', un título que, sin necesidad de demasiadas explicaciones, dejaba escrita una verdad histórica que sigue pesando sobre nuestro presente: las bombas nunca caen solas. Primero cae la bomba, después cae la mentira; o quizá habría que decirlo al revés, porque muchas veces la mentira prepara el terreno para que la bomba pueda caer sin que tiemble ninguna conciencia. En Guernica, como después en tantos otros lugares del mundo, no bastó con destruir una ciudad: había que disputar también el relato de su destrucción.
Casi noventa años después, Venezuela conoce bien esa secuencia. El 3 de enero de este año fue bombardeada por EEUU y su presidente, Nicolás Maduro, secuestrado. Pero a este hermoso país, sometido durante más de veinte años a una agresión multifacética, a sanciones, sabotajes, cerco económico, operaciones políticas y guerra mediática, ahora también le tembló la tierra. Y ni siquiera ahora, cuando la tragedia se impone con la brutalidad desnuda de los escombros, los de siempre han dejado de violentar a la República Bolivariana con sus mentiras.
La tierra tiembla sin preguntar y sin saber siquiera de fronteras; menos aún de gobiernos. Cuando tembló Japón en 2011, la cobertura internacional habló durante años de disciplina, dignidad, prudencia y respeto ante una tragedia que dejó más de 20.000 muertos o desaparecidos; incluso los análisis académicos sobre la prensa japonesa destacaron un tratamiento especialmente factual y contenido (y por supuesto negaron que el desastre nuclear de Fukushima fuera mayor que el de Chernobyl).














