Las grandes tecnológicas han saqueado la producción creativa de la humanidad para crear inteligencia artificial. No solo merecemos una parte de las ganancias de la IA: merecemos el control sobre ella
Cecilia Rikap, Jacobin
Elon Musk es oficialmente el hombre más rico de la Tierra. La fuente de su riqueza no es su propia astucia. Tampoco puede explicarse plenamente por la arquitectura financiera del capitalismo, los resquicios fiscales y el valor creado por los trabajadores empleados en sus distintos emprendimientos.
Las empresas de los multimillonarios tecnológicos le están robando a la humanidad su capacidad distintiva de crear. Desde datos de redes sociales hasta producciones académicas, piezas literarias, obras de arte, películas, música, podcasts, código de software, nuestros historiales médicos, lo que sea: los modelos de IA generativa se entrenan con productos creativos de todo el mundo. Una vez que están operativos, los datos obtenidos de las indicaciones (prompts) de los usuarios se utilizan para afinarlos, mejorando las capacidades predictivas de la IA. La IA es, sin lugar a dudas, un producto de la humanidad.
El llamado de Bernie Sanders a aplicar un impuesto único del 50 por ciento sobre empresas de IA como OpenAI, Anthropic y xAI —a pagarse en acciones— es, visto desde esta perspectiva, como una medida compensatoria razonable.
Más que datos estadounidenses: un saqueo global
Existen razones aún más convincentes para justificar una propiedad compartida. Los modelos de IA son co-creados por muchos y luego monetizados por unos pocos. La concepción misma de los modelos de IA y de las tecnologías subyacentes depende de una red global de científicos e ingenieros radicados en universidades, organismos públicos de investigación y miles de empresas al menos parcialmente financiadas con dinero de los contribuyentes. Estos actores obtienen muy poco beneficio, si es que obtienen alguno, y prácticamente no tienen voz respecto de qué modelos se desarrollan ni de la forma en que esto se hace.














