Ucrania sangra, Rusia resiste y Europa paga la factura. Tras cuatro años de guerra, se impone una pregunta: ¿continuar con la locura bélica o encontrar el valor para buscar la paz?
Marc Vandepitte, Rebelión
De invasión rápida a guerra sin fin
El 24 de febrero de 2022 Vladimir Putin dio la orden de invadir Ucrania. Rusia quizá esperaba una victoria rápida; pero esta no llegó, en parte debido a la fuerte resistencia de Ucrania, que Moscú había subestimado claramente.
En la fase inicial de la guerra hubo oportunidades reales para entablar negociaciones de paz. Según el ex primer ministro israelí Naftali Bennett, esos intentos fueron, sin embargo, obstaculizados activamente por Estados Unidos y Gran Bretaña. El ex secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, declaró sin rodeos que el objetivo era “debilitar a Rusia”.
Ucrania se utilizó para eliminar o debilitar a un adversario estratégico sin tener que enviar tropas propias. A partir de ese momento, la guerra pasó de ser un conflicto sobre territorio ucraniano a un proyecto geopolítico.
Debido a la fuerte injerencia de la OTAN, lo que comenzó como un conflicto entre dos países vecinos se transformó en una guerra por delegación. Ucrania actúa trágicamente como carne de cañón para los intereses estratégicos de Occidente.
Occidente suministró masivamente armas pesadas e impuso durísimas sanciones económicas. Se paralizó el comercio, se cortaron los vínculos energéticos y se congelaron los activos rusos en el extranjero. Había que poner de rodillas a la economía rusa, pero no ocurrió.



















