martes, 22 de abril de 2025

Teorizar la crisis capitalista

El sociólogo británico Simon Clarke propuso uno de los análisis más sofisticados acerca de cómo y por qué los sistemas capitalistas caen en crisis. Su trabajo sobre las contradicciones del capitalismo es una guía valiosa al enfrentarnos a una nueva era de agitación económica global.

Gregoris Ioannou, Jacobin

Simon Clarke fue un sociólogo británico que hizo una inmensa contribución al pensamiento marxista y a los estudios laborales antes de su muerte en 2022. Con su investigación teórica y empírica, dio ejemplo de cómo analizar los desarrollos del capitalismo en diferentes niveles simultáneamente y cómo situarlos en la historia.

Los libros más influyentes de Clarke, Keynesianism, Monetarism and the Crisis of the State (1988) y Marx’s Theory of Crisis (1994), contienen una serie de ideas clave sobre la dinámica del capitalismo. Su perspectiva distintiva sobre la crítica de la economía política tiene mucho que ofrecer en nuestro intento de comprender la era actual de agitación económica y convulsión ideológica.

Las contradicciones del capitalismo

Para entender el capitalismo hay que entender sus contradicciones innatas, porque son estas contradicciones las que lo configuran como un sistema holístico y dinámico y, al mismo tiempo, lo hacen vulnerable. A nivel macrosocial, la contradicción más crucial para Clarke era la que existía «entre la tendencia del capitalismo a desarrollar sin límites las fuerzas productivas y la necesidad de confinar ese desarrollo dentro de los límites de la rentabilidad».

lunes, 21 de abril de 2025

¿Hacia un cambio de régimen en Occidente?

Un régimen internacional que hace una década prácticamente se ahogó en el mar de deuda que había creado, se hunde en una inundación de deuda aún mayor, sin un final a la vista

Perry Anderson, London Review of Books

Transcurrido un cuarto de siglo, el cambio de régimen se ha convertido en un término canónico. Significa el derrocamiento, típica, pero no exclusivamente por parte de EEUU, de gobiernos de todo el mundo rechazados por Occidente, empleando para ello la fuerza militar, el bloqueo económico, la erosión ideológica o una combinación de estos. Sin embargo, originalmente el término significaba algo muy distinto: una alteración generalizada en el propio Occidente: no la transformación repentina de un Estado-nación por la violencia externa, sino la instauración gradual de un nuevo orden internacional en tiempos de paz. Los pioneros de esta concepción fueron los teóricos estadounidenses que desarrollaron la idea de los regímenes internacionales como acuerdos que garantizan relaciones económicas de cooperación entre los principales Estados industriales, que podrían o no adoptar la forma de tratados.

Estos, se sostenía, se desarrollaron a partir del liderazgo estadounidense tras la II Guerra Mundial, pero lo reemplazaron con la formación de un marco consensual de transacciones mutuamente satisfactorias entre los países líderes. El manifiesto de esta idea se materializó en 'Power and Interdependence', obra coescrita por dos pilares del establishment de la política exterior de la época: Joseph Nye y Robert Keohane, cuya primera edición, de las que tuvo muchas, apareció en 1977.

Aunque se presentaba como un sistema de normas y expectativas que ayudaba a asegurar la continuidad entre las diferentes administraciones en Washington al introducir una mayor disciplina en la política exterior estadounidense, el estudio de Nye y Keohane no dejaba lugar a dudas sobre sus resultados para Washington. «Los regímenes suelen ser favorables para EEUU porque es la principal potencia comercial y política del mundo. Si muchos regímenes no existieran, EEUU sin duda querría inventarlos, como lo hizo».(1) A principios de la década de 1980, se empezaron a publicar libros en esta línea: un simposio titulado 'International Regimes', editado por Stephen Krasner (1983); el propio tratado de Keohane, 'After Hegemonya' (1984); y una serie de artículos eruditos.

En la década siguiente, esta doctrina tranquilizadora experimentó una mutación con la publicación de un volumen titulado 'Regime Changes: Macroeconomic Policy and Financial Regulation in Europe from the 1930s to the 1990s', editado por Douglas Forsyth y Ton Notermans (estadounidense y holandés, respectivamente). Mantuvo, pero agudizó la idea de un régimen internacional, especificando la variante que prevalecía antes de la guerra, basada en el patrón oro; luego, el orden forjado en Bretton Woods, que lo sucedió después de la guerra; y, finalmente, detallando la desaparición de este sucesor en los años 1970.(2)

domingo, 20 de abril de 2025

La derecha cavernaria

Daniel Matamala, La Tercera

Mario Vargas Llosa no solo fue uno de los más grandes novelistas de nuestra lengua. Fue, además, un político y comentarista de derecha.

