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jueves, 8 de enero de 2026

Dos siglos de rusofobia y rechazo a la paz

Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia en momentos en que se podría haber alcanzado un acuerdo negociado, y tales negativas han demostrado ser profundamente contraproducentes

Jeffrey D. Sachs, Sinistra in Rete

Desde el siglo XIX hasta el presente, las preocupaciones de seguridad de Rusia han sido tratadas no como intereses legítimos que deben negociarse dentro de un orden europeo más amplio, sino como transgresiones morales que deben contrarrestarse, contenerse o ignorarse.

Este patrón se ha mantenido inalterado incluso bajo regímenes rusos radicalmente diferentes –zarista, soviético y postsoviético–, lo que sugiere que el problema no radica principalmente en la ideología rusa, sino en la persistente negativa de Europa a reconocer a Rusia como un actor de seguridad legítimo e igualitario.

Mi tesis no es que Rusia haya sido completamente benigna o confiable. Más bien, es que Europa ha aplicado sistemáticamente un doble rasero en su interpretación de la seguridad.

Europa considera que su uso de la fuerza, la creación de alianzas y su influencia imperial o postimperial son normales y legítimos, mientras que interpreta el comportamiento similar de Rusia, especialmente cerca de sus fronteras, como inherentemente desestabilizador e ilegítimo.

Esta asimetría ha reducido el espacio diplomático, deslegitimado el compromiso y aumentado la probabilidad de una guerra. Asimismo, este círculo vicioso sigue siendo la característica definitoria de las relaciones euro-rusas en el siglo XXI.

Un error recurrente a lo largo de la historia ha sido la incapacidad, o la negativa, de Europa a distinguir entre la agresión rusa y su comportamiento en busca de seguridad. En diversas ocasiones, las acciones interpretadas en Europa como evidencia del expansionismo inherente de Rusia fueron, desde la perspectiva de Moscú, intentos de reducir la vulnerabilidad en un entorno percibido como cada vez más hostil.

martes, 30 de diciembre de 2025

La rusofobia europea y el rechazo de Europa a la paz

Un fracaso de dos siglos

Jeffrey D. Sachs, The Unz Review

Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia cuando existía la posibilidad de una solución negociada, y esos rechazos han resultado profundamente contraproducentes. Desde el siglo XIX hasta la actualidad, las preocupaciones de seguridad de Rusia se han tratado no como intereses legítimos que debían negociarse dentro de un orden europeo más amplio, sino como transgresiones morales que debían resistirse, contenerse o ignorarse. Este patrón se ha mantenido en regímenes rusos radicalmente diferentes —zarista, soviético y postsoviético—, lo que sugiere que el problema no reside principalmente en la ideología rusa, sino en la persistente negativa de Europa a reconocer a Rusia como un actor de seguridad legítimo e igualitario.

Mi argumento no es que Rusia haya sido completamente benigna o confiable. Más bien, es que Europa ha aplicado sistemáticamente un doble rasero en la interpretación de la seguridad. Europa considera su propio uso de la fuerza, la construcción de alianzas y la influencia imperial o posimperial como normales y legítimos, mientras que interpreta un comportamiento ruso comparable —especialmente cerca de sus fronteras— como inherentemente desestabilizador e inválido. Esta asimetría ha reducido el espacio diplomático, deslegitimado el compromiso y aumentado la probabilidad de guerra. Asimismo, este ciclo contraproducente sigue siendo la característica definitoria de las relaciones entre Europa y Rusia en el siglo XXI.

Un fracaso recurrente a lo largo de esta historia ha sido la incapacidad —o negativa— de Europa para distinguir entre la agresión rusa y su comportamiento de búsqueda de seguridad. En múltiples períodos, las acciones interpretadas en Europa como evidencia del expansionismo inherente de Rusia fueron, desde la perspectiva de Moscú, intentos de reducir la vulnerabilidad en un entorno percibido como cada vez más hostil. Mientras tanto, Europa interpretó sistemáticamente su propia construcción de alianzas, despliegues militares y expansión institucional como benignas y defensivas, incluso cuando estas medidas redujeron directamente la profundidad estratégica rusa. Esta asimetría yace en el núcleo del dilema de seguridad que ha escalado repetidamente hasta convertirse en conflicto: la defensa de un bando se considera legítima, mientras que el temor del otro se desestima como paranoia o mala fe.

viernes, 25 de julio de 2025

Kaja Kallas, la belicista al frente de la Unión Europea

Dura acusación del ensayista italo-británico Thomas Fazi contra Kaja Kallas. La alta representante de la Unión Europea es descrita como una figura belicosa y nada diplomática, envuelta en meteduras de pata y tensiones internacionales. En su intervención publicada en Krisis, Fazi también saca a la luz las discrepancias entre la línea antirrusa de Kallas y las profundas conexiones de su familia con el régimen soviético, además de los controvertidos negocios comerciales de su marido con Rusia. El veredicto final de Fazi es tajante: Kallas compromete la imagen y la credibilidad de Europa en el mundo.

