miércoles, 24 de junio de 2026

Ha-Joon Chang: "El viejo orden de la teoría económica occidental se está derrumbando"

Durante décadas, las reglas de la economía global y de la propia ciencia económica parecían inamovibles. Pero ahora, bajo el impulso de Donald Trump, el edificio se está derrumbando. Hablamos con el economista heterodoxo Ha-Joon Chang para comprender cuáles son los dogmas que están muriendo y qué alternativas están surgiendo.

Asher Dupuy-Spencer, Jacobin

Ha-Joon Chang es una de las figuras más influyentes de la economía heterodoxa a nivel mundial. Docente en la Universidad SOAS de Londres y autor de Kicking Away the Ladder, Bad Samaritans y Economics: The User’s Guide, entre otras obras, ha dedicado décadas a cuestionar la ortodoxia del desarrollo impuesta al Sur Global y a desmontar los mitos que subyacen al pensamiento económico dominante.

Asher Dupuy-Spencer, de Jacobin, conversó con Chang sobre el estado de la ciencia económica, el estrechamiento de las vías de desarrollo en la era de China, las perspectivas para quienes gobiernan desde la izquierda en el mundo avanzado y las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania.

Asher Dupuy-Spencer: Quería comenzar con una pregunta sobre el estado de la economía. Existe la opinión generalizada de que la crisis económica de 2007-2008 sumió a la propia ciencia económica en una crisis. ¿Hasta qué punto es cierto eso? ¿Cuánto ha cambiado realmente la disciplina y qué significa esto para el contenido teórico de la economía dominante en términos más amplios?

Ha-Joon Chang: Las cosas han cambiado, pero no mucho. Un cambio significativo es lo que se conoce como el «giro empírico». Cuando cursaba mis estudios de posgrado en la década de los 80, existía una jerarquía muy clara dentro de la academia: cuanto menos conexión tuvieras con la realidad, mayor era el reconocimiento a tu inteligencia. Quienes demostraban más capacidad se dedicaban a la modelación matemática; cuanto más abstracta, mejor: teoría de juegos, equilibrio general. Quienes no alcanzaban ese nivel se dedicaban a la macroeconomía, que se consideraba teóricamente menos sólida y matemáticamente más enredada, pero aun así lo suficientemente técnica. Por debajo de eso, se ubicaban la economía del desarrollo o la historia económica. Y si no podías manejar nada de eso, te dedicabas a hablar con la gente real a través de estudios de caso o entrevistas con referentes del activismo sindical. Eso directamente no se consideraba economía.

En comparación con aquella época, ahora al menos se reconoce que la economía tiene que comprometerse con el mundo real. Eso es un avance. Pero ¿ha cambiado lo suficiente? En la antigua jerarquía que describí, el sector de la econometría y ciertos perfiles de la historia económica y de la economía del desarrollo que utilizan cuasi-experimentos y análisis de datos históricos han ganado mucho terreno. Hoy se les considera en pie de igualdad con quienes realizan trabajo abstracto. Pero todo lo que está por debajo —la investigación histórica basada en archivos, la historia oral, el trabajo de campo cualitativo, los estudios de caso industriales y las entrevistas con responsables de políticas públicas— sigue sin considerarse legítimo. El trabajo empírico, según la concepción actual de la disciplina, debe incluir obligatoriamente datos cuantitativos y herramientas específicas como la econometría y los ensayos controlados aleatorios.

ADS: ¿En qué medida el giro empírico ha ejercido presión sobre el núcleo duro de la ciencia económica, es decir, la teoría de la elección racional, el equilibrio general y los supuestos fundamentales sobre los mercados perfectos?

HJC: En realidad, no lo ha hecho. Solo se considera legítimo el tratamiento cuantitativo de los datos. Incluso los fenómenos cualitativos deben convertirse en números: índices de esto, índices de aquello. En la década de los noventa, cuando quienes defendían la corriente dominante de la economía se enfrentaban al hecho de que los países africanos habían aplicado fielmente las recomendaciones de política del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial durante veinte años sin obtener resultados, hubo una repentina explosión de estudios que utilizaban una «variable dummy africana» en las regresiones. El planteo era que el solo hecho de estar en África hacía que el crecimiento fuera más lento; no sabían por qué, pero ahí estaba el coeficiente. Esa es una señal clara de que no se tiene una teoría.

