Hubo una fecha fatídica, el 30 de mayo de 1982, en la cual España ingresó formalmente en la OTAN. Entonces, se convirtió en el estado número 16 de la organización militar internacional. Adherirse a este club se ha convertido en «tendencia»: hoy, muy pronto, se superará la treintena de países incorporados.
Carlos X Blanco, Adaraga
Gracias a las infografías dinámicas y los mapas interactivos que tanto se prodigan hoy en internet, cualquiera puede comprobar el ritmo y el sentido de la expansión. Santones de la paz, apóstoles de la desnuclerarización, líderes de la «tercera vía», la educación en pacificismo y el Estado del bienestar (como ciertos países nórdicos), han transmutado su piel de serpiente, y hoy se presentan como belicistas «natos», nunca mejor dicho lo de NATOs. Un abrazo con ojivas de muerte cada vez más cerrado, un cerco cada día más estrecho y redondo se cierne sobre la Federación Rusa y sus aliados (Bielorrusia).
Toda la palabrería que un día fue patrimonio de los socialdemócratas alemanes, escandinavos, etc. ha quedado almacenada en el contenedor de la basura, y el prestigio de mil y una fundaciones y oenegés «para la paz», se ha tirado por el váter. Una vez más se ha puesto todo en evidencia: la clase política, sindical, empresarial, oenegista, etc. quiere la guerra contra Putin.












