La aceptación por parte de Washington de las amplias demandas iraníes tras la crisis de Ormuz marca una derrota estratégica histórica para Estados Unidos y un cambio importante en el equilibrio de poder regional a favor de Teherán
Samuel Geddes, Al Mayadeen
Después de una semana en la que parecía que Estados Unidos, "Israel" e Irán inevitablemente estaban volviendo a caer en una guerra abierta, el presidente Trump finalmente decidió reducir sus pérdidas y arrebatar la derrota de las fauces de la catástrofe. Los términos de su sumisión a Irán, acertadamente firmados en el Palacio de Versalles, entran en el registro histórico como uno de los artículos de rendición más humillantes jamás aceptados, sobre todo por un supuesto hegemón global.
Al margen de la cumbre del G7 en Suiza, nada menos que el propio Trump admitió que su decisión de acceder a casi todas las demandas de Irán tenía como objetivo prevenir una inminente depresión económica desencadenada por el bloqueo de Ormuz. Aún más chocante es el conjunto de concesiones sistémicas otorgadas por Washington: el fin del bloqueo naval estadounidense, la suspensión inmediata de las sanciones estadounidenses contra Teherán, la entrega de los activos soberanos de Irán congelados en todo el mundo, el amordazamiento de “Israel” por continuar con su alboroto pirománico de los últimos tres años: todo esto fue dado por Washington a cambio de la reapertura del Estrecho de Ormuz (abierto antes de la guerra) y la voluntad de Irán de negociar el estatus de su programa nuclear más adelante.