Pero no de cualquier derecha. Vargas Llosa abogaba por una derecha liberal, tanto en lo económico como en los derechos individuales, y democrática, distante a cualquier dictadura.

Como tal, Vargas Llosa condenó tanto las dictaduras de izquierda, partiendo por Cuba, como las de derecha, incluyendo al régimen de Pinochet.

En nuestro país fue muy cercano a Sebastián Piñera, a quien apoyó en cada una de sus campañas. Pero solía perder la paciencia ante la atracción de algunos políticos chilenos por el régimen de Pinochet y sus crímenes.

Célebre es su indignada respuesta al polemista libertario Axel Kaiser cuando en 2018 este intentó distinguir entre dictaduras malas, de izquierda, y “menos malas, por no decir mejores” como la de Pinochet. “Esta pregunta yo no te la acepto. No, las dictaduras son todas malas”, dijo enfático el novelista, quien agregó que “algunas pueden traer beneficios económicos a ciertos sectores, pero el precio que se paga por eso es intolerable e inaceptable (...) Todas las dictaduras son inaceptables”.

“Esta es la reacción que quería provocar”, musitó un desconcertado Kaiser. Vargas había demostrado la diferencia entre un verdadero liberal y estos autodenominados “libertarios”, que se llenan la boca con la palabra “libertad” pero están dispuestos a hacerse los lesos ante la más atroz represión de las libertades del individuo por parte del Estado (el secuestro, la tortura, el asesinato) cuando conviene a sus bolsillos.

Por qué el capitalismo no puede salvar el planeta

Reseña de The Price Is Wrong: Why Capitalism Won't Save the Planet, [El precio está equivocado: Por qué no puede salvar el planeta el capitalismo] (Verso, 2024), de Brett Christophers.

Randeep Ramesh, Sin Permiso

Vladimir Lenin definió una vez el comunismo como «el poder soviético más la electrificación de todo el país». Puede que sus palabras toquen la fibra sensible de los rebeldes verdes de hoy en día, que ven en la energía limpia una fuerza para el cambio transformador. Sin embargo, estos revolucionarios tienen todavía que ver su revolución. El año pasado fue el más caluroso de la historia y, muy probablemente, de los últimos cien mil años. Aunque están en auge las energías renovables, no crecen lo bastante rápido como para evitar el colapso climático.

Brett Christophers, catedrático de Geografía Económica de la Universidad de Upsala (Suecia), analiza las razones de esta situación y lo que puede hacerse al respecto. Christophers se ha dado a conocer gracias a una serie de libros que intentan sacar a la luz los sucios secretos del capitalismo, como Our Lives in Their Portfolios (Nuestras vidas en sus carteras), del año pasado [2023], sobre el sector de la gestión de activos. Su objetivo es hacer comprender a los lectores que han sido inducidos a una falsa sensación de seguridad por una doctrina económica que promete la salvación a sus adeptos. Del mismo modo, The Price is Wrong rechaza el razonamiento ortodoxo de que una mezcla de innovación tecnológica y magia de mercado bastará para salvar la Tierra.

Lo que está en juego es si los objetivos mundiales de mitigación del cambio climático pueden alcanzarse mediante esfuerzos por «ecologizar» la mayor fuente de emisiones de dióxido de carbono: la electricidad. Christophers es pesimista, pues la transición de los combustibles sucios a los verdes está actualmente lubricada por el propio capitalismo. Su escepticismo no es nuevo. Hay mucha gente de izquierdas que afirma que está en la naturaleza del capitalismo comportarse como destructor del medio ambiente, clima incluido.

El tsunami de aranceles: Trump desmantela la globalización y abre el frente contra China

Para preservar a toda costa la hegemonía de Estados Unidos, el presidente norteamericano da la vuelta a la tortilla, pero pone en juego el destino del imperio.

