Karl Marx se burlaba de los utópicos por escribir recetarios para las cocinas del futuro. Pero, en su mejor versión, los utópicos hacen hincapié en la esperanza sin garantías, una postura que traza un camino intermedio entre el optimismo ciego y la inercia resignada del «realismo»
Matt McManus, Jacobin
Reseña de Utopia for Our Century: A Manifesto of Hope [Una utopía para nuestro siglo: Un manifiesto de esperanza], de David Albertson y Jason Blakely (Yale University Press, 2026)
La inquietante imposibilidad de una sociedad que esté a la altura de los ideales que proclamamos puede resultar dolorosa cuando se la compara con las sociedades reales, que se ubican tan lejos de ellos. Por eso el sueño de la utopía, o «ningún lugar», ha perturbado el sueño de muchos pensadores durante tanto tiempo que puede sentirse, más bien, como una pesadilla. Dada la hipocresía de un mundo en el que la crueldad muchas veces parece ser el objetivo mismo, ¿qué derecho tenemos a suponer que las cosas podrían ser mejores? ¿Cómo pueden personas supuestamente sabias e inteligentes soñar con la utopía cuando la sabiduría y la inteligencia apuntan, todas ellas, a su imposibilidad?
El nuevo libro de David Albertson y Jason Blakely, Utopia for Our Century: A Manifesto of Hope, presenta una historia reflexiva de aquellas almas audaces que soñaron con algo mejor. Pero, más que presentar una historia, el libro intenta pensar el valor político e ideológico del pensamiento utópico y rebatir la idea de que se trata de una mera construcción ilusoria. Albertson y Blakely encuentran mucho para admirar en los autores utópicos, a quienes ven como «soñadores virtuosos, que vivieron realidades al menos tan sombrías y temibles como la nuestra, pero lo hicieron con una esperanza indestructible». En su mejor versión, los utópicos hicieron hincapié en una esperanza sin garantías, una postura sabia que traza un camino intermedio entre el optimismo ciego y la inercia resignada de un falso «realismo».
Su arquetipo es Tomás Moro, cuya Utopía, publicada en el siglo XVI, bautizó el concepto. Para Albertson y Blakely, Moro nos permite comprender la personalidad de los utópicos, que no son los optimistas ingenuos de sus caricaturas.
