sábado, 10 de enero de 2026

Metapolítica de la operación de decapitación en Venezuela: el nuevo código del poder global es más grave de lo que imaginas


El secuestro de Nicolás Maduro no es un hecho aislado, sino la expresión de un cambio de fase geopolítico activado tras las reuniones estratégicas de Carlos III, primero con Donald Trump y luego con el Papa, como parte de una reconfiguración del poder occidental destinada a frenar el ascenso de China.

José Luis Preciado, Mente Alternativa

El Cártel que no lo fue

«¿Qué edad tenías cuando te enteraste de que el Cártel de los Soles no existe?», se preguntarán las generaciones futuras, del mismo modo en que hoy muchos recuerdan el momento exacto en que comprendieron que las supuestas “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein jamás existieron. Aun así, aquella mentira —filtrada mediante un cable de inteligencia británico— sirvió para justificar la invasión de Irak en 2003, inaugurando un patrón de violaciones a la soberanía basado en construcciones narrativas fabricadas para consumo internacional.

En el caso de la reciente operación de decapitación política en Venezuela, ejecutada el 3 de enero de 2025 mediante el secuestro presidencial, resulta notable la coincidencia con otras fechas simbólicas: seis años exactos después del asesinato del general Qassem Soleimani en Bagdad, y exactamente 35 años después de la captura de Manuel Antonio Noriega en Panamá el 3 de enero de 1990, acusado de liderar una vasta red de narcotráfico. Estas reiteraciones temporales no son casuales, sino elementos estructurales del modo en que el poder ocultista de Occidente se inscribe y se simboliza en la Historia.

El número tres, presente en estas fechas, ocupa un lugar central en el ocultismo y las tradiciones herméticas, indicando la culminación de un ciclo y la revelación de sus resultados. En La flauta mágica de Mozart, influida por la masonería, esta lógica se despliega con claridad: tres damas rescatan a Tamino, tres niños lo guían, la obertura —en mi bemol mayor— se abre con tres acordes masónicos, y la escenografía se organiza en tríadas constantes. La obra, leída políticamente por el público vienés, situaba a la Reina de la Noche como María Teresa, a Tamino como José II y a Pamina como el pueblo austríaco, reflejando la reconstrucción del Imperio —la verticalidad— sobre nuevas bases ilustradas que introducían instituciones y prácticas de horizontalidad limitada.

Hoy, sin embargo, la degradación del orden horizontal en Occidente refleja, con inquietante fidelidad, la esencia del orden vertical que tiende a reemplazarlo. Tras su detención, Nicolás Maduro fue exhibido de manera ostentosa en Nueva York, evocando los desfiles de líderes capturados de la Antigua Roma. La multitud celebra la operación invocando el derecho internacional, ignorando la contradicción evidente: el Departamento de Justicia de EEUU retiró la afirmación de que el “Cártel de los Soles” fuera real, acusación promovida por Trump para justificar medidas contra Maduro.

El término “Cártel de los Soles”, surgido en los noventa para referirse de manera imprecisa a militares corruptos, fue resucitado en 2025 al designarlo como organización terrorista. Thierry Meyssan (1) considera que la designación del “Cártel de los Soles” más bien encaja en una práctica histórica de Washington, que tolera o utiliza ciertos cárteles mientras combate a otros según su alineamiento político, como ocurrió con Pablo Escobar. Así, la narrativa sobre el “narcoterrorismo” no refleja una lucha real contra el tráfico, sino un instrumento geopolítico y propagandístico de Washington.

En 2010, el libro Narcotráfico, S.A. (Dope, Inc.) (2) puso patas arriba el mundo de fantasía que percibía el negocio de la droga como redes locales controladas por criminales clandestinos. Revela que el blanqueo de dinero de la droga sigue una lógica vertical, diseñada desde la City de Londres y Wall Street, y alineada con la promoción británica de drogas como herramienta de control social, una estrategia comparable a las Guerras del Opio y descrita por Aldous Huxley como un “campo de concentración de la mente”. Esta política angloestadounidense destruye simultáneamente la posibilidad de un sistema horizontal de estados-nación soberanos.

John McEvoy (3) recuerda que aunque el primer ministro Keir Starmer niega la participación británica en el secuestro de Maduro, el Reino Unido ha apoyado sistemáticamente el cambio de régimen en Venezuela: desde el reconocimiento de Guaidó en 2019, el congelamiento de más de 2.000 millones de dólares en oro venezolano, hasta la creación de la “Venezuela Reconstruction Unit” y la financiación encubierta de iniciativas “anticorrupción”. Londres contribuyó así a la desestabilización política y económica del país.

