domingo, 5 de enero de 2025

Ucrania: el precio a pagar


Nahia Sanzo, Slavyangrad

Varios artículos se preguntan esta semana cuáles son las expectativas de Ucrania para el año 2025, en el que algunos expertos, como el profesor Katchanovski, con tendencia a analizar los hechos de tal manera que sus predicciones se cumplen, esperan que pueda ser el momento en el que la guerra se detenga. Quienes actualmente se posicionan con ese tipo de predicciones pueden dividirse en dos grupos: optimistas que ven en la llegada de Trump la posibilidad de romper con el statu quo de una guerra en riesgo de perpetuarse y pesimistas que temen que Donald Trump abandone a Ucrania y los países europeos no sean capaces de compensar el descenso en la aportación militar estadounidense. A esos dos grupos hay que añadir otros dos, que parten desde bases menos realistas y entre los que destacan las posturas prorrusas excesivamente optimistas que ven la posibilidad -irreal- de un colapso ucraniano y quienes, desde el pesimismo proucraniano, temen que esa ruptura sea posible.

En referencia a la guerra que van a encontrarse los asesores de Donald Trump, BBC cita a Michael Koffman, miembro del Carnegie Endowment for Internacional Peace y experto de referencia de la prensa occidental en este conflicto, que afirmó que “van a heredar una guerra con una trayectoria muy negativa, sin una enorme cantidad de tiempo para estabilizar la situación, a lo que añade que “la van a heredar sin una teoría clara del éxito”. El 10 de septiembre, Reuters informaba de que la administración Biden había entregado el informe clasificado sobre la situación de la guerra y los planes de la Casa Blanca que el Congreso había exigido en abril y cuya fecha de entrega estaba prevista para junio. La ausencia de filtraciones sobre los planes puede indicar tanto una claridad extrema que exija completo secreto o ausencia real de una estrategia clara para los posteriores meses del conflicto. Los actos y las palabras de la administración Biden en estos meses indican la continuación, prácticamente por inercia, de la estrategia de escalada progresiva sin más plan que seguir dañando a Rusia mientras Ucrania pueda seguir luchando y así lo decida su Gobierno.

Colonialismo 2.0: la incesante búsqueda de dominación global por parte de Occidente

La creación del llamado “Occidente político” se ha centrado durante mucho tiempo en un objetivo singular e innegable: la dominación global.

Vijaya Dissanayake, Global Research

Si bien el mundo, con sus diversas culturas, historias y más de 8 mil millones de habitantes, es una entidad vasta y compleja, quienes están al mando del poder occidental lo tratan como poco más que un mapa o globo terráqueo en su escritorio, que necesita ser controlado, manipulado y subyugado.

Esta visión de dominio mundial no es un fenómeno reciente, sino que se remonta a más de un siglo. Sus semillas se sembraron ya en el ataque a Rusia en 1917, un momento crucial en la geopolítica mundial. La pregunta, como siempre, sigue siendo: ¿dónde reside realmente el poder?

En el sistema de estados-nación de Westfalia, la medida del poder se ha determinado tradicionalmente por el tamaño territorial, los recursos naturales, la riqueza financiera y la capacidad tecnológica de un país. Según este criterio, dos naciones ocupan la cima de la jerarquía global: Estados Unidos y Rusia, y China se perfila como un poderoso contendiente económico.

Gramsci, “hegemonía” y la extrema derecha


Maciek Wisniewski, La Jornada

Los explícitos intentos por parte de la extrema derecha en el mundo de apropiarse de algunos conceptos que desarrolló el marxista italiano Antonio Gramsci −como por ejemplo la “hegemonía”−, han de constituir uno de los más interesantes y paradójicos desarrollos ideológicos de los últimos años. Si bien ciertas partes de la izquierda posmarxista (Mouffe, Laclau) ya han hecho mucho para simplificarla y “fetichizarla” (t.ly/vClZH) −siendo estas deformaciones fruto de dudas y debates más amplios en tormo a cómo interpretar y situar el legado político e intelectual de Gramsci (t.ly/Qcyzj)−, los afanes de los posfascistas italianos o los conservadores estadounidenses de acaparar este término y convertirlo en una base de sus políticas constituyen un caso aparte y resultan a la vez sintomáticas para los vacíos de la propia izquierda.

