El triunfo de la extrema derecha y el avance reaccionario regional consolidan una red subordinada a Estados Unidos que amenaza la soberanía en América Latina
Yailé Balloqui Bonzón, Al Mayadeen
Ante el declive de su hegemonía unipolar, los centros de poder radicados en Estados Unidos y sus aliados reactivan el macartismo, ya no como una política de persecución interna, sino como una alianza transnacional de ultraderecha orientada a desestabilizar los proyectos soberanos y revertir la justicia social en el Sur Global.
Para entender esta estrategia, vale la pena recordar de dónde viene el término. El macartismo original nació en el Estados Unidos de los años cincuenta, cuando el senador Joseph McCarthy desató una paranoica caza de brujas anticomunista.
Bastaba una acusación sin pruebas, un rumor o un pensamiento disidente para que artistas, científicos y ciudadanos comunes terminaran en listas negras, señalados como "enemigos internos" y expulsados de la vida pública.
Era el triunfo del miedo sobre la razón. Una campaña de terror psicológico diseñada para purgar cualquier idea incómoda para el poder establecido.
Hoy, esa vieja receta se ha sacado del archivo histórico, pero con un alcance global y herramientas mucho más sofisticadas.



