Roberto Iannuzzi, Intelligence for the People

El 2 de abril, el presidente estadounidense Donald Trump declaró una «emergencia nacional » al anunciar una lluvia de aranceles sobre todo tipo de productos importados. Las medidas afectaron tanto a países aliados como adversarios (gravámenes del 20% a las importaciones procedentes de la UE, del 24% a las de Japón, del 46% a las de Vietnam).

Los mercados financieros mundiales se han desplomado a medida que cundía el pánico entre empresas e inversores. Cuando el tsunami afectó también a los bonos del Estado estadounidense (activo refugio por excelencia) amenazando la estabilidad de la arquitectura financiera estadounidense, Trump dio marcha atrás parcialmente.

Pero la suspensión de 90 días de los llamados aranceles «recíprocos» recién impuestos no debe llevar a engaño. Se mantienen los aranceles básicos del 10% impuestos indiscriminadamente a todos los países (junto con los aranceles del 25% sobre el aluminio y el acero), pero sobre todo se mantienen los aranceles del 145% impuestos a China (a los que Pekín respondió elevando los aranceles contra Estados Unidos al 125%).

Estas medidas anuncian una guerra comercial sin precedentes entre los dos gigantes mundiales (con un PIB combinado de 46 billones de dólares) cuya integración económica había constituido la columna vertebral de la globalización hasta la fecha.

Está en juego un comercio anual de 700.000 millones y la disociación de dos superpotencias profundamente interdependientes económicamente.

De Reagan a Trump

sábado, 19 de abril de 2025

El mito del dólar: Cómo el capitalismo financiero condujo a la decadencia de Occidente

Occidente pasó de ser una economía real según la teoría marxista D-M-D (dinero-mercancía-dinero) a una economía D-D, destinada a crear dinero con dinero

Silvana Niutta, Sinistra in Rete

El 23 de marzo, en el Aula Magna de Siderno (Calabria), se presentó el libro 'El mito del dólar', en presencia de Giuliano Marrucci, coautor con Vadim Bottoni.

El evento, moderado por Nicola Limoncino y presentado por Antonio Sgambelluri, fue organizado por el Movimiento para el Renacimiento Comunista y Comunistas Unidos por Siderno. El evento estuvo dirigido principalmente a los jóvenes, pero también a ese segmento de la población que ya no se identifica con los partidos que se han turnado en el gobierno durante las últimas décadas, independientemente del color político.

Hemos discutido los principales problemas que desde hace tiempo aquejan a Occidente debido al paradigma centrado en la supremacía del dólar, partiendo de los acuerdos de Bretton Woods, que preveían tipos de cambio estables, el oro como patrón de referencia para la conversión del dólar para equilibrar los pagos internacionales, cuando sin embargo todavía había una fuerte presencia del Estado en la economía, hasta nuestros días en que ahora podemos ver que la democracia se ha convertido en una palabra vacía, que sirve para mantener una propaganda manejada a nivel mediático por una prensa servil y financiada por agencias internacionales, creadas ad hoc por el poder financiero.

Se han destruido el bienestar, las escuelas y la sanidad, se han convertido las empresas en sociedades de especulación bursátil, mientras se destruyen continuamente millones de puestos de trabajo o se esclaviza a millones de jóvenes, se les despoja de su dignidad, se les obliga a aceptar salarios de hambre o algún subsidio miserable, sin perspectivas de futuro.

Cuando baja la marea, sabemos quién está nadando desnudo

Mientras China aplica la estrategia de Sun Tzu en El arte de la guerra para ganar sin luchar, Trump aplica su «arte del trato» para engañar y estafar. Como dije la última vez, Trump es el mejor agente no remunerado de la (orgullosa) China comunista.
El rey Trump es el emperador desnudo

Hua Bin, The Unz Review

Cuando escribí mi último ensayo, «La estrategia de China para derrotar a EEUU llevándolo a la bancarrota», justo antes del «día de la liberación» de Trump, pensé en hacer un seguimiento un mes después, una vez que se hubieran calmado un poco las aguas. Las cosas han seguido la trayectoria prevista, pero a un ritmo mucho más rápido de lo que esperaba.

Con el anuncio del viernes por la noche de que Trump exime a los teléfonos inteligentes, chips, ordenadores y productos electrónicos fabricados en China del arancel «recíproco (una completa farsa)» del 125%, que representa aproximadamente una cuarta parte de las exportaciones de China a Estados Unidos, el rey Trump básicamente se ha arrodillado y ha capitulado. Por mucho que Karoline Leavitt lo intente, Trump no solo ha parpadeado, ha esquivado el golpe.