Aunque sobre todo a partir de la revolución cultural de 1968 Gramsci fue un objeto favorito de las críticas ideológicas de los diferentes sectores de la derecha en diferentes países que denunciaban la “penetración cultural marxista encubierta” en sus sociedades (t.ly/bv-sK), la peculiaridad del giro actual −que sigue los pasos del filósofo francés ultraconservador Alain de Benoist, el pionero del “gramscismo de derecha” (t.ly/Hm6SP)−, consiste en que se trata de una “apropiación positiva”. Esta operación despoja a Gramsci de su marxismo y al traducir sus ideas al lenguaje de las “nuevas derechas” se centra en la redefinición del terreno del conflicto político y en la construcción de una “hegemonía cultural” en un afán de alcanzar o afianzar el poder.

La ciencia de la propaganda antirrusa

La rusofobia no es un fenómeno transitorio, sino que ha demostrado ser increíblemente duradero debido a su función geopolítica. A diferencia de la germanofobia o la francofobia transitorias, vinculadas a guerras concretas, la rusofobia tiene una resistencia comparable a la del antisemitismo.
Ilustración: Mapa satírico de Europa por Frederick Rose de EEUU.

Glenn Diesen, Glenn Substack

La propaganda es una ciencia de la persuasión que suele eludir las consideraciones racionales del individuo apelando en su lugar a la psicología inconsciente del grupo. La mente consciente tiende a ser racional, pero el comportamiento y las acciones humanas están moldeados en gran medida por el inconsciente, los instintos primordiales y las emociones. El individuo racional tiene fuertes impulsos para adaptarse al grupo, por lo que la propaganda pretende influir en la psicología irracional del grupo.

La propaganda como ciencia

Sigmund Freud exploró la irracionalidad de la “psicología de grupo” que anula las capacidades racionales y críticas del individuo. Freud reconocía que
un grupo es extraordinariamente crédulo y abierto a la influencia, no tiene facultad crítica[1]
La conformidad con las ideas del grupo es poderosa precisamente porque es inconsciente. Freud definió la psicología de grupo como:
“se ocupa del hombre individual como miembro de una raza, de una nación, de una casta, de una profesión, de una institución, o como parte componente de una multitud de personas», que forman una conciencia colectiva de grupo, instinto social, instinto de rebaño o mentalidad tribal[2]
El sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, se basó en el trabajo de su tío para desarrollar la literatura fundacional sobre propaganda política.

sábado, 4 de enero de 2025

Minsk, la manipulación de un proceso en el que no creyó nadie


Nahia Sanzo, Slavyangrad

Este miércoles, tras el comunicado de Gazprom en el que la compañía rusa anunciaba que, privado de “las capacidades técnicas y legales para el suministro de gas a través de Ucrania” había detenido el tránsito, la prensa se llenó de titulares que anunciaban que Rusia interrumpe el tránsito de gas a Europa. “Gazprom detiene los flujos de gas a Europa a través de Ucrania y tensa al mercado energético”, escribía por la mañana Europa Press con un titular representativo de la tendencia de los medios de comunicación occidentales durante las primeras horas del miércoles. Pese a los intentos de los países más afectados, fundamentalmente Eslovaquia y Hungría -Moldavia ha optado por aprovecharse de que las consecuencias serán especialmente duras para Transnistria y ha aceptado sin más que carecerá del gas más barato al que tenía acceso y que no siempre pagaba-, Ucrania decidió hace mucho tiempo que era preferible privar a Rusia de los ingresos procedentes de la venta de gas que preservar los que percibía por el paso a través de su sistema de tránsito. El acuerdo era inviable y es representativo del cambio que se ha producido en la situación en Ucrania, Europa y el mundo en general en los últimos cinco años. En esos cambios existe una constante, la manipulación de los hechos en busca del beneficio propio, un aspecto que no se limita a dar una versión parcial sobre qué ha ocurrido con el tránsito de gas, sino que se puede aplicar también a aspectos políticos igualmente relevantes.

