La sombra del fascismo se cierne sobre democracias como la de Estados Unidos
Maciek Wisniewski, La Jornada
Existe un hilo conductor invisible que une la periferia colonial con la barbarie en suelo europeo. Fascismo y colonialismo están interconectados, ya que las ideologías y los movimientos fascistas −que cobraban formas particulares en países distintos, pero que compartían bases ideológicas y visiones de crisis comunes (wertkritik)− se basaron en las mismas jerarquías coloniales y las nociones de raza que primero justificaron la expansión y la conquista imperial europea en el Sur global y luego, como un “búmeran”, influyeron en el surgimiento del totalitarismo.
Como bien apunta Achille Mbembe, el totalitarismo −fascismo/nazismo incluido− y el colonialismo compartían un tronco común: el racismo, la arbitrariedad de la ley y la consideración de los colonizados como ajenos a la soberanía, “inferiores” y, por tanto, susceptibles de ser degradados −señalados de ser “civilizados” o tan “salvajes” que su exterminación no tuviera ningunas consecuencias morales−, facilitando así su subyugación por el poder geopolítico y económico (Critique of Black Reason, páginas 25-31). Ha sido esta mirada colonial −la violencia “en nombre de la civilización” y la expansión territorial− la que proporcionó, desde los finales del siglo XIX, el marco para el auge de las ideologías fascistas.














