Ahora se sacrificará a un puñado de sus aliados más prescindibles para saciar nuestra sed de rendición de cuentas. Pero no se engañen: la cultura Epstein sigue viva y en plena actividad
Jonathan Cook, Middle East Eye
Se sacrificarán un puñado de figuras, pero sólo para proteger una cultura más amplia que cree que las reglas no se aplican a la élite gobernante.
Si le cuesta hacer frente a la interminable presión de comunicarse en un mundo cada vez más conectado, piense un momento en el difunto pedófilo en serie Jeffrey Epstein.
La avalancha de tres millones de documentos publicados por el Departamento de Justicia de EEUU confirma que Epstein pasó una cantidad excesiva de tiempo comunicándose con la enorme red de conocidos poderosos que había desarrollado.
Enviar correos electrónicos parece haber sido casi un trabajo de tiempo completo para él, y en cierto sentido, lo fue.
La atención personal que dedicó a multimillonarios, miembros de la realeza, líderes políticos, estadistas, celebridades, académicos y élites de los medios de comunicación fue su forma de mantenerse en el corazón de esta vasta red de poder.
Su agenda de contactos era un quién es quién de quienes moldean nuestra idea de cómo debería gobernarse el mundo. Pero también fue crucial para atraer a algunas de estas mismas figuras poderosas a su círculo más íntimo, a un mundo de fiestas privadas depravadas y explotadoras en Nueva York y en su isla caribeña.
Al parecer, hay otros tres millones de documentos aún retenidos. Su contenido, debemos suponer, es aún más incriminatorio para la élite global cultivada por Epstein.
