La combinación de un Trump debilitado, un Brasil consolidado en el multipolarismo y una Argentina desindustrializada configura el mapa final
Alejandro Marcó Del Pont, La Haine
Margaret Thatcher, en una de sus confesiones más cínicas y reveladoras, declaró que su mayor triunfo político no había sido derrotar a los sindicatos ni privatizar la industria británica. Su mayor logro, dijo, fue Tony Blair y el Nuevo Laborismo. La Dama de Hierro entendía algo que las élites sudamericanas aún no comprenden: la destrucción más perfecta no es la que elimina al adversario, sino la que obliga al sucesor a gobernar sobre las ruinas con las reglas que el destructor impuso. Ese es el recado que la historia envía hoy a la Argentina.
La tensión entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva ha llevado la relación bilateral al punto más delicado en cuatro décadas. Pero el verdadero terremoto no está en los insultos diplomáticos ni en las cumbres del Mercosur donde uno omite al otro. El terremoto está en lo que se está rompiendo por debajo: las cadenas productivas, la arquitectura tecnológica, la confianza institucional y, sobre todo, la posibilidad misma de un proyecto de desarrollo compartido.
Y eso, a diferencia de los gobiernos, no se cambia por decreto. Brasil sigue siendo el principal socio comercial de Argentina, con un intercambio que superó los US$ 31.000 millones en 2025. Pero ese número, que parece sólido, esconde una hemorragia estructural: Buenos Aires arrastra un déficit crónico, exporta materias primas e importa manufacturas, y la brecha se ensancha cada trimestre. La pregunta que nadie en la Casa Rosada quiere hacerse no es cuánto comercio queda, sino cuánto quedará cuando el cristal se haya roto del todo.

