Anthony Blinken tenía razón. En las relaciones internacionales, o estás en la mesa o estás en el menú. Hemos descubierto que el pollo Trump está en el menú junto al pollo Kiev.

En mi último ensayo comenté que la política comercial de Trump era como apuntarse con una pistola a la cabeza para amenazar al mundo. No sabía que se pondría una navaja en la garganta con la otra mano y que además se tomaría veneno para ratas.

Normalmente, sacaría conclusiones después de «dejar que la bala volara un poco más». Sin embargo, algunas cosas ya están claras desde el 2 de abril, el Día de los Inocentes. Podemos anticipar lo que es probable que suceda en los próximos meses y años.

En este ensayo, compartiré mis predicciones. Me centraré en el panorama general y aconsejaré no dejarse llevar por los titulares diarios (incluso horarios) que seguramente aparecerán en los medios saturados.

viernes, 18 de abril de 2025

Israel está a punto de vaciar Gaza

Cualquier expulsión se produciría probablemente con rapidez, con las fuerzas sionistas que ya están replegando sin piedad a los palestinos en zonas de contención en Gaza

Chris Hedges, Scheer Post

El régimen de Netanyahu está a punto de llevar a cabo la mayor campaña de limpieza étnica desde el final de la II Guerra Mundial. Desde el 2 de marzo, ha bloqueado toda entrada de alimentos y ayuda humanitaria en Gaza y ha cortado la electricidad, de modo que la última planta desalinizadora de agua ya no funciona. El ejército israelí se ha apoderado de la mitad del territorio -Gaza tiene cuarenta kilómetros de largo y de seis a ocho de ancho- y ha puesto dos tercios de Gaza bajo órdenes de desplazamiento, convertidos en «zonas prohibidas», incluida la ciudad fronteriza de Rafah, cercada por las tropas israelíes.

El viernes 11, el ministro de Defensa, Israel Katz, anunció que Israel «intensificará» la guerra contra Hamás y utilizará «toda la presión militar y civil, incluida la evacuación de la población de Gaza hacia el sur y la aplicación del plan de migración voluntaria del presidente de Estados Unidos Trump para los habitantes de Gaza».

Desde que Israel puso fin unilateralmente al alto el fuego el 18 de marzo -que nunca fue respetado por Israel-, Israel ha llevado a cabo incesantes bombardeos y proyectiles contra civiles, matando a más de 1.400 palestinos e hiriendo a más de 3.600, según el Ministerio de Sanidad palestino. Una media de cien niños mueren diariamente, según Naciones Unidas. Israel está, al mismo tiempo, incitando tensiones con Egipto para sentar lo que sospecho será la base de una expulsión masiva de palestinos al Sinaí egipcio.

El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, haciéndose eco de Katz, dijo que Israel no levantaría el bloqueo total hasta que Hamás fuera «derrotada» y los 59 rehenes israelíes restantes fueran liberados. «No entrará en Gaza ni un grano de trigo», prometió.

Pero nadie en Israel ni en Gaza espera que Hamás, que ha aguantado la diezma de Gaza y las matanzas masivas sostenidas, se rinda o desaparezca.

jueves, 17 de abril de 2025

La trampa de Mackinder: los peligros de la Geopolítica obsoleta


Markku Siira, Markku Siira

El político, economista y escritor ruso Mijaíl Deljagin cuestiona de manera contundente la teoría clásica de la geopolítica. Considera que la teoría del Heartland, propuesta por Halford Mackinder en 1904, es errónea y está alineada con la tradición imperialista británica.

Según Deljagin, la teoría de Mackinder fue una herramienta estratégica para Gran Bretaña, que llevó a sus oponentes – especialmente a Alemania – por el mal camino. Esto los obligó a cometer errores o actuar en contra de las normas, debilitando la toma de decisiones y haciéndolos vulnerables a la manipulación. En la práctica, fue una guerra política antes de que el concepto fuera oficializado, debilitando al enemigo de manera no militar y previendo la manipulación geopolítica moderna y la guerra de la información.

