Vincular el imperialismo con el fascismo digital no es una metáfora, sino una necesidad para ver que la dominación ha evolucionado, mientras que su esencia de clase se ha mantenido constante
Rezgar Akrawi, La Haine
Cuando Vladimir Lenin escribió sobre el imperialismo y lo consideró la fase más avanzada del capitalismo, describía el momento en que el capital pasó del ámbito de la libre competencia al del monopolio, donde los bancos se fusionaron con la industria, el Estado se convirtió en un instrumento directo al servicio del capital financiero y el mundo se repartió por la fuerza entre los grandes bloques monopolísticos.
Hoy, más de un siglo después, nos encontramos ante una transformación similar en esencia, pero distinta en sus herramientas: el fascismo digital representa la fase en la que el capitalismo monopolista trasciende los límites del imperialismo clásico, invadiendo el espacio de la conciencia, el comportamiento y los datos, mediante una fusión orgánica entre el capital tecnológico monopolístico y el poder político nacionalista extremo. Esta fusión encuentra hoy su expresión más vívida en el proyecto trumpista, sus alianzas y sus guerras agresivas.
Muchas empresas digitales y tecnológicas de renombre, conocidas por sus estrechas relaciones con el ejército del régimen israelí y los sistemas de deportación forzosa de EEUU, entre ellas Palantir , constituyen un ejemplo revelador de esta situación. Sin embargo, el problema va más allá de una sola empresa. La clave reside en que el capital digital monopolístico, tras agotar las posibilidades de expansión únicamente a través de los mercados de consumo, recurre hoy a instrumentalizar sus herramientas y emplearlas en un agresivo proyecto político nacionalista que reproduce la lógica de la dominación colonial, esta vez respaldada por el lenguaje de los algoritmos.














