La guerra es el padre de todo y el rey de todo; hace a unos dioses y a otros hombres; hace a unos esclavos y a otros libres.
(Heráclito)
Alejandro Marcó del Pont, El tábano economista
Imaginemos el escenario. Es el verano de 2026. Donald Trump, reelegido en noviembre de 2024 con la promesa de «Hacer América grande otra vez», ha vuelto al Despacho Oval. Benjamin Netanyahu, aferrado al poder gracias a una coalición de extrema derecha, ordena el bombardeo preventivo masivo contra las instalaciones nucleares iraníes en Natanz, Fordow y Parchin. «Es ahora o nunca», declara el primer ministro israelí ante el Congreso de los Estados Unidos, mientras los aplausos de los legisladores retumban en la Cámara. La «victoria rápida» se anuncia como un hecho consumado en Fox News y en todos los think tanks de Washington. Los estrategas hablan de semanas, quizás días. El mundo observa, entre temeroso y fascinado.
Cuatro semanas después, el portaaviones USS Gerald R. Ford arde en el Golfo Pérsico tras una saturación de misiles hipersónicos iraníes Fattah-2 y drones Shahed mejorados. Las llamas devoran la cubierta de vuelo mientras los marinos luchan por controlar un incendio que parece alimentarse del orgullo herido de la armada más poderosa del planeta. Las bases estadounidenses en Al-Udeid (Qatar), Al-Dhafra (Emiratos) y Ali Al Salem (Kuwait) sufren ataques precisos con misiles de crucero de largo alcance que habían penetrado las defensas.
Tel Aviv queda a oscuras durante setenta y dos horas, sus ciudadanos se apiñan en refugios mientras las sirenas no cesan. El «Eje de la Resistencia» —Hezbolá, los hutíes, las milicias iraquíes— coordina una respuesta que desborda las defensas israelíes con una sincronización perfecta, como si hubieran ensayado este momento durante décadas. Netanyahu huye a un búnker en el Neguev, rodeado de asesores. Trump, desde la Casa Blanca, ordena el uso de bombas bunker buster (rompe búnkeres) y amenaza con la «opción nuclear táctica» en una rueda de prensa donde su gesto desencajado delata lo que sus palabras pretenden ocultar, el desconcierto. El mundo contiene la respiración. Las bolsas se desploman. El petróleo se dispara. Y en Teherán, las calles permanecen en calma, como si esperaran algo que solo ellos conocen.














