Nos encontramos en una encrucijada crucial: o la primera superpotencia del mundo reconoce que ha perdido la guerra y con ella su propia primacía, o conducirá a la región y tal vez al mundo hacia una escalada descontrolada
Roberto Iannuzzi, Intelligence for the People
El ataque lanzado contra Irán por Israel y Estados Unidos el 28 de febrero desató un conflicto que se extendió a toda la región del Medio Oriente, empujando al planeta hacia niveles de incertidumbre sin precedentes en la historia reciente.
Como ya ocurrió con el llamado “Guerra de los 12 días” en junio pasado, el ataque tuvo lugar durante las negociaciones todavía en curso.
Esto ha hecho aún más difícil una salida diplomática a la confrontación militar, asestando un golpe muy severo a la confianza iraní en la verdadera disposición de Washington a resolver la crisis a través del diálogo y, más en general, a la credibilidad negociadora estadounidense en todo el mundo.
A diferencia de lo que suelen informar los medios occidentales de amplia circulación, Teherán había mostrado una situación sin precedentes de flexibilidad en la negociación nuclear.
Las negociaciones se estaban desarrollando de acuerdo con directrices compartidas centrado en el enriquecimiento de uranio en suelo iraní, las inspecciones de instalaciones nucleares, la derogación de sanciones y una “coexistencia pacífica” entre Irán y Estados Unidos.
Teherán también había ofrecido a las empresas estadounidenses participar en el desarrollo del sector energético de Irán. A cambio, los negociadores iraníes exigieron que se levantaran las sanciones.














