La imprudencia de Trump y la arrogancia imperialista arrastran al mundo al borde del abismo. Mientras la deuda de EEUU supera los 40 trillones de dólares asistimos a la caída del imperio sionista-británico-estadounidense que ha dominado el mundo los últimos 600 años. Claudio Mutti desentraña algunos puntos claves de ese país inventado hace 250 años
Claudio Mutti, Eurasia
Durante la crisis diplomática y militar con Teherán, el presidente Donald Trump amenazó con borrar a Irán de la faz de la tierra. Las amenazas se materializaron en varias declaraciones públicas: el 31 de marzo, Trump afirmó que Estados Unidos estaba «aniquilando» a la República Islámica; el 1 de abril escribió que Estados Unidos bombardearía a Irán «hasta reducirlo a polvo o devolverlo a la Edad de Piedra»; el 6 de abril lanzó un ultimátum declarando: «una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás» y precisó que en Irán no quedaría en pie ni un puente ni una central eléctrica. El 12 de abril, en una entrevista con Fox News, Trump declaró que no se arrepentía de tales afirmaciones, argumentando que sus palabras habían llevado a Teherán a negociar.
Descartar el comportamiento de Trump achacándolo a la desorientación, la frustración y la exasperación o diagnosticándole una enfermedad mental, sería trivial y simplista. Es más verosímil que el presidente estadounidense haya expresado sin reservas y sin inhibiciones esa arrogancia prepotente que caracteriza la relación de Estados Unidos con el mundo desde antes de su nacimiento como entidad independiente, ocurrido hace doscientos cincuenta años. De hecho, los puritanos que llegaron al continente americano se consideraban el nuevo «pueblo elegido» que huía del Egipto faraónico, es decir, de la Europa idólatra y depravada y, por lo tanto, estaban animados por un sentimiento fanático de superioridad moral. No es de extrañar, por lo tanto, que los colonizadores de América del Norte se consideraran en posesión de una legitimidad divina que los autorizaba a destruir y exterminar, según el paradigma del Antiguo Testamento, a las poblaciones que constituían un obstáculo para su conquista de la «tierra prometida». Los primeros en pagar las consecuencias de esta convicción «supremacista» fueron los pueblos de América del Norte, víctimas de un exterminio que comenzó entre la primera y la segunda década del siglo XVII y continuó hasta 1890, año en que fueron masacrados los lakota en Dakota del Sur.



















