Marcos Roitman Rosenmann,
La Jornada
Pocos han hecho por la memoria histórica de su país lo que Patricio Guzmán hizo por Chile. Puede parecer una exageración, adjudicar a una persona semejante esfuerzo. Pero su legado consiste en tomar el pulso a la realidad chilena durante medio siglo. No fue historiador, politólogo o sociólogo; fue director de cine y, como tal, reinventó el documental político. Un maestro equiparable a Costa Gavras, Pier Paolo Pasolini o Bernardo Bertolucci. Y, más allá del Oscar que obtuvo Michael Moore en 2002 por el documental
Bowling for Columbine, Patricio Gúzman no estrenó sus filmes a bombo y platillo. Luchó contra el silencio y abrió los ojos del mundo a la realidad chilena. Ese es uno de sus logros.
Su manera de interpretar el cine documental hizo escuela. Marcó diferencias. No hizo ficción. Centró sus esfuerzos en dar voz a los protagonistas. En la pantalla cobran vida trabajadores, movimientos estudiantiles, sacerdotes, jóvenes, militares o movimientos feministas. Filmó manifestaciones, asambleas, trabajadores en huelga, profesores, campesinos, mujeres. Huía de los convencionalismos. También improvisaba. Así, queda de manifiesto en su trilogía
La batalla de Chile: la lucha de un pueblo sin armas. Rodada durante los años de la Unidad Popular, fue su primer documental. La intrahistoria para sacar lo rodado y su posterior montaje en Cuba, se recoge en el libro
La batalla de Chile: Una película, editado en 2020. La portada con el autor y Jorge Muller, su cámara y fotógrafo, marcan su compromiso. Muller y su compañera, la actriz Carmen Bueno Cifuentes, serían detenidos el 29 de noviembre de 1974 y asesinados. Hoy forman parte de la lista de detenidos desaparecidos.
El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 fue un final inesperado del proyecto. Sin embargo, marcó su trayectoria cinematográfica. Siempre bajo un objetivo: ¿Qué hacer para que la historia vivida no fuese arrinconada por una élite política enrocada en la mentira y la posverdad?