La prórroga de cinco años del acuerdo entre las compañías gasísticas de Ucrania y Rusia -Naftogaz y Gazprom- se firmó tras el acuerdo alcanzado por Volodymyr Zelensky y Vladimir Putin en la reunión del Formato Normandía celebrada bajo la mediación de Emmanuel Macron y Ángela Merkel en París el 9 de diciembre de 2019. Esa renovación del contrato entre las dos compañías ha garantizado el tránsito de gas ruso a la Unión Europea, y por lo tanto ingresos por las ventas para Rusia y por el uso de sus instalaciones para Ucrania, incluso a pesar de la guerra y fue el principal resultado de aquella cumbre teóricamente organizada para reafirmar la voluntad de las partes de lograr un acuerdo para poner fin a la guerra de Donbass. Zelensky había sido elegido presidente meses antes con una arrolladora victoria sobre Petro Poroshenko y se había abierto así, o eso esperaban Moscú y Berlín, una posibilidad para avanzar hacia la implementación de los acuerdos firmados en 2015. La cumbre de París terminó con una rueda de prensa de los cuatro jefes de Estado o de Gobierno, el anuncio del acuerdo del gas, un pacto para un gran intercambio de prisioneros y la reafirmación pública del compromiso de los cuatro países con los acuerdos de Minsk.

La arrogancia Imperial (y sus consecuencias) en Siria

La historia de Siria no es tan simple como que “el presidente Assad cayó” y los “salafistas tecnócratas” subieron al poder.

Alastair Crooke, Strategic Culture

En cierto modo, la caída era previsible. Se sabía que Egipto y Emiratos Árabes Unidos habían influido en Assad desde hacía algunos años. Le habían estado instando a romper con Irán y Rusia y a acercarse a Occidente.

Durante unos tres o cuatro años, Assad ha ido señalando y poniendo en práctica progresivamente este cambio. Irán se enfrentaba especialmente a obstáculos cada vez mayores en cuestiones operativas en las que cooperaba con las fuerzas sirias. Su cambio fue un mensaje para Irán.

La situación financiera de Siria -tras años de sanciones del César estadounidenses, más la pérdida de todos los ingresos agrícolas y energéticos confiscados por Estados Unidos en el noreste ocupado de Siria- era catastrófica. Siria simplemente no tenía economía.

Sin duda, tender la mano a Israel y Washington se le presentó a Assad como la única salida práctica a su dilema. La ‘normalización’ podría conducir al levantamiento de las sanciones, le imploraron. Y Assad, según quienes están en contacto con él, (incluso en el último momento antes de la ‘invasión’ del HTS) creía que los Estados árabes cercanos a Washington habrían optado por la continuidad de su liderazgo, en lugar de ver cómo Siria caía presa de los fanáticos salafistas.

Para que quede claro: Moscú y Teherán habían advertido a Assad de que su ejército (en su conjunto) era demasiado frágil, estaba demasiado mal pagado y estaba demasiado penetrado y sobornado por los servicios de inteligencia extranjeros como para esperar que defendiera eficazmente el Estado.

Sobre la teología negativa (Pettersson, Cacciari, Heidegger, Hölderlin, Maestro Eckhart, Malévitch)


Gérard Conio, Geopolitika

Se ha establecido una relación entre la música y las matemáticas, pero la música también puede expresar aspiraciones teogónicas, como me ha llamado la atención al escuchar la Sexta Sinfonía de Allan Pettersson, cuyo comentario he encontrado en las reflexiones de Massimo Cacciari sobre «El problema de lo sagrado en Heidegger».

