Laala Bechetoula, Rebelión
Se suele contar la historia de la era nuclear como la historia de rivalidad entre superpotencias, de estrategia de la Guerra Fría y del equilibrio de terror. Pero detrás de ese relato oficial subyace un capítulo del que se ha hablado mucho menos: el papel decisivo que Francia tuvo en la aparición del programa nuclear de Israel y la utilización del desierto del Sáhara argelino como terreno de pruebas de los experimentos atómicos. El silencio en torno a esta historia no es casual. Se mantiene gracias a las convenciones diplomáticas, la amnesia institucional y los intereses compartido de unos Estados que crearon su poder estratégico a expensas de poblaciones que no pudieron decir nada al respecto.
Las historias que la historia prefiere olvidar
Lo más frecuente es presentar la historia nuclear del siglo XX como la historia de la Guerra Fría.
Se nos habló de la rivalidad entre Washington y Moscú, de las doctrinas de disuasión, de acuerdos de control de armamento y del frágil equilibrio de la era nuclear.
Pero algunas historias continúan en las sombras, no por falta de pruebas, sino porque contradicen demasiados relatos oficiales.
Entre ellas está un capítulo del que se habla raramente: el papel que desempeñó Francia en el nacimiento de la capacidad nuclear de Israel y la transformación paralela del Sáhara argelino en un laboratorio de experimentos nucleares, lo cual se llevó a cabo contra una población colonial a la que ni se consultó ni se avisó.
Este capitulo continúa todavía hoy totalmente ausente del debate público, no porque los historiadores lo hayan ignorado, sino porque conviene mantener silencio.



















