Quienes no entienden las negociaciones sobre los conflictos en Ucrania y en el Medio Oriente, es porque no entienden la diferencia entre las guerras y los conflictos civiles. Generalmente ven la conclusión de un acuerdo de paz como si se tratara de dividir los bienes comunes en un divorcio. No ven que las guerras son el resultado de graves conflictos que suelen haber existido durante generaciones. Y generalmente, las condiciones materiales, los sufrimientos y los actos de violencia revisten menos importancia que las injusticias.
Thierry Meyssan, Voltaire
Nada sabemos sobre el contenido de las negociaciones que la administración Trump emprendió con el movimiento yemenita Ansar Allah. Tampoco sabemos gran cosa sobre las que está desarrollando ahora con Irán, con Israel y con Rusia. Sólo “sabemos” lo que nos dicen en declaraciones aisladas, declaraciones que no se hacen para que entendamos lo que sucede sino más bien para mantener a raya a quienes rechazan la paz y, al mismo tiempo, en aras de tranquilizar a quienes la esperan.
Además, el estilo de negociación del businessman convertido en jefe de Estado que es Donald Trump plantea un verdadero quebradero de cabeza. Trump se pasa el tiempo enunciando posiciones incoherentes, pero sin atenerse realmente a ninguna, sólo para sacudir a sus socios con la esperanza de que estos muestren sus cartas antes de tiempo. Esa forma de negociar, que nada tiene que ver con la diplomacia, no toma en cuenta las causas profundas de los conflictos. Sólo reconoce las quejas que proclaman unos y otros y, en definitiva, sólo puede llevar a la obtención de los acuerdos que alguna de las partes puede aceptar momentáneamente, pero que luego va a deplorar.
En todo caso, hoy se impone actuar rápido. Aunque su intensidad ha disminuido en algo, las guerras siguen causando muerte y destrucción en Ucrania y en el Medio Oriente. Los anuncios espectaculares de que tal o más cual guerra iba a resolverse en cuestión de días ya han dejado paso a la dura realidad.