Entre las sinfonías de Allan Pettersson, la Sexta es sin duda la más violenta, la más sobreexcitada, la más convulsa, la más desgarradora, la más espasmódica, la que más se esfuerza por alcanzar una armonía inaccesible. Allan Pettersson ha dicho que no es trágica, sino solar. Es cierto que el sol, que dio origen a Dioniso, puede ser fuente de tragedia, como lo fue para los griegos. ¿Debemos ver en ello la fuente de la fuerza emocional de Pettersson? La tragedia no es incompatible con el éxtasis, de hecho, es su lado oscuro. Esta exaltación insaciable, incompresible, está en consonancia con el caos sagrado cantado por Hölderlin en sus himnos. Y la sinfonía de Pettersson es ella misma un himno al «caos sagrado», el que evocaba Bakst en «Terror antiquus», pero también el «Heilig» decantado por Heidegger en el «Como un día de fiesta…» de Hölderlin: «¿Cuál es el significado de ‘Heilig’», se pregunta Cacciari, «y cómo revive este significado en Hölderlin? El Heil resuena con la idea de vigor, vitalidad e ímpetu que caracteriza al término védico isirah y al griego hieron. Es el atributo de los vientos, los caballos, los hombres y las ciudades («Ilion sagrado»), pero también de las cosas arrebatadas en su apogeo, en el momento culminante de su poder. En un pasaje de una violencia prodigiosa, Homero (Ilíada, XVI, 407) describe como un hieron al pez que lucha por salir del agua al final del sedal, una imagen que le sugirió el terrible espectáculo de Thestor arponeado en la mandíbula por la lanza de Patroclo, que le atraviesa la cabeza y lo eleva por encima de la barandilla de su carro, donde se había refugiado. Este destello de vida (¡fa-llida!) es tan poderoso e inolvidable, incluso en su inmediatez, que parece perfecto, completo e ineludible. Además, el rayo gobierna todas las cosas – y para Plotino, Aiôn es esklampon, rayo … Heilige conserva intacto este significado en Hölderlin; etimológicamente, por lo tanto, se opone a toda idea de sacralidad (sacer: lo que está separado, alejado, y se conserva precisamente porque está separado: arkeo, arcanum). El heilig aparece ante nosotros, vivo y «seguro» en su presencia (del gótico: hails, de heilen = curar; y nótese la correspondencia con el inglés holy, equivalente a heilig, y whole = entero, integral), aunque esta presencia sea el espasmo de Thestor. Hieron, diría el cristiano, es esencialmente el grito de Cristo en la cruz».

viernes, 3 de enero de 2025

El imperio en colapso: RIP 'Operaciones abiertas'

La base de datos de subvenciones del Fondo sirvió como una herramienta invaluable para vigilar de cerca las intrigas internacionales de Washington y mapear las conexiones personales y organizacionales de agentes y entidades de influencia.

Kit Klarenberg, Al Mayadeen

En los últimos meses, un hecho notable en la decadencia del Imperio ha pasado casi totalmente inadvertido: la base de datos de subvenciones del National Endowment for Democracy ha sido eliminada de la red.

Hasta hace poco, una interfaz de búsqueda permitía a los visitantes ver registros detallados de ONG, sociedad civil y proyectos de medios de comunicación financiados por Washington en países concretos (que abarcaban la mayor parte del mundo), las sumas involucradas y las entidades responsables de su entrega. Este recurso ha desaparecido inexplicablemente y, con él, enormes cantidades de pruebas incontrovertibles y autoincriminatorias de las destructivas traiciones estadounidenses en el extranjero.

Tomemos como ejemplo los registros de subvenciones de la NED para Georgia, el sitio de recientes y repetidos esfuerzos de revolución de color, a la vanguardia de los cuales estaban las organizaciones financiadas por la Fundación. Si bien todavía se puede acceder a ellos a través de archivos de Internet, fueron eliminados durante el verano. Hoy, los visitantes de las URL asociadas son redirigidos a una breve entrada titulada simplemente "Eurasia". El texto que acompaña describe en términos muy generales los objetivos de la Fundación a nivel regional y el total que se está gastando, pero las preguntas cruciales de dónde y en qué no se aclaran. En una hipocresía cómica también, la propaganda afirma audazmente:
“El trabajo central de NED en la región es la necesidad de mantener el acceso a información objetiva para las poblaciones locales. En toda la región, los actores gubernamentales están intentando limitar el espacio para que los ciudadanos distribuyan información y se comuniquen libremente en línea”.

