Tal y como tempranamente lo entendió Fidel Castro, en tanto no desaparezcan los imperios, no desaparecerán para las mayorías «la filosofía del despojo» y de la guerra, y no será posible «una verdadera etapa de progreso» para la humanidad.
Marxlenin Pérez Valdés, Al Mayadeen
Cada día que pasa apunta más a confirmar que le va a tocar a nuestras generaciones vivir, o sobrevivir, a la III Guerra Mundial. La frase puede sonar apocalíptica, pero se empasta perfectamente con el panorama global contemporáneo.
Al igual que en el siglo de la primera y la segunda guerras mundiales, el afán enfermizo de ciertos imperios por el poder absoluto podría ser el detonante del colapso hoy.
La reproducción estructural de la violencia y las guerras, convertidas también en un hábito que la humanidad no ha logrado superar, vuelve terriblemente actual la máxima de Hobbes: «el hombre es el lobo del hombre». Y, lo que es peor, la presenta como una verdad sin alternativas mejores. Una especie de determinismo «guerrerístico»; de naturalización de las invasiones y la militarización general de uno para atacar y otros para defenderse.
Lenin no erró al esbozar «el reparto territorial del mundo entre las potencias más importantes» como uno de los rasgos clave del imperialismo (fase superior del capitalismo). Ni fue resultado del azar la conclusión de Marx sobre la lucha de clases como motor de la historia. Ambas teorías se sustentan en nuestras realidades y se complementan.



