Según Meyssan, quien fue amigo personal del presidente Hugo Chávez y asesor del gobierno venezolano, Maduro no es un “chavista” funcional y su caída es consecuencia de sus propios errores: permitió el colapso de la infraestructura petrolera, liberalizó la economía de forma caótica, toleró redes criminales y transformó al país en un Estado policial, perdiendo apoyo popular, militar e incluso chavista. Esto facilitó la acusación de “narcoterrorismo” y la posterior extracción política pactada de un dirigente debilitado, desacreditado y ya aislado, sin necesidad de una invasión abierta, donde Washington obtiene el control estratégico, los generales conservan su poder real, y la oposición simula respaldo popular.

Estados Unidos planea controlar de forma indefinida las ventas de petróleo venezolano, mientras la administración Trump mantiene un diálogo activo con el gobierno de Venezuela para llevar adelante ese plan, según afirmó el secretario de Energía, Chris Wright. Se trata de una lógica de dominación indirecta ya conocida: como en la Nueva España, donde la Corona gobernaba para Roma según la racionalidad del sistema de economía-mundo genovés-veneciano, precapitalista y protoglobalista, a través de caciques locales encargados de recaudar tributos, mantener el orden y sofocar rebeliones sin necesidad de una ocupación directa del territorio. Hoy, ese mismo esquema se reproduce bajo nuevas formas: el control externo se ejerce mediante élites locales cooptadas que administran recursos estratégicos, mientras el poder real y las decisiones fundamentales permanecen en manos de actores situados fuera del país.

La decisión de Trump de preparar el levantamiento de sanciones contra Venezuela y abrir su sector energético a empresas estadounidenses y europeas —con reuniones ya previstas con Chevron y Exxon— marca el inicio de una reconfiguración estratégica mayor, reforzada por la suspensión de envíos de crudo venezolano a China desde el 3 de enero.

El foco está en la cuenca del Orinoco, que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, estimadas en unos 500 mil millones de barriles, cuya explotación, aunque compleja por tratarse de crudo pesado, representa una apuesta geopolítica y energética a 50 años. Venezuela cuenta también con grandes reservas de plata y oro. Más allá del negocio, el objetivo central sería desplazar a China de una región clave, consolidando a Estados Unidos como socio principal de Venezuela, en una jugada presentada como beneficiosa para todas las partes y destinada a ser vista retrospectivamente como una decisión estratégica visionaria en el marco de la transición al orden multipolar, en el cual las grandes potencias se disputan zonas de influencia regional, y más allá, mientras surgen bloques de países que parecen cada vez más formaciones imperiales.

Cambio de fase y una nueva doctrina de guerra y dominación que sustituye al derecho internacional

Dennis Small (4) advierte que el presente no es una simple escalada de tensiones, sino un cambio de fase estratégico global. Los hechos recientes —el ataque con drones contra la residencia de Vladimir Putin y el secuestro de Nicolás Maduro— no deben leerse como episodios aislados, sino como manifestaciones coherentes de una nueva doctrina de guerra que sustituye abiertamente al derecho internacional. Esta doctrina, denominada de “decapitación”, busca eliminar física o políticamente a dirigentes de Estados soberanos para paralizar y someter naciones enteras, negando la soberanía y violando la Carta de la ONU, en una provocación directa contra Rusia, potencia nuclear clave para el equilibrio estratégico mundial.

El ataque a la residencia de Putin, subraya Small, equivale a golpear el mando nuclear ruso, lo que podría activar disposiciones de su doctrina nuclear. La ausencia de una respuesta responsable de Estados Unidos, sumada a la persistencia en Londres y Washington de la fantasía de una guerra nuclear “ganable” mediante ataques preventivos de decapitación, evidencia el colapso del principio de destrucción mutua asegurada como marco de estabilidad global.

En el caso venezolano, la agresión no responde ni al narcotráfico ni al petróleo, sino a un cálculo geopolítico mayor: impedir por la fuerza la consolidación de un orden multipolar encabezado por Rusia, China, el BRICS y la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lectura reforzada por la coincidencia entre la visita de una delegación china de alto nivel a Caracas y el secuestro de Maduro.

Retomando a Lyndon LaRouche, Small conceptualiza este momento como un “cambio de fase”: así como el paso del agua al vapor implica leyes distintas, el sistema mundial ha cruzado un umbral donde las reglas anteriores ya no operan, y persistir en viejos marcos conduce a errores estratégicos fatales. En este nuevo escenario, identifica la expansión de una “Gaza internacionalizada”: estrangulamiento económico, amenazas de magnicidio y terror político como instrumentos de dominación, aplicados contra Venezuela, Irán y otros países no alineados, con advertencias explícitas a México, Cuba, Colombia y Brasil. Su conclusión es inequívoca: ya no estamos ante un deterioro gradual, sino ante un punto de ruptura histórica; hemos pasado del “agua caliente” al “vapor”, y solo una respuesta política e intelectual acorde a este cambio de fase puede evitar una catástrofe global.