En 1919, en su obra Democratic Ideals and Reality, Mackinder presentó el núcleo de la geopolítica tradicional: "Quien controla Europa del Este, controla el Heartland; quien controla el Heartland, controla la Isla-Mundo; quien controla la Isla-Mundo, domina el mundo entero."

La teoría de Mackinder se basaba en conceptos rígidos: el Heartland abarcaba el núcleo de Eurasia – las regiones centrales de Rusia, Asia Central, el interior de Irán y la parte oriental del Cáucaso; el anillo interno incluía Europa, Arabia sin petróleo y la Indochina; el anillo externo, a su vez, comprendía América, África y Oceanía. En 1943, Mackinder colocó a Estados Unidos como contraparte del Heartland, reconociendo su ascenso global.

Trump rompe un orden mundial en crisis, pero hay oportunidades en medio de la turbulencia

Las acciones de Trump no fueron ni improvisadas ni caprichosas. La «solución arancelaria» había sido preparada por su equipo durante años

Alastair Crooke, Strategic Culture

El shock de Trump –su descentralización de EEUU del rol de eje del ‘orden’ de posguerra, a través del dólar– ha desatado una profunda división entre, por un lado, quienes obtuvieron enormes beneficios del statu quo; y, por otro, la facción MAGA (Make America’s Greatest Again), que llegó a ver ese statu quo como hostil, incluso una amenaza existencial para los intereses estadounidenses. Las partes han caído en una polarización agria y llena de acusaciones.

Es una de las ironías del momento que el presidente Trump y los republicanos de derechas hayan insistido en denigrar -como una “maldición de los recursos”- los beneficios del estatus de Moneda de Reserva que aportó a EEUU la oleada de ahorro mundial entrante que le permitió disfrutar del privilegio único de imprimir dinero, sin consecuencias negativas: ¡al menos hasta ahora! Parece que, en última instancia, los niveles de deuda importan incluso al Leviatán.

El vicepresidente Vance compara ahora la moneda de reserva con un “parásito” que ha devorado la sustancia de su “huésped”» (la economía estadounidense) imponiendo un dólar sobrevalorado.

Para que quede claro, Trump creía que no tenía elección: o bien subvertía el paradigma existente, a costa de un considerable dolor para muchos de los que dependen del sistema financiarizado, o bien permitía que los acontecimientos avanzaran hacia el inevitable colapso económico de EEUU. Incluso aquellos que entendían el dilema al que se enfrentaba EEUU se quedaron algo sorprendidos por su descarada “imposición de aranceles al mundo”.

miércoles, 16 de abril de 2025

Lógica y consecuencias de la guerra arancelaria de Trump como reflejo de la crisis sistémica del modelo económico neoliberal

Algunos analistas relacionan las políticas arancelarias de Donald Trump con el “Sistema Americano” de Alexander Hamilton, un modelo proteccionista histórico. La Casa Blanca defiende estas medidas como necesarias para combatir prácticas comerciales desleales, disminuir el déficit comercial y reactivar la manufactura nacional. Sin embargo, economistas y expertos advierten que estas políticas podrían ser contraproducentes, generando más perjuicios que ventajas. Más concretamente: la guerra arancelaria impulsada por la administración Trump -basada en un análisis económico falaz- no constituye meramente una disputa comercial aislada, sino que representa un síntoma de la profunda crisis del orden neoliberal y la imperiosa necesidad de un cambio estructural en el sistema económico global.

José Luis Preciado, Mente Alternativa

El historiador Sam Labrier (1) vincula las políticas arancelarias de Donald Trump con el “Sistema Americano”, un modelo económico del siglo XIX promovido por figuras como Alexander Hamilton y Henry Clay, que combinaba aranceles protectores, infraestructura, banca nacional e innovación para impulsar la industrialización. Según Labrier, este sistema fue clave para el crecimiento de EEUU, pero fue debilitado por élites pro libre comercio y financieras, lo que habría llevado a crisis y pérdida de soberanía industrial. Distingue entre aranceles de ingresos (recaudatorios) y protectores (defensa industrial), destacando que líderes como William McKinley los usaron para garantizar salarios altos y autonomía económica, aunque fueran saboteados por intereses financieros internacionales.

Labrier también rastrea la influencia global del Sistema Americano, adoptado en países como Alemania y Japón, pero bloqueado en otros por élites especulativas. En este marco, ve en Trump un intento de revivir ese legado, aunque advierte que los aranceles deben aplicarse con una estrategia clara, como en el modelo original, para evitar efectos negativos. Su análisis sugiere que, sin una visión industrial coherente, las medidas de Trump podrían quedarse en gestos simbólicos sin transformar la economía.