ADS: O los datos sobre corrupción, que era otra de las variables que solían utilizar.

HJC: Sí, al igual que la fragmentación etnolingüística, el clima tropical, etcétera. Estos factores pueden cuantificarse hasta cierto punto, pero sus efectos son demasiado complejos como para captarlos de esa manera. Según el índice de fragmentación etnolingüística, Ruanda es, de hecho, una de las naciones más homogéneas del mundo, junto con Corea.

ADS: Y eso no parece haber frenado a Bélgica, por ejemplo.

HJC: Exactamente. Y durante un tiempo, hubo una teoría muy popular que sostenía que la geografía es lo que más importa; que carecer de salida al mar es lo peor que le puede pasar a un país. Pero entonces, ¿qué pasa con Suiza?

ADS: Tanto Austria como Suiza carecen de salida al mar, y Suiza también cuenta con diversidad etnolingüística.

HJC: Cuatro idiomas oficiales y nada menos que cuatro guerras civiles. Es necesario tener un respeto mucho mayor por la historia narrativa detallada y por los estudios de caso basados en el trabajo de campo, porque solo estas herramientas pueden explicar realmente qué está pasando. Si la teoría sostiene que carecer de salida al mar es perjudicial, se debe explicar el caso de Suiza y Austria. No es posible descartarlos diciendo que tenían ríos navegables, porque muchos países africanos sin salida al mar también tienen ríos. Entonces surge la pregunta de por qué esos ríos se aprovecharon para el desarrollo en Suiza y Austria pero no en otros lugares, y es ahí donde se vuelve obligatorio repasar toda la historia.

Sostener lo contrario es un poco como intentar explicar la vida en la Tierra diciendo que vino de un planeta extraterrestre. Todavía queda por explicar cómo se enriquecieron los países vecinos en primer lugar.

ADS: Entonces, lo que describes parece ser un proceso en el que la comunidad de economistas se enfrenta a datos que contradicen sus teorías y, en lugar de reevaluar sus supuestos fundamentales, complejiza las teorías existentes con el único fin de preservarlas.

HJC: Es lo que yo llamo «trazar epiciclos». Quienes defendían la astronomía geocéntrica no podían conciliar su teoría con los datos observacionales de telescopios cada vez mejores, así que dijeron: «En realidad, los planetas no solo orbitan en círculos, sino que dan una vuelta y luego otra más sobre sí mismos».

ADS: Cualquier cosa con tal de evitar el heliocentrismo.

HJC: Exactamente. La teoría neoclásica se construyó eliminando todo componente social hasta dejar únicamente al individuo atemporal, egoísta y racional. Todo el edificio teórico se erigió sobre esa suposición. Y ahora están intentando reinsertar la historia, la política, las instituciones y el conflicto; pero el resultado no es el mismo que el de una teoría que se haya desarrollado teniendo en cuenta esas variables desde el principio. Consecuentemente, nos encontramos con personas que movilizan enormes cantidades de datos y utilizan las técnicas más sofisticadas solo para llegar a conclusiones banales, o a conclusiones que simplemente ayudan a la economía neoclásica a mantener a salvo sus supuestos fundamentales.

Muchos de estos hallazgos, supuestamente originales, son cosas que las corrientes marxistas, institucionalistas y keynesianas estructuralistas llevan décadas sosteniendo; solo se aceptan ahora porque se expresan en lenguaje neoclásico y mediante el uso de técnicas reconocidas por la academia. Por ejemplo, una figura recientemente galardonada con la Medalla John Bates Clark escribió sobre la desventaja duradera causada por el sistema de trabajo forzado de la mita en América Latina. Está muy bien, pero este problema ya lo venían señalando la historiografía y la economía latinoamericanas desde hace al menos un par de siglos. Es posible que en la actualidad se coincida con las conclusiones a las que llegaron hace mucho tiempo las corrientes de la economía radical, pero se sienten en la obligación de expresarlas en lenguaje neoclásico y con herramientas cuantitativas para que se les tome en serio. Para mí, esto es como usar una apisonadora para romper una nuez. ¿Por qué se necesita todo ese despliegue para decir cosas tan obvias?