Origen metapolítico del cambio de fase actual

Sostengo que el cambio de fase al que alude Dennis Small no surgió de manera espontánea, sino que fue instrumentalizado en al menos dos encuentros clave donde confluyeron las caras visibles de tres facciones del metapoder occidental. El primero fue la visita de Donald Trump a Carlos III entre el 17 y el 19 de septiembre de 2025, organizada como una visita de Estado sin precedentes para un presidente estadounidense. Recibido en el Castillo de Windsor, Trump participó en banquetes y encuentros protocolares donde el monarca se sentó con halcones del complejo militar-industrial, de Silicon Valley, y del llamado “Silicon Valley británico”, firmándose acuerdos para integrar inteligencia artificial en la guerra híbrida global. A partir de entonces, el giro belicista de Trump se volvió evidente.

Según Harley Schlanger (5), este viraje responde también a la influencia directa de Marco Rubio, hoy con un poder comparable al de Henry Kissinger, heredero político de redes ligadas a la CIA y a los veteranos de Bahía de Cochinos, con un historial de operaciones encubiertas en América Latina y financiado por Paul Singer, estrechamente vinculado al apoyo a Benjamin Netanyahu. La paradoja —subraya Schlanger— es que Trump, quien en 2016 denunció a Rubio como títere neoconservador vinculado al Russiagate, hoy lo coloca como figura central, lo que revela la recaptura neoconservadora de la presidencia para reactivar agendas de cambio de régimen.

Otros analistas han señalado además la convergencia entre Rubio y Álvaro Uribe (vinculado a Harvard y Oxford), ubicándolos en el eje de la “narcopolítica” que condiciona la política exterior estadounidense hacia América Latina. Eduardo J. Vior (6) sostiene que Rubio adopta el tono guerrerista de Uribe, mantiene vínculos con la comunidad cubano-colombiana de Miami —núcleo histórico de apoyo al expresidente colombiano— y que la ofensiva estadounidense contra la región lleva el sello de Uribe, con una relación entre ambos que se remonta a mediados de los 2000, cuando Rubio se vinculó a sectores ultraderechistas que integran elementos narcopolíticos en sus agendas contra Venezuela y Cuba.

El segundo encuentro del metapoder tuvo lugar en octubre de 2025, con la reunión inédita en casi cinco siglos entre Carlos III y el papa León XIV en el Vaticano, símbolo de la rearticulación del poder simbólico occidental mediante un nuevo eje anglosacro Londres-Roma. Este acercamiento cobra sentido histórico si se recuerda que el cisma de 1534 impulsado por Enrique VIII no fue religioso, sino político: emancipar a Inglaterra del Vaticano, confiscar los bienes del clero, subordinar la iglesia al Estado y sentar las bases del modelo imperial británico. Desde la óptica del revisionismo histórico, este proceso se vincula con la transferencia del poder financiero marítimo veneciano hacia Inglaterra a fines del siglo XVI, cuando el Partido Giovani trasladó su capital y métodos, creando instituciones como el Banco de Ámsterdam y las compañías de Indias, hasta que la Compañía Británica capturó al propio Estado. Así, el cisma con Roma y el nacimiento del Imperio Británico forman parte de un mismo proceso de control monetario cuya continuidad se proyecta luego en el imperio angloestadounidense.

Según el autor Daniel Estulin (7), la convergencia actual entre anglicanismo y catolicismo a partir de la cumbre Carlos III-León XIV expresa la fusión de dos formas complementarias de poder: Londres, que gobierna mediante normas e instituciones interiorizadas, y el Vaticano, que administra la legitimidad moral y la narrativa del bien y el mal. Este eje buscaría convertirse en el nuevo principio de cohesión de Occidente ante el colapso del orden westfaliano, la erosión del Estado nación y el vacío espiritual, configurando un imperio ontológico y cognitivo.

Siguiendo al historiador Andrei Fursov (8), ninguna formación social surge desde las masas, sino cuando una fracción de la élite se apoya en ellas para constituirse como contraélite. Hoy parte de la metaélite desmonta el viejo sistema para preservarse, dando lugar a dos proyectos poscapitalistas en pugna: el bio-eco-digital ultraglobalista, que propone una transición antropológica con control biológico y estados de excepción; y el tecnocripto-digital, que busca control total vía datos, finanzas y tecnología, con guerras de desgaste como motor histórico. Trump no es antisistema, sino representante de esta fracción tecnocrática, vinculada como su antagonista a BlackRock, Vanguard y State Street, y orientada a construir macrozonas verticales como el tecnato norteamericano. A mediano-largo plazo, ambos proyectos coinciden en destruir el Estado para imponer un orden supranacional autoritario, diferenciándose solo en método. Desde mi perspectiva, estos modelos se retroalimentan y sintetizan según la variación de objetivos estratégicos de las metaélites occidentales en cada cambio de juego y cambio de fase, especialmente si tomamos en cuenta que la coyuntura actual será larga y que las alianzas en torno al bloque no occidental también son dinámicas.