El ciclo de la Civilización

Brecht Jonkers sostiene que las civilizaciones en declive – como las analizadas por Ibn Jaldún, Lev Gumilev y Oswald Spengler – deben elegir entre revitalizarse mediante la reafirmación de los valores fundamentales o enfrentarse a un colapso inevitable debido a la decadencia interna o a la conquista externa, un patrón que se observa desde el Imperio Romano hasta las modernas sociedades occidentales liberal-capitalistas.

Brecht Jonkers, Arktos

Por regla general, las civilizaciones y sociedades en declive tienen dos opciones:
  1. Reafirmarse y reinventarse, tanto en la escena mundial como asegurándose de sobrevivir y posiblemente alcanzar una nueva prosperidad;
  2. O continuar por la senda del declive hacia su inevitable perdición, ya sea por colapso interno o por la toma del poder por fuerzas externas con un mayor nivel de compromiso y solidaridad civilizatorios.
El ascenso y la caída de las civilizaciones se analizan, por supuesto, con gran claridad en los escritos de Oswald Spengler. Sin embargo, la dinámica interna de las civilizaciones o grupos étnicos también fue muy bien descrita por escritores como Abu Zayd, Ibn Jaldún y Lev Gumilev.

Ibn Jaldún, el historiador tunecino del siglo XIV, llamó a esta fuerza la «asabiyya», a menudo traducida como solidaridad tribal. La cohesión y la solidaridad internas son esenciales para la supervivencia y la prosperidad de una tribu, una cultura, una etnia y un reino. Y, en lo que Spengler describiría más tarde como una fuerza inevitable de la ley, la asabiyya de una civilización tiende a declinar constantemente con el tiempo, a medida que los que ostentan el poder se empantanan en la búsqueda de la comodidad y el lujo en lugar de la justicia y la gloria. La corrupción, la decadencia y la degeneración se instalan y, si no se toman medidas inmediatas y decisivas, la asabiyya se debilitará hasta tal punto que la civilización se derrumbará por completo. Su lugar lo ocupa entonces una tribu nueva, joven y moralmente más pura, cuya cohesión y solidaridad internas son más fuertes.

Jimmy Carter empeoró el malestar que él mismo denunciaba

En julio de 1979, Jimmy Carter se refirió a una «crisis de confianza» que podía «destruir el tejido social y político de Estados Unidos». Pero las políticas neoliberales de su gobierno contribuyeron a hacer del país una sociedad más atomizada y mezquina.

Nick French, Jacobin

El 15 de julio de 1979, el entonces presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter se dirigió a la nación en directo por televisión. El discurso que pronunció esa noche —a menudo llamado el «discurso sobre el malestar»— es probablemente uno de los momentos más recordados de su mandato al frente de la Casa Blanca.

El motivo inmediato del discurso fue la inflación en curso, causada en gran parte por la escalada de los precios del petróleo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Pero Carter creía haber diagnosticado un problema más profundo. Los estadounidenses no solo estaban descontentos con la subida constante de los precios de la gasolina; debido a una serie de traumas nacionales que habían comenzado en la década de 1960 —los asesinatos de John F. Kennedy y Robert F. Kennedy y Martin Luther King Jr, la guerra de Vietnam, Watergate, la persistente inflación—, los ciudadanos sufrían «una crisis de confianza» que «amenazaba con destruir el tejido social y político de Estados Unidos».

El discurso está lleno de nostalgia romántica por una época más sencilla de optimismo y objetivos nacionales compartidos. Por supuesto, tal cosa nunca existió realmente. Pero algo de lo que Carter en aquella ocasión dijo suena a verdad:

Guerra, la receta de la OTAN para Europa


Fabrizio Casari, Altre Notizie

Preparándose para la guerra con Rusia. Loco, ¿verdad? Sin embargo, esto se ha convertido en el corazón del discurso político atlantista en Europa. Para Mark Rutte, el nuevo secretario general de la OTAN, «debemos prepararnos para una mentalidad de guerra», y le hacen eco gobiernos, políticos, militares y periodistas empleados por el establishment atlantista.

