Igual de melodramático, el actual inquilino de la Casa Blanca sufre de megalomanía
Marcos Roitman Resenmann, La Jornada
Ni el nazi-fascismo con su Führer o la Italia de Mussolini se atrevieron a tanto. Sólo en la Roma imperial surgen personajes cuyas conductas erráticas guardan semejanzas con Trump. El primero, Calígula. Gobernó entre los años 37 y 41 de nuestra era. Para coronarse emperador, asesinó a su primo Tiberio Gemelo. Se anexionó Mauritania y acabó con la vida del rey Ptolomeo, hijo de Cleopatra y Marco Antonio, quien, como Tiberio, era su primo.
Su ego no tuvo límites. Mandó construir bustos y estatuas con su figura para adornar calles y templos. Sus apetitos sexuales eran variados. Mujeres, hombres, niños y niñas, además de sus hermanas, obligadas a prostituirse, entraban en su agenda (Jeffrey Epstein y Trump juntos). Durante su mandato, Roma sufrió una de sus peores crisis económicas, acompañada de hambruna. Vació las arcas públicas, pero no dejó de enriquecerse. Tuvo algún éxito militar, pero sus derrotas lo acompañaron.
En Britania ordenó a su ejército recoger conchas marinas como tributo al Monte Palatino. Y si hacemos caso a la leyenda negra, le gustaba presenciar torturas y ejecuciones. Aunque no llegó a nombrar cónsul a su caballo Incitatus, señaló que su equino tenía más inteligencia que todos los senadores. En consonancia, le mandó construir una cuadra en mármol, con túnicas, sedas y sirvientes en exclusiva. La historia no lo deja bien parado. Acabó asesinado.