ADS: Las vías clásicas para el desarrollo parecen estar estrechándose. Es mucho más difícil imaginar que un país como Kenia o Ghana pueda ascender en la cadena de valor a través de las exportaciones, tal como lo hicieron Taiwán o Corea en su momento. Esto se debe en parte al peso de China, pero también a países como Vietnam, que hoy pueden sostener una manufactura de bajo costo con una infraestructura superior y una mayor integración global. En este escenario, ¿qué tan útil puede ser realmente este cambio en la ortodoxia de las políticas para los países con mayor nivel de subdesarrollo?

HJC: Es cierto que Olivier Blanchard dice cosas interesantes sobre la desigualdad y la debilidad estructural. Pero ¿eso se está filtrando hacia abajo? Es muy probable que la dirección de la oficina nacional en Malaui siga completamente inmersa en la ortodoxia de los años noventa. Hay que distinguir entre las declaraciones de la jefatura de economía, por un lado, y la práctica real sobre el terreno, por el otro. El FMI insistió en que los países en desarrollo abrieran sus cuentas de capital hasta el momento mismo de la crisis financiera. Desde entonces, ha cambiado oficialmente su postura. Sin embargo, el Centro de Investigación Económica y Política documentó que, en los paquetes del FMI emitidos con posterioridad a ese cambio, entre decenas y decenas de programas, los controles de capital solo se permitieron en dos ocasiones. La brecha entre lo que se anuncia en las altas esferas y lo que ocurre en la práctica es una realidad rotunda.

ADS: Pero la política industrial sí parece haber regresado… desde Estados Unidos hasta China.

HJC: Hay que entender el debate económico como un debate político, porque hay mucho en juego. Quienes analizan la economía están cambiando de discurso principalmente porque el gobierno estadounidense cambió el suyo. De repente aparecieron especialistas en política industrial por todas partes, incluyendo a personas que solían denunciarla activamente. Dicho esto, en realidad soy bastante optimista. Sobre tu pregunta acerca de China: sí, parece dominante, y pareciera imposible que alguien pueda industrializarse en ese contexto. Pero si nos remontamos a 1950, Estados Unidos concentraba el 60% de la manufactura mundial. Hoy en día, China representa solo alrededor del 30%. En 1950, si cualquier otro país hubiera pensado que podía industrializarse, le habrían dicho que era una locura.

ADS: Y, sin embargo, existieron los «Treinta Gloriosos»: el auge de la posguerra en Francia, Alemania e Italia. Países que se industrializaron con éxito a la sombra de Estados Unidos.

HJC: Sí, eso sucedió, y ahora Estados Unidos produce solo alrededor del 16%. El hecho de que alguien esté muy por delante no significa que no se le pueda alcanzar. Cuando Corea del Sur intentó ingresar a los sectores automotriz, naval y del acero, todo el mundo decía que ya había un exceso de capacidad global. Y, sin embargo, el pueblo coreano se lanzó y, en esencia, desmanteló la industria naviera europea. No se puede decir simplemente que es imposible.

China eliminará muchos empleos de salarios bajos, y algunos países ya se están aprovechando de eso. Beijing abrió su mercado a las naciones africanas, otorgándoles a la mayoría un acceso libre de aranceles. Además, el desarrollo de las energías renovables en China redujo el costo de la energía solar y eólica hasta el punto de que hoy son las opciones energéticas más baratas. Muchos países en desarrollo —como Nigeria, Sudáfrica o Pakistán— están instalando energía renovable a gran escala precisamente porque China produce estas tecnologías a un costo muy bajo. No se debe ver a China únicamente como un obstáculo. A principios de la década de 1960, el ingreso per cápita de Corea estaba al mismo nivel que el de Nigeria: menos de la mitad del de Ghana y un tercio del de Senegal.

Cada vez que un nuevo país tiene éxito gracias a las exportaciones, se dice que los mercados están saturados. Recuerdo un famoso artículo del economista estadounidense William Cline, publicado en 1982, donde argumentaba que la penetración de las exportaciones de Asia Oriental en los mercados occidentales había alcanzado un nivel crítico y que, de ahí en adelante, el crecimiento impulsado por las exportaciones sería muy difícil. Y luego, en los siguientes treinta años, China —una economía cinco veces más grande que todos esos países juntos— apareció y tuvo éxito precisamente sobre esa base.