Propongo que la reunión Trump-Carlos III y el giro belicista del POTUS se explican por tres rupturas estructurales selladas en la cumbre de la OCS en Tianjin (31 agosto-2 septiembre 2025): el acercamiento India-China-Rusia, que neutralizó la estrategia anglosajona de dividir las grandes potencias de Eurasia; los acuerdos para comercio en monedas nacionales, banco propio y sistemas de pago alternativos, que golpearon al dólar y a la City; y la consolidación de corredores energéticos euroasiáticos que reducen la dependencia de rutas marítimas controladas por la OTAN, volviendo obsoleto el poder marítimo británico. Esta triple pérdida de control geopolítico, financiero y estratégico resulta inaceptable para Londres y Washington, explicando la reacción defensiva: sustituir la hegemonía económica perdida por una escalada militar permanente y una narrativa de guerra civilizatoria contra el bloque asiático.

Esto explica que las acciones de EEUU en América Latina no respondan a una lucha antidrogas, sino al control de rutas críticas de transporte y energía frente a China, cuya seguridad depende del petróleo y otros recursos y de corredores alternativos vía Venezuela e Irán dentro de la Nueva Ruta de la Seda. Al interceptar petroleros, imponer cuarentenas energéticas, secuestrar Venezuela y golpear a Irán tras la apertura de un ferrocarril clave hacia China, Washington intenta cortar arterias logísticas vitales. La presión en el mar Rojo y la fragmentación del comercio revelan ya dos sistemas mundiales separados, occidental y no occidental.

La captura de Maduro se inscribe en un patrón de agresiones precedido por Líbano e Irán, sostenido por una infraestructura invisible de guerra digital cuyo núcleo sería Palantir, integrada a CIA, FBI, NSA y DEA y convertida, tras un contrato de 10 mil millones con el Pentágono, en cerebro operativo del aparato militar. Según esta tesis, Palantir fue clave en las explosiones de pagers en Líbano (2024), en ataques israelíes contra instalaciones iraníes (2025) y ahora en Venezuela, transformando el control total de datos en arma de derrocamiento, con algoritmos entrenados también en Ucrania, avanzando hacia una guerra casi automatizada.

Las élites metapolíticas de Occidente han decidido que la transición hacia un orden multipolar no será pacífica, sino conflictiva y regida por la ley de la selva, empujando al sistema internacional hacia una fractura abierta y elevando el riesgo de una gran guerra, incluso con potencial de escalada termonuclear, lo que vuelve al ataque contra Venezuela mucho más peligroso de lo que aparenta.

Mientras escribo este artículo, el presidente Donald Trump pide a los grandes fabricantes de armas que aumenten la producción lo más que puedan así como un aumento del 50% del presupuesto militar previamente propuesto, elevándolo hasta 1,5 billones de dólares, al afirmar que el país atraviesa “tiempos muy peligrosos e inestables”.

Ante este escenario, la única salida es una movilización política e intelectual consciente dentro de Occidente para romper con el unilateralismo y restaurar el derecho internacional, articulando a las voces racionales de EEUU y Europa con Rusia, China y el Sur Global mediante foros estratégicos, asambleas públicas y diálogos de emergencia como los impulsados por EIR y el Instituto Schiller, con el fin de construir un nuevo paradigma de gobernanza basado en la cooperación soberana y frenar la deriva hacia una guerra mundial directa y nuclear.

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Notas:
  1. Thierry Meyssan, en Red Voltaire: El secuestro de Nicolás Maduro. 6 de enero de 2026.
  2. Executive Intelligence Review: Dope, Inc.: Britain’s Opium War Against the World — The Book That Still Drives British Royals Mad.; 3 de diciembre de 2010.
  3. John McEvoy, en Declassified: How Britain helped Trump destabilise Venezuela. 5 de enero de 2026.
  4. Dennis Small, en EIR: Venezuela y el atentado a Putin marcan un ‘cambio de fase’ estratégico. 5 de enero de 2026.
  5. Harley Schlanger, en The LaRouche Organization: Will Germany Commit Suicide for the City of London? 6 de enero de 2026.
  6. Eduardo J. Vior, en Tektónikos: Uribe y la conexión colombiana de la política exterior de Trump. 26 de noviembre de 2025.
  7. Daniel Estulin, en Substack: El regreso del poder sagrado: Londres y el Vaticano preparan un nuevo imperio. 26 de noviembre de 2025.
  8. Андрей Фурсов: Идёт создание новой реальности. Самый опасный сценарий развития событий. Андрей Фурсов. 18 декабря 2025 года.


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