En el Viejo Continente, reducido ahora a un instrumento de la política estadounidense, parece que se han agotado la razón y el sentido común que siempre deberían estar presentes como condición previa en el discurso político. Términos que hasta hace unos años estaban prohibidos se han convertido en la esencia del discurso público, infligido a una opinión pública narcoléptica. La técnica de comunicación es la de la «rana hervida», tal como la define Noam Chomsky: consiste en proponer progresiva pero constantemente un escenario que, presentado de repente, suscitaría una reacción de oposición inmediata, pero que, en cambio, diluido y manipulado, acostumbra a uno a la conceptualidad y a minimizar molestias.

La interpenetración del sistema capitalista europeo con el Estado profundo estadounidense es tan grande que incluso el riesgo de una orientación menos agresiva hacia Moscú por parte del próximo presidente de EEUU hace entrar en pánico a la UE, muy preocupada por un posible cambio de dirección por parte de la Casa Blanca este mes. La UE se encuentra con los lazos quemados a sus espaldas en su relación con Rusia, con la que ahora teme que Washington reabra el diálogo por razones estratégicas.

jueves, 2 de enero de 2025

Jimmy Carter dejó la puerta abierta al neoliberalismo

La presidencia de Jimmy Carter se vio profundamente limitada por las crisis económicas y políticas. Su falta de voluntad para adoptar una postura radical lo obligó a responder a estos acontecimientos imponiendo medidas de austeridad y haciendo poco por fortalecer el sector laboral.

Sean T. Byrnes, Jacobin

Digan lo que digan sobre la presidencia de Jimmy Carter, estaba claro que él mismo quería que fuera transformadora. Desde una toma de posesión discreta en 1977 (Carter se saltó la comitiva de automóviles y los bailes de etiqueta en favor de un atuendo formal y un paseo al aire libre por la Avenida Pensilvania) hasta promesas posteriores de restaurar la independencia energética estadounidense, reformar el sistema de bienestar social e incluso superar el “inmenso miedo al comunismo” que había dominado la política exterior estadounidense desde los años 40, el trigésimo noveno presidente se puso muchas cosas en la mesa.

Elegido presidente tras la catastrófica intervención estadounidense en Vietnam y en medio de tensiones raciales divisivas y una crisis económica generalizada, Carter esperaba, como lo expresó en su discurso inaugural, “reavivar el compromiso con… los principios [morales] básicos” y establecer un gobierno “competente y compasivo”.

Aunque Carter logró más de lo que generalmente se le reconoce —y sigue siendo uno de los hombres más decentes que han ocupado el cargo— su presidencia no logró generar la transformación fundamental que buscaba. En cambio, su mandato ayudó a establecer un patrón mucho más dudoso: presidentes demócratas con agendas políticas admirablemente ambiciosas que se vieron obstaculizados por la incapacidad de formar una coalición duradera o de frenar la erosión del apoyo a su partido entre las clases trabajadora y media.

No glorifiquemos a Jimmy Carter


Chris Hedges, Chris Hedges Substack

Una vez fuera de su cargo [de presidente de EEUU], Jimmy Carter tuvo el valor de denunciar la “abominable opresión y persecución” y la “estricta segregación” del pueblo palestino en Cisjordania y Gaza en su libro de 2006 “Palestina: Paz, no apartheid”.

Dedicó su tiempo a supervisar elecciones, entre ellas hizo una polémica defensa de la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 2006, y a defender los derechos humanos por todo el planeta. Arremetió contra el proceso político estadounidense, calificándolo de ser una “oligarquía” en la que el “soborno político ilimitado” crea “una subversión completa de nuestro sistema político como pago a los grandes contribuyentes”.