ADS: Cierto, ese argumento no resistió el paso del tiempo. Ahora quiero cambiar de tema. ¿Cuáles son las perspectivas para los gobiernos de izquierda en el capitalismo avanzado? ¿Las restricciones macroeconómicas son verdaderos obstáculos para las políticas de izquierda, o existen formas de sortearlas?

HJC: Siempre existe la carga de la gestión pública. Si hay inflación mientras se está en el gobierno, el electorado te expulsa —como le pasó a Joe Biden—, incluso si no fue del todo tu culpa. Pero no creo que los gobiernos de izquierda deban caer en un pesimismo especial, porque cualquier fuerza política en el poder es vulnerable a eso.

ADS: El tema del control de precios es otro caso similar al de la política industrial: algo que solo se discutía de manera marginal y que ahora se está considerando seriamente de nuevo. Recuerdo que Isabella Weber fue atacada por todo el mundo cuando lo planteó. Ahora es imposible contactarla por teléfono porque tiene la agenda copada de conferencias.

HJC: Y aplicar impuestos extraordinarios a las corporaciones petroleras que obtienen ganancias siderales gracias a esta guerra. Por encima de todo, hay que ofrecer una visión a largo plazo más agresiva. Recordarle a la gente que las cosas no tienen por qué ser así. La mayoría de la población no sabe que, entre mediados de la década de 1940 y finales de la de 1960, la tasa máxima del impuesto a las ganancias en Estados Unidos era del 92%; más alta que en Gran Bretaña y más alta que en Suecia. Ahora el propio Warren Buffett dice: «Por favor, cóbrenme más impuestos, porque pago una tasa menor que el personal de limpieza de mi oficina».

Y hay que traer ejemplos de otros países. Mi favorito es Singapur: no es socialista en ningún sentido estricto, pero el 90% de la tierra es propiedad del Estado, el 85% de las viviendas las provee una corporación estatal y más del 20% del PIB lo producen empresas públicas, incluida Singapore Airlines. Quienes defienden el modelo hablan de los bajos impuestos a las ganancias de Singapur —con una tasa máxima del 24%—, pero no dicen nada del plan de ahorro obligatorio, según el cual todas las personas menores de unos sesenta años deben destinar el 30% de sus ingresos a una cuenta que solo puede utilizarse para salud, educación y jubilación. Así que, para los contribuyentes de la tasa máxima, el 60% de sus ingresos no está, en la práctica, a su libre disposición. Cuando el ala partidaria del Brexit decía que quería convertir a Gran Bretaña en «un Singapur a orillas del Támesis», yo no podía parar de reírme; porque si de verdad quisieras ser como Singapur, tendrías que empezar por nacionalizar el 90% de la tierra.

Dicho esto, cuando un gobierno popular asume el poder, el capital financiero se asegura de que se comporte como él quiere mediante amenazas de liquidación de bonos, fuga de capitales, etcétera. Pero si se capitula de inmediato —como lo hizo el actual gobierno del Partido Laborista en Gran Bretaña, diciendo esencialmente: «Tienen razón, haremos lo que quieran»—, el proyecto queda desacreditado y pierde la capacidad de hacer cualquier otra cosa. Un gobierno debería presentar un argumento más positivo y audaz: queremos reconstruir la economía, recaudar más impuestos y redistribuir más con fines productivos como infraestructura, salud, educación y capacitación profesional. Estas son metas que incluso el pensamiento económico de derecha debería poder apoyar.

Y hay que correr los límites. Si hay inflación, hay que aplicar controles de precios. Imponer un impuesto a las ganancias extraordinarias de los sectores más ricos. Cuando Gran Bretaña amenazó con un impuesto a las grandes fortunas, creo que solo una persona de alto perfil abandonó realmente el país.

ADS: Antes de que se nos acabe el tiempo, me encantaría darte la oportunidad de hablar sobre el futuro de la economía global y el impacto de la guerra en Irán.

HJC: A largo plazo, Donald Trump podría resultar algo positivo, porque sacudió por completo el orden mundial. Estados Unidos se vino desligando poco a poco del sistema multilateral que ellos mismos construyeron, y hoy Trump está haciendo todo lo posible por destruylo. De hecho, puso la política industrial sobre la mesa. El sociólogo Fred Block escribió mucho sobre el «Estado desarrollista oculto», y ahora ni siquiera se simula su inexistencia. El bloque europeo está haciendo lo propio, y esto abrió un espacio ideológico clave para las naciones en desarrollo.

