La analogía con Esparta ocurre en la política del régimen israelí dos veces: una vez como advertencia y la segunda como delirio
Maciek Wisniewski, La Haine
Arno J. Mayer, el eminente historiador marxista de origen judío-luxemburgués, en El arado y la espada (2008) -un relato antisionista de la historia de Israel-, advertía, entre otros, que la colonización sin fin de Palestina, la ocupación y la expansión de asentamientos ilegales estaban degradando al país y fomentando sus tendencias más extremistas. Sin un cambio radical, temía, Israel se iba a convertir inevitablemente en una especie de "Esparta", una entidad altamente militarizada, represiva (por dentro y hacia afuera) y aislada.
Enfatizando que como judío europeo originario del Gran Ducado de Luxemburgo "era singularmente inmune al atractivo de todos los nacionalismos", Mayer veía la "Esparta" como resultado de una degradación del judaísmo en general y del sionismo en particular, sobre todo a partir de la Guerra de los Seis Días (1967), pero anotaba también que las semillas de este deterioro estaban plantadas en la misma fundación de Israel.
David Ben-Gurión, uno de sus padres fundadores y el primero en ocupar el cargo de primer ministro, al sopesar la cuestión de las tensiones entre una entidad política cosmopolita y un Estado bélico observables desde 1948, como recordaba Mayer, en vez de consultar a los profetas hebreos recurrió a los antiguos griegos, creyendo que no se podía garantizar la supervivencia de una "Atenas judía en Medio Oriente" -he aquí quizás el inicio de la narrativa de Israel como "la única democracia en la región"-, sin mezclarla con "elementos espartanos": gobierno oligárquico, educación militar, Estado-guarnición y castas sociales (2008: 77).














