Con la desaparición de la diplomacia, el conflicto ha pasado del ámbito del cálculo estratégico y el realismo al del condicionamiento psicológico
Alastair Crooke, Strategic Culture
Las negociaciones diplomáticas del jueves (26 de febrero) –a pesar de todo el ruido panglosiano de mediadores y negociadores– confirmaron el estancamiento esencial. Las demandas estadounidenses presentadas a Irán fueron:
- El desmantelamiento completo de las instalaciones nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán.
- La transferencia de todo el uranio enriquecido a los Estados Unidos.
- El fin de todas las cláusulas de caducidad y las restricciones permanentes.
- La aceptación del enriquecimiento cero, permitiéndose únicamente que permanezca en pie el reactor de investigación de Teherán
- Alivio mínimo de las sanciones por adelantado; alivio adicional sólo después del pleno cumplimiento.
Estas demandas fueron claramente formuladas para obstruir, en lugar de facilitar, cualquier solución diplomática. Refleja una estrategia arraigada en la presunción visceral de debilidad iraní que, frente a una demostración de fuerza militar estadounidense, se anticipó con confianza que seguramente cedería a la capitulación iraní. Esa hipótesis siempre fue arrogante. Ha resultado manifiestamente falsa, ya que, como era de esperar, Teherán rechazó las demandas de Estados Unidos:
- [Irán] insistió en el reconocimiento de su derecho (en virtud del TNP) a enriquecer uranio para necesidades civiles.
- Rechazado ‘enriquecimiento cero’.
- Se negó a transferir uranio enriquecido iraní desde su territorio.
- Insistió en que cualquier acuerdo debe incluir tanto el reconocimiento de su derecho a enriquecer – como un levantamiento significativo de las sanciones. Irán rechaza la idea de imponerle restricciones indefinidas.














