La actual clase política mundial, forjada en los últimos 35 años, fue inculcada en la idea de haber presidido el “fin de la historia” y haber dado paso a una era de paz perpetua. Impulsados por esta ideología, creyeron que la política occidental dominaría indefinidamente al planeta. Esa fantasía ideológica aún persiste a pesar de que la distribución del poder ha cambiado.
Glenn Diesen, Glenn Diesen Substack
El sistema internacional tiende naturalmente hacia un equilibrio de poder, en el que ningún Estado ni grupo de Estados puede imponer su voluntad a los demás. Este equilibrio, que limita a todas las grandes potencias, puede verse alterado si una de ellas es derrotada en una guerra o colapsa internamente. Sin embargo, los Estados no se equilibran por sí mismos y adoptarán políticas expansionistas si no encuentran restricciones. La consecuencia previsible es que una potencia desequilibrada impulsará políticas expansionistas que la agotarán, mientras que otras potencias emergentes en la periferia comenzarán a contrarrestar colectivamente al hegemón. De este modo, el sistema internacional vuelve al equilibrio.
El breve momento unipolar
El colapso de la Unión Soviética alteró el equilibrio internacional de poder, dejando al mundo con una sola superpotencia. La consecuencia era previsible: Estados Unidos adoptaría una estrategia de seguridad hegemónica que condicionaría la paz a su primacía global. Sin ningún contrapeso a su poder, Estados Unidos se expandió en todas direcciones, participando en guerras y ampliando alianzas militares como la OTAN. El pensamiento estratégico se deterioró porque la potencia hegemónica podía estar en todas partes a la vez sin necesidad de definir prioridades. Asimismo, también pudo cometer numerosos errores, ya que contaba con la capacidad financiera para absorber el coste de sus excesos.