Pero los años de Carter como expresidente no deben ocultar su tenaz servicio al imperio, su afición a fomentar desastrosas guerras por delegación, su traición a los palestinos, su adopción de nefastas políticas neoliberales y su servilismo a las grandes empresas cuando era presidente.

Guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania: balance 2024

El momento es de máxima incertidumbre tras un año de consolidación de la iniciativa rusa con posibilidades de un avance profundo que ponga en cuestión la integridad del frente

Calpu, La Haine

El año 2024 comenzó marcado por el lento final de la contraofensiva terrestre con la que los aliados de Ucrania esperaban lograr unos objetivos escasamente realistas teniendo en cuenta el equilibrio de fuerzas y el aprendizaje que habían supuesto los casi dos años de guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania. Por órdenes políticas, Zaluzhny había preparado una ofensiva con grandes convoyes de vehículos blindados que se lanzarían sobre el campo abierto de Zaporozhie en dirección a Melitopol y posteriormente Crimea.

Las supuestas derrotas rusas de 2022 y el incierto resultado de la movilización de ese año, con dificultades para equipar a los soldados reclutados -según la inteligencia británica- eran los principales argumentos para dudar de la capacidad de las tropas de Moscú para mantener el frente que durante tantos meses habían fortificado en vistas a una operación exactamente como la que se produjo. Defenestrado tras el motín del ejército privado de Evgeny Prigozhin de 2023, el general Surovikin no comandaba ya las tropas de la operación militar especial, como Rusia se empeña en seguir llamando a la guerra, pero su planificación fue clave en el resultado final.

La conocida como línea Surovikin, las fortificaciones de las que Ucrania y sus defensores se habían burlado durante meses, fue suficiente para hacer imposible el progreso terrestre de las tropas de Zaluzhny, cuyos comandantes llegaron a afirmar en la prensa occidental que sus aliados extranjeros habían preparado una operación a la que jamás enviarían a sus soldados.

miércoles, 1 de enero de 2025

En el 2025: La urgencia de una Política antihegemónica y proactiva

…el cuadro real de la situación mundial, al menos resumido y limitado a los dos frentes más calientes, se deduce que la situación del enfrentamiento entre las fuerzas hegemónicas occidentales y las fuerzas antihegemónicas y multipolares es en realidad mucho menos desfavorable de lo que parece y de lo que se representa interesadamente.

Enrico Tomaselli, Enrico Substack

2024 parece cerrarse en unas condiciones en general desfavorables para las fuerzas y países que se oponen al hegemonismo occidental, lo que a su vez parece ser el preludio de un 2025 marcado por una renovada ofensiva global del hegemonismo. El colapso de Siria, la ostentosa seguridad en sí mismos de Trump y Netanyahu, la difícil situación en Irán, la multiplicación de situaciones en las que el ejercicio de la democracia se reduce cada vez más a un simple sí o no (Georgia, Rumanía, Moldavia) … en resumen, todo parece inducir al pesimismo, al menos para aquellos que esperan una transición hacia un nuevo orden mundial basado en la multipolaridad.

Pero, aunque muchos elementos sean efectivamente negativos, se trata esencialmente de una distorsión perceptiva, en gran parte inducida por la propaganda occidental, en la que estamos plenamente inmersos. Por tanto, si queremos hacer una especie de balance, y sobre todo mirar al año que viene, lo mejor es hacerlo partiendo de los hechos, y no de las sensaciones.

El año 2025 verá con toda probabilidad el final del conflicto cinético en Ucrania -y esto, en sí mismo, ya es un hecho positivo-, y esto representará un pasaje crucial, destinado a pesar mucho en los años siguientes, porque acabe como acabe, no podrá cambiar la sustancia de este acontecimiento, es decir, la derrota político-militar de la OTAN y, por tanto, del hegemonismo occidental. El alcance de esta derrota, que es inevitable, aún no es del todo evidente -y sin duda se harán enormes esfuerzos para ocultarla-, pero no sólo será evidente una vez que se haya producido, sino que sus efectos se propagarán como ondas sísmicas, sacudiendo toda la arquitectura política occidental.

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