Durante décadas, las reglas de la economía global y de la propia ciencia económica parecían inamovibles. Pero ahora, bajo el impulso de Donald Trump, el edificio se está derrumbando. Hablamos con el economista heterodoxo Ha-Joon Chang para comprender cuáles son los dogmas que están muriendo y qué alternativas están surgiendo.
Asher Dupuy-Spencer, Jacobin
Ha-Joon Chang es una de las figuras más influyentes de la economía heterodoxa a nivel mundial. Docente en la Universidad SOAS de Londres y autor de Kicking Away the Ladder, Bad Samaritans y Economics: The User’s Guide, entre otras obras, ha dedicado décadas a cuestionar la ortodoxia del desarrollo impuesta al Sur Global y a desmontar los mitos que subyacen al pensamiento económico dominante.
Asher Dupuy-Spencer, de Jacobin, conversó con Chang sobre el estado de la ciencia económica, el estrechamiento de las vías de desarrollo en la era de China, las perspectivas para quienes gobiernan desde la izquierda en el mundo avanzado y las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania.
Asher Dupuy-Spencer: Quería comenzar con una pregunta sobre el estado de la economía. Existe la opinión generalizada de que la crisis económica de 2007-2008 sumió a la propia ciencia económica en una crisis. ¿Hasta qué punto es cierto eso? ¿Cuánto ha cambiado realmente la disciplina y qué significa esto para el contenido teórico de la economía dominante en términos más amplios?
Ha-Joon Chang: Las cosas han cambiado, pero no mucho. Un cambio significativo es lo que se conoce como el «giro empírico». Cuando cursaba mis estudios de posgrado en la década de los 80, existía una jerarquía muy clara dentro de la academia: cuanto menos conexión tuvieras con la realidad, mayor era el reconocimiento a tu inteligencia. Quienes demostraban más capacidad se dedicaban a la modelación matemática; cuanto más abstracta, mejor: teoría de juegos, equilibrio general. Quienes no alcanzaban ese nivel se dedicaban a la macroeconomía, que se consideraba teóricamente menos sólida y matemáticamente más enredada, pero aun así lo suficientemente técnica. Por debajo de eso, se ubicaban la economía del desarrollo o la historia económica. Y si no podías manejar nada de eso, te dedicabas a hablar con la gente real a través de estudios de caso o entrevistas con referentes del activismo sindical. Eso directamente no se consideraba economía.
En comparación con aquella época, ahora al menos se reconoce que la economía tiene que comprometerse con el mundo real. Eso es un avance. Pero ¿ha cambiado lo suficiente? En la antigua jerarquía que describí, el sector de la econometría y ciertos perfiles de la historia económica y de la economía del desarrollo que utilizan cuasi-experimentos y análisis de datos históricos han ganado mucho terreno. Hoy se les considera en pie de igualdad con quienes realizan trabajo abstracto. Pero todo lo que está por debajo —la investigación histórica basada en archivos, la historia oral, el trabajo de campo cualitativo, los estudios de caso industriales y las entrevistas con responsables de políticas públicas— sigue sin considerarse legítimo. El trabajo empírico, según la concepción actual de la disciplina, debe incluir obligatoriamente datos cuantitativos y herramientas específicas como la econometría y los ensayos controlados aleatorios.