Según la Casa Blanca, estas políticas buscan frenar prácticas desleales, reducir el déficit comercial y revitalizar la industria manufacturera estadounidense. Sin embargo, expertos cuestionan la efectividad de estas medidas, argumentando que podrían generar más daños que beneficios.

Una «bomba atómica» arancelaria

Es imposible entender el «momento Trump» de la actual guerra arancelaria sin tener en cuenta la presión de más de cuarenta años de crónicos y gigantescos déficits comerciales y fiscales en Estados Unidos

Valerio Arcary, Jacobin

Estados Unidos ha desatado una ola de choque en la economía mundial sin parangón en los últimos cuarenta años: una contraofensiva en gran escala para defender la supremacía de Washington en el mercado mundial y en la comunidad internacional de Estados. Quienquiera que subestime las consecuencias de semejante contraofensiva está cometiendo un error imperdonable.

El impacto de esa contraofensiva podría compararse sólo con el «momento Nixon» de 1971, cuando Washington subvirtió los Acuerdos de Bretton Woods y puso fin a la convertibilidad fija del dólar en oro, para lo cual procedió a devaluar la moneda de reserva a fin de poder hacer frente al crecimiento alemán y japonés, al aumento del déficit comercial estadounidense y a la necesidad de financiar la guerra de Vietnam[1].

O con el «momento Reagan», cuando la Reserva Federal elevó al 21,5 % la tasa de interés de referencia para combatir una inflación superior al 13,5 %, el escalamiento de la deuda pública, que alcanzó entonces por primera vez el billón de dólares, la necesidad de financiar la carrera armamentística contra la URSS tras el triunfo revolucionario en Nicaragua —que amenazaba con extenderse a toda Centroamérica—, así como en Irán —que a su vez amenazaba con desatar una ola de radicalización islámica contra Israel—, y la caída de las dictaduras en el cono sur de América Latina[2].

Es imposible entender el «momento Trump» de la guerra arancelaria sin tener en cuenta la presión que ejercen más de cuarenta años de crónicos y gigantescos déficits comerciales y fiscales que son el talón de Aquiles de Estados Unidos, aun cuando no hayan impedido un miniboom con Ronald Reagan en los ochenta, Bill Clinton en los noventa y George Bush hijo en la primera década del siglo XXI. Cualquier otro país, incluso entre las grandes potencias, se habría sumido en una espiral de inflación, desinversión, recesión y desgobierno. Por su comportamiento, tales déficits constituyen una distorsión, una «excepcionalidad» o una «anomalía».

martes, 15 de abril de 2025

Las dos caras de Mario Vargas Llosa

De la denuncia de los crímenes y torturas en la Argentina de Jorge Videla, a la admiración manifiesta hacia Jair Bolsonaro, Keiko Fujimori y Javier Milei

Jano Luna, La Haine

Ha fallecido el Premio Nobel peruano, que en 2023 anunció que deja de producir narrativa y periodismo. Un género, el primero, que le ha elevado a los altares de la idolatría literaria. En cambio, los artículos publicados en El País a partir de 1990, le han llevado a controversias por su deslizamiento ideológico desde el comunismo juvenil hasta la extrema derecha. O, más gráficamente, de la denuncia de los crímenes y torturas en la Argentina de Jorge Videla, a la admiración manifiesta hacia Jair Bolsonaro, Keiko Fujimori (de quien pasó de llamarla "cáncer terminal" a decirle "mal menor" del Perú) y Javier Milei.

Su obra pendiente y postrera pudiera ser un ensayo sobre Jean Paul Sartre. Epílogo a su vez de 'Entre Sartre y Camus', publicada en 1981 en la transición del genio de Arequipa a excelente prosista de argumentos menores. Con la excepción --afirman sus críticos-- de olvidable 'La fiesta del chivo' en el año 2000.

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa ha cumplido los 89 con una notable estatura de 178 centímetros para el común de su generación. Entrado en la cuarta edad, reconoce lagunas en la memoria y agobios para cumplir la entrega de sus artículos. Su mirada sin brillo es la de un abuelo en busca de sosiego, aunque no renuncie a los oropeles mundanos que siempre le han satisfecho.