Y como Trump se mostró tan hostil con todo el mundo, se empezó a pensar seriamente en una economía mundial donde Estados Unidos desempeñe un papel mucho menos central. Es posible que Washington aún concentre alrededor del 25% del PIB mundial, pero en términos de comercio internacional representa solo entre el 11 y el 12%, ya que es una economía relativamente cerrada. Hasta la década de 1970, había muchas producciones que era obligatorio comprarle a Estados Unidos: semiconductores, supercomputadoras, televisores a color. Ahora bien, ¿existe algo que sea absolutamente necesario comprarle a ese país?

ADS: Ciertos servicios financieros.

HJC: Sí, servicios financieros… y plataformas tecnológicas. Pero muchos países se están atreviendo ahora a proyectar un orden económico alternativo. Y para el mundo en desarrollo en particular, existe una base material más sólida que nunca para independizarse del orden dominado por Occidente.

ADS: Pareciera que lo que estás planteando es que, para ciertos países empobrecidos y en desarrollo, los costos del sistema del dólar ahora superan los beneficios de tener acceso a los mercados occidentales.

HJC: Sí, la tendencia marcha en esa dirección, porque más de la mitad del comercio del Sur Global hoy es Sur-Sur. Actualmente existen instituciones financieras alternativas controladas por países del Sur: el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo y el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF). Cuando los países en desarrollo exigieron un Nuevo Orden Económico Internacional en 1974, prácticamente no había empresas multinacionales con sede en el Sur Global. Hoy hay cientos. Está la Zona de Libre Comercio Continental Africana y la expansión de la membresía de los BRICS. El rumbo adoptado es claro, y se puede aprovechar esa nueva posición para obtener concesiones. Si el Banco Mundial te ofrece un préstamo con condiciones que no te gustan, podés decir: «Acudiremos a los chinos; cobran tasas de interés más altas, pero no interfieren en nuestra política interna». Eso otorga poder de negociación.

Sobre la guerra en Irán: tal vez exista la preocupación de que esto se convierta en una repetición de la crisis del petróleo de la década de 1970. Yo no lo creo, porque el mundo cambió. No obtenemos únicamente petróleo de esa región. Corea y China extraen de allí la mayor parte del helio que necesitan para fabricar semiconductores. Por lo tanto, cuando la región se ve envuelta en un conflicto, toda la economía global se resiente. Si esta guerra no se resuelve rápidamente, va a contribuir al estallido de la burbuja de la inteligencia artificial. Los mercados energéticos son globales: los precios del gas están subiendo en Estados Unidos porque las corporaciones productoras estadounidenses están exportando a Asia, donde pueden obtener márgenes de ganancia más altos.

ADS: Lo cual significa que los principales beneficiarios son los pulpos energéticos estadounidenses, no las mayorías consumidoras de ese país.

HJC: Las corporaciones energéticas estadounidenses y las rusas. Y cuando se recuerda que la IA es la tecnología que más energía consume de todas las que la humanidad ha inventado, salta a la vista cómo el aumento de las tarifas energéticas la va a golpear duramente. Sin helio, Corea y China no pueden suministrar semiconductores en los volúmenes necesarios. Además, los países del Golfo han estado entre los mayores inversores en la industria de la IA de Estados Unidos. Todos estos factores van a confluir en el estallido de la burbuja de la IA. En los últimos años, la economía estadounidense se convirtió en una especie de monocultivo especulativo: o es IA o no es nada.

ADS: Y la inversión por fuera de la IA se ve absolutamente anémica en Estados Unidos.

HJC: Exactamente. Esta guerra va a tener un impacto enorme en todo el mundo. No estoy diciendo que la crisis vaya a ser estrictamente algo bueno. Habrá hambre, posiblemente hambrunas, en algunas regiones de África; muchísimas personas perderán su empleo si estalla la burbuja de la IA. Pero a largo plazo, tal vez nos brinde la oportunidad histórica de trabajar en la construcción de un orden emancipatorio diferente.


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