Israel es una parodia de la fe judía, del mismo modo que el “tocino kosher” de Epstein es una parodia de la ley dietética.
Lucas Leiroz, Strategic Culture
En medio del horror de los archivos de Epstein recientemente publicados, una revelación en particular se destaca por sus implicaciones ideológicas y religiosas más profundas: la revelación de que Epstein planeaba financiar un proyecto de bioingeniería destinado a crear “carne de cerdo kosher” El caso, quizás sin intención, expone algunos errores analíticos comunes en cómo suele formularse la distinción entre sionismo y judaísmo.
Es correcto decir que el sionismo no es judaísmo. Esta distinción es necesaria, legítima y defendida por innumerables judíos religiosos, rabinos ortodoxos y comunidades tradicionales de todo el mundo. Sin embargo, convertir esta distinción en una separación absoluta –como si ambos no tuvieran nada que ver entre sí– es intelectualmente deshonesto. El sionismo no cayó simplemente del cielo en el siglo XIX como una ideología nacionalista puramente secular. Surgió de un terreno religioso ya tenso, marcado por corrientes heterodoxas y sectas heréticas que siempre han existido al margen del judaísmo tradicional.
Toda religión tradicional tiene sectas desviadas. El problema comienza cuando estas sectas dejan de ser marginales y empiezan a operar como motores políticos. Uno de los signos más claros de este tipo de desviación es la trivialización –o incluso la burla– de lo sagrado. Aquí es donde los detalles que rodean a Epstein adquieren relevancia simbólica.