Millonario en comparación a la mayoría inmensa de sus colegas, Vargas Llosa ha recibido todos los premios y distinciones imaginables. Dejará de percibir el millón y medio de euros anticipados por cada nueva novela, tal vez con alivio por parte de la editorial Alfaguara. Sus últimas obras --con calidad decreciente-- sufrían crisis de ventas.

Se le termina el juego a EE.UU.


Enrico Tomaselli, Sinistra in Rete

Si observamos la actual fase macrogeopolítica, caracterizada fundamentalmente por la manifestación del declive occidental, es posible constatar que la política estratégica adoptada por la que fue la potencia central de Occidente, es decir Estados Unidos, se caracteriza por una contradicción fundamental. El objetivo estratégico de Estados Unidos, de hecho, no es simplemente frenar su declive o limitar su alcance, sino revertir su curso, para reconstituir y reafirmar la posición hegemónica de América del Norte sobre el resto del mundo. Y, dado el estado actual del imperio estadounidense, esto lleva tiempo. Para poder restaurar el poder de Estados Unidos para enfrentar y derrotar a los países que desafían su hegemonía es necesario ganar tiempo. Desde esta perspectiva, la opción del bloque de poder que ha tomado el liderazgo de los EEUU es tratar de dividir a estos países – especialmente a los más agresivos – tanto para intentar derrotarlos individualmente, uno a la vez, como para evitar que la conciencia de la fuerza que resulta de su suma los induzca a atacar primero.

Pero –y ésta es la contradicción mencionada– al hacer esto Washington está imponiendo una aceleración general. Aparentemente ambas cosas podrían incluso parecer coherentes: no tengo mucho tiempo disponible, así que acelero mi acción. Pero, por supuesto, esto podría ser cierto si la escasez de tiempo se debiera exclusivamente a factores objetivos externos, mientras que en el caso de Estados Unidos el tiempo necesario depende de una condición subjetiva (declive), cuyo proceso de recuperación no puede acelerarse. El objetivo estratégico sólo se puede lograr obteniendo más tiempo para restablecer condiciones operativas suficientes, y por ello la acción debe centrarse en la dilatación del tiempo, en la ralentización de los procesos globales y, al mismo tiempo, en el uso masivo de los recursos disponibles para reconstituir el poder perdido.

Estados Unidos debe reconstruir su capacidad industrial –que es el factor principal que le permitió ganar la Segunda Guerra Mundial–, debe repensar y reconstruir sus fuerzas armadas, debe defender el patrón internacional del dólar, debe reducir su monstruosa deuda pública. Y esto requiere un tiempo que no se puede comprimir o reducir...

Éstas, y no otras, son las razones que empujan a Trump a buscar una solución pacífica temporal de las crisis más agudas. Responde a la doble necesidad de abrir divisiones en el frente enemigo y de liberarse de compromisos onerosos e infructuosos, que frenan la capacidad de recuperación.

lunes, 14 de abril de 2025

Trump sepulta los mitos del libre comercio y de la globalización


Raphael Machado, Jornal Puro Sangue

Cuando afirmamos el año pasado que la elección de Trump sería más disruptiva para la hegemonía global liberal, los emocionados nos acusaron de “trumpistas”, “neocons” y más una torrente de improperios.

Pero continuamente, las decisiones trumpistas en política interna confirman nuestra evaluación. De hecho, hoy diría que Trump está siendo más disruptivo de lo que podría haber imaginado en 2024.

Recuerdo aquí, por cierto, que cuando se anunció el cierre de la USAID, los miembros de la “izquierda emotiva” (que simplemente no puede aceptar que Trump era una opción más disruptiva que Biden) vinieron corriendo a decir, en tonos divinatorios, que los recursos de la USAID serían, simplemente, reubicados.

No. Esta semana realmente se confirmó el cierre de la USAID y que el dinero volvería al presupuesto, sin ninguna previsión específica de seguir aplicando el mismo dinero de la misma manera a través de otros programas y organismos. Es claro que los EEUU seguirán proyectando su influencia alrededor del mundo, siempre lo han hecho. Pero uno de los principales brazos de esa proyección se ha cerrado y el presupuesto para ese tipo de actividad ha disminuido significativamente. Ahora, la iniciativa privada será aún más relevante en este campo.

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