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lunes, 31 de agosto de 2026

Las granjas de Goebbels «bots»

Goebbels comprendió algo elemental y monstruoso: la guerra cognitiva alcanza su máxima eficacia cuando deja de parecer guerra. El propagandista mediocre ordena creer. El propagandista sofisticado consigue que el sujeto desee aquello que previamente fue dispuesto para él

Fernando Buen Abad Domínguez, Rebelión

La granja digital lleva esa lógica a una escala vertiginosa. Ya no necesita solamente fabricar discursos, puede fabricar atmósferas. No necesita demostrar que todos piensan igual, necesita producir suficientes señales para que cada persona tema ser la única que piensa distinto. El objetivo no es conquistar una cabeza, es modificar el campo psicológico donde millones de cabezas toman decisiones. Una cuenta falsa puede ser insignificante. Diez mil cuentas coordinadas pueden fabricar una realidad política. La mentira deja de ser una proposición y se convierte en ambiente. Detrás de esta canallada hay ahora presidentes, empresarios y todo tipo de perturbaciones ideológicas burguesas. Con mucho dinero.

Es probable que el signo más perfecto de una dictadura de la percepción sea aquel que consigue que la víctima crea que está pensando por sí misma. Ahí está la trampa decisiva de las granjas de Goebbels-bots: no fabrican simplemente mentiras, fabrican el espejo social en el que una mentira aparece acompañada por miles de rostros, miles de voces, miles de supuestas conciencias. Cuando el individuo observa su entorno y descubre su propia indignación repetida de manera constante, la repetición adquiere la forma de evidencia. La cantidad suplanta a la verdad. El eco se enmascara de multitud. La multitud, de consenso. El consenso, de realidad. Esta es la operación semiótica brutal: conseguir que el signo falsificado gobierne la conducta verdadera.

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