Después de Epstein, nada puede continuar como antes: ni los valores del ‘nunca más’, ni la economía bipolar de las disparidades extremas, ni la confianza.
Alastair Crooke, Strategic Culture
Después de Epstein, nada puede continuar como antes: ni los valores de la posguerra ‘nunca más’ –que reflejan el sentimiento al final de guerras sangrientas– y el anhelo generalizado de una sociedad ‘más justa’; ni la economía bipolar de disparidades extremas en la riqueza; ni la confianza –después de la venalidad expuesta, las instituciones podridas y las perversiones que los archivos de Epstein han demostrado que son endémicas entre algunos de los élites occidentales.
¿Cómo hablar de ‘valores’ en este contexto?
En Davos, Mark Carney dejó en claro que la ‘orden de reglas’ no era más que una fachada de Potemkin de mal gusto Eso se conocía perfectamente como falso, pero la fachada se mantuvo. ¿Por qué? Simplemente porque el engaño fue útil. La ‘exigencia’ era la necesidad de ocultar el colapso del sistema hacia un nihilismo radical y antivalores. Ocultar la realidad de que los círculos élites –en torno a Epstein– operaban más allá de las limitaciones morales, legales o humanas, para decidir entre la paz y la guerra, en función de sus apetitos básicos.
Los élitas entendieron que una vez conocida la completa amoralidad de los gobernantes por los hoi polloi, Occidente perdería la arquitectura de las historias morales que anclan precisamente una vida ordenada. Si se sabe que el establishment evita la moralidad, ¿por qué alguien más debería comportarse de manera diferente? El cinismo caería en cascada. ¿Qué mantendría entonces unida a una nación?
