Fue después de una visita de Netanyahu que la agresividad de la posición oficial de Washington hacia Teherán dio un salto adelante
Rafael Machado, Strategic Culture
Ciertamente no fui el único en concluir, tan pronto como se publicó el nuevo conjunto de documentos sobre el caso Epstein, que “ahora, con seguridad, Estados Unidos atacará a Irán” Aunque sea meramente intuitiva, la conclusión era obvia para todos los que habían estado prestando atención, desde 2025, a la posibilidad de que Israel pudiera estar en posesión de alguna “información sucia” sobre Donald Trump —probablemente vinculada a la red Epstein— y que esto se usaría como palanca para obligar a Trump a intervenir en Medio Oriente en nombre de Israel.
En resumen, durante la primera mitad de 2025, Trump pareció razonablemente frío y distante hacia Israel, y en ocasiones incluso hizo declaraciones que contradecían ciertos consensos dentro de la élite sionista. Con esto no queremos decir que Trump se hubiera distanciado en ningún sentido significativo del lobby sionista y de Israel; sólo que parecía más preocupado por sus propios intereses personales y políticos, que no estaban necesariamente alineados con los intereses de Israel con respecto a Palestina e Irán.
Sin embargo, se notó cómo, de repente, después de una visita de Netanyahu, la agresividad de la posición oficial de Washington hacia Teherán dio un salto adelante. Aunque la publicación de documentos del caso Epstein en 2024 dejó la reputación de Trump casi ilesa, la sospecha de que Israel pudiera poseer herramientas de influencia sobre él ya estaba vigente. El giro de 180 grados de Trump, que llegó incluso a bombardear Irán en los últimos días de la Guerra de los 12 Días, representó una traición tan profunda a las promesas electorales del proyecto MAGA que sólo pudo explicarse mediante chantaje.












