Siria fue un modelo de civilización imperfecto pero indiscutiblemente exitoso, escribe Stephen Karganovic.
Stephen Karganovic, Strategic culture
Pepe Escobar tenía toda la razón cuando afirmó que la caída de Siria significaba la “muerte de una nación”. ¿Es prematuro cantar un réquiem por esa maravillosa tierra y su fascinante gente, no sólo por sus virtudes sino también por sus defectos, debidamente tomados en cuenta? ¿Y deberíamos hacerlo tan pronto, cuando la bandera negra de los últimos conquistadores de Siria, a juego con la oscuridad de sus circunstancias actuales, ondea sobre ella, recién izada en su capital? El tiempo lo dirá, pero observadores respetables parecen ser partidarios precisamente de una conclusión tan sombría.
Se podría argumentar que la tragedia de Siria puede resultar incluso mayor en alcance de lo que afirma Pepe. Seguramente Siria nunca fue una “nación” en el sentido convencional, que significa la homogeneidad de una etnicidad, una fe y un propósito moral compartidos. De hecho, fue en gran medida lo contrario. Sin embargo, históricamente Siria fue una entidad y tal vez incluso una idea mucho más elevada que una mera homogeneidad. Se trataba de un concepto de convivencia, no del tipo simple y fácil, basado en puntos en común, sino del tipo verdaderamente desafiante e infinitamente más complicado. Siria, a lo largo de los siglos, fue un crisol cultural precario, aunque en su mayor parte funcional y sostenible, que consistía en una combinación de componentes dispares que se juntaron inexplicablemente por caprichos del destino. Sin embargo, sorprendentemente, y en contra de prácticamente todas las lecciones de interacción humana enseñadas y aprendidas en otros lugares, Siria era una combinación imposible que en su mayor parte funcionaba razonablemente bien. Este mosaico de elementos manifiestamente incompatibles, de creencias diversas, etnias a menudo incongruentes e identidades reales o imaginarias, queriendo o no y probablemente más por ensayo y error que por diseño, había desarrollado un modus vivendi único, una fórmula para la coexistencia práctica de la que el mundo tiene mucho que aprender. En lugar de observar con los brazos cruzados cómo unos bárbaros extravagantes armados con mazos la destrozaban hasta convertirla en añicos, tal vez deberíamos haber reaccionado, contrariamente, si fuera necesario, a los principios de la lógica geopolítica, para preservar esta antigua tierra y tesoro cultural de la profanación y la devastación. Lo mejor que podemos hacer ahora es estudiar, para nuestro propio beneficio y edificación, ese notable mecanismo históricamente condicionado que Siria solía ser, para emular su espíritu y aplicar sus principios siempre que sea posible.