Thomas Fazi. Krisis

Aunque Ursula von der Leyen sobrevivió a la moción de censura del 10 de julio en el Parlamento Europeo, el resultado (175 votos a favor) puso de manifiesto un creciente descontento hacia ella. Sin embargo, la moción iba dirigida contra toda la Comisión Europea. Y, en particular, contra la número dos de la presidenta: Kaja Kallas, vicepresidenta de la Comisión y alta representante para Asuntos Exteriores.

La figura que, en la arquitectura europea, más se acerca a la de un ministro de Asuntos Exteriores es la verdadera amenaza para Europa. Kaja Kallas ha construido su carrera sobre una rusofobia desenfrenada, que atribuye a los horrores vividos durante su infancia en la Estonia bajo el control soviético. El 23 de agosto de 2023, cuando aún era primera ministra de Estonia, durante una visita al memorial a las víctimas del comunismo en Maarjamäe, denunció con vehemencia los “crímenes monstruosos cometidos por el comunismo”.

Sin embargo, la realidad es muy diferente. Su familia, lejos de ser víctima de la opresión soviética, vivió en realidad una existencia relativamente acomodada dentro del aparato de poder de la URSS.
Una familia cuyo ascenso se vio facilitado, en gran medida, precisamente por el sistema soviético que hoy demoniza.
Esta ironía ensombrece su postura moral antirrusa: es difícil conciliar sus llamamientos a una línea dura e inflexible contra Rusia con el hecho de que gran parte del prestigio de su familia —y, por tanto, el suyo— haya sido posible gracias a las oportunidades que le brindó la Unión Soviética.

lunes, 19 de mayo de 2025

¿La rusofobia, una enfermedad epidémica británica?


Robert Skidelsky, Sin Permiso

En 1836, el filósofo liberal John Stuart Mill afirmó que el Gobierno de Lord Melbourne estaba afectado por la “enfermedad epidémica de la rusofobia”, un pánico irracional que había provocado un aumento innecesario del gasto en defensa.

La disidencia de Mill socava la visión de la historiografía convencional de que la rivalidad anglo-rusa del siglo XIX era una contienda puramente geopolítica —el llamado Gran Juego— por el control de Asia Central, siendo el motivo de Gran Bretaña proteger su Imperio indio contra el avance ruso hacia el océano Índico. Para Gran Bretaña, apoyar al decadente Imperio otomano se consideraba crucial para la defensa de la India.

En la reelaboración de Jonathan Parry de la historia del siglo XIX, la recurrente convicción británica de que Rusia era intrínsecamente expansionista se debía menos a cualquier proyecto concreto ruso que a la creencia liberal democrática de que las autocracias eran expansionistas y agresivas por naturaleza. En resumen, las raíces de la rivalidad eran ideológicas, no geopolíticas, y los choques de intereses (que existían) se interpretaban en términos civilizatorios.

Los registros del siglo XIX también muestran que la rusofobia era recurrente más que continua, con intensos episodios de indignación moral interrumpidos por alianzas funcionales y compromisos. Pero la hostilidad ideológica subyacente de los británicos hacia la autocracia rusa impedía cualquier calidez en la relación o confianza en su permanencia.

domingo, 5 de enero de 2025

La ciencia de la propaganda antirrusa

La rusofobia no es un fenómeno transitorio, sino que ha demostrado ser increíblemente duradero debido a su función geopolítica. A diferencia de la germanofobia o la francofobia transitorias, vinculadas a guerras concretas, la rusofobia tiene una resistencia comparable a la del antisemitismo.
Ilustración: Mapa satírico de Europa por Frederick Rose de EEUU.

Glenn Diesen, Glenn Substack

La propaganda es una ciencia de la persuasión que suele eludir las consideraciones racionales del individuo apelando en su lugar a la psicología inconsciente del grupo. La mente consciente tiende a ser racional, pero el comportamiento y las acciones humanas están moldeados en gran medida por el inconsciente, los instintos primordiales y las emociones. El individuo racional tiene fuertes impulsos para adaptarse al grupo, por lo que la propaganda pretende influir en la psicología irracional del grupo.

La propaganda como ciencia

Sigmund Freud exploró la irracionalidad de la “psicología de grupo” que anula las capacidades racionales y críticas del individuo. Freud reconocía que
un grupo es extraordinariamente crédulo y abierto a la influencia, no tiene facultad crítica[1]
La conformidad con las ideas del grupo es poderosa precisamente porque es inconsciente. Freud definió la psicología de grupo como:
“se ocupa del hombre individual como miembro de una raza, de una nación, de una casta, de una profesión, de una institución, o como parte componente de una multitud de personas», que forman una conciencia colectiva de grupo, instinto social, instinto de rebaño o mentalidad tribal[2]
El sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, se basó en el trabajo de su tío para desarrollar la literatura fundacional sobre propaganda política.

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