La inteligencia artificial fue construida robando el trabajo colectivo de la humanidad. Si se va a sostener gracias al aporte público, también deberíamos ser sus dueños, en vez de un puñado de multimillonarios.
Dustin Guastella, Jacobin
Silicon Valley todavía cabalga en lo alto de lo que parece ser una interminable ola de entusiasmo de Wall Street. Las inversiones en inteligencia artificial continúan superando las expectativas: Bloomberg informa que los financistas planean volcar unos 700.000 millones de dólares en la industria solo este año. Las acciones de IA representan hoy aproximadamente un tercio de todo el mercado bursátil y el 45 por ciento de la capitalización de mercado total del S&P 500.
Por supuesto, las extraordinarias inversiones en IA están impulsadas por la promesa de la tecnología de volver redundantes a amplias franjas de trabajadores. Los líderes tecnológicos no son tímidos a la hora de decirlo abiertamente. «No está claro», dice Dario Amodei, jefe de Anthropic, «adónde irá esta gente o qué hará, y me preocupa que puedan formar una “subclase” desempleada o de salarios muy bajos».
Como si eso no fuera suficiente para generar ansiedad, el crecimiento explosivo de la inversión en IA sugiere una burbuja especulativa, quizás la mayor de todos los tiempos. Si estalla —una posibilidad muy real— arrastraría consigo a toda la economía global. Se la mire como se la mire, la explosión y burbuja de la IA representa un enorme pasivo social y económico, uno con el que el gobierno deberá ajustar cuentas tarde o temprano. Pero, ¿cómo?














