Desde el centro de la OTAN en Riga hasta los «deepfakes», la percepción es el nuevo campo de batalla. Pero las balas siguen decidiendo el resultado, y Rusia no está perdiendo
Lorenzo Maria Pacini, Strategic Culture
El centro de gravedad del conflicto y el paradigma occidental
En los conflictos del último cuarto de siglo, la dimensión de la información ha dejado de ser un mero complemento de la acción militar para convertirse en un escenario por derecho propio. Esta formulación no es nueva: ya en 1998, Vladimir Slipchenko sostenía que la información se estaba convirtiendo en «un arma del mismo tipo que los misiles, las bombas y los torpedos», y que una nueva forma de guerra había sustituido al combate armado como factor decisivo para alcanzar los objetivos político-militares.
Lo que ha cambiado no es el principio en sí mismo, sino más bien la infraestructura que lo hace operativo: la conectividad masiva, la mediación algorítmica de la atención y la disponibilidad de herramientas generativas han reducido los costes y multiplicado el alcance de las operaciones dirigidas a la percepción. Sin embargo, definir el dominio cognitivo como un «nuevo» espacio de competencia estratégica requiere una aclaración, ya que el término puede resultar engañoso. La contienda por las opiniones, las lealtades y la voluntad de luchar siempre ha acompañado a la guerra; Tucídides la registró en los discursos que precedían a las decisiones de las asambleas.
La novedad contemporánea radica en tres elementos interrelacionados: la capacidad técnica para llegar directamente a los ciudadanos a escala industrial, eludiendo a los intermediarios institucionales; la fusión de las operaciones de inteligencia, cibernéticas y psicológicas en un continuo sin fisuras; y la aparición de un vocabulario doctrinal —«guerra cognitiva», «confrontación informativa», «control reflexivo»— que busca teorizar esta contienda como una función militar por derecho propio.



















