Esteban Mercatante, La Izquierda Diario
El país de Pessoa y Saramago se coló inesperadamente en el debate argentino. La cosa arrancó hace un par de meses, cuando Axel Kicillof y Roberto Lavagna lo señalaron, cada uno por su lado, como ejemplo de que puede acordarse con el FMI otra política distinta al ajuste acelerado que comprometió y aplica Macri. Esto sería lo que, nos dicen, hizo António Costa cuando asumió en 2015, rediscutiendo los compromisos firmados por ese país en 2011 con el FMI y el gobierno de la UE (compuesto por la Comisión Europea y el Banco Central Europeo), con los cuales formaba la troika.
Se comprende la importancia que le dan al caso portugués, elevado por los más afiebrados a la categoría de “milagro”, a pesar de que su economía apenas llegó a crecer 2 % al año después de haber perdido 7 % de su tamaño entre 2010 y 2013, y de que dejó a la juventud completamente tirada. Tenemos cientos de casos que muestran que el FMI despluma a los países para que aumenten los recursos disponibles para pagar la deuda, a costa de todo lo demás. También hemos visto que exfuncionarios del organismo se han vuelto los mayores denunciantes de cómo este sacrifica el crecimiento económico (lo cual significa destrucción de empleos e ingreso) en pos de lograr una mejora en los indicadores de deuda, norma que es la única que vale en todos los países. “¡Pero no desesperemos!”, nos dicen Kicillof y Lavagna. Hay un país, uno solito en toda la historia de terror del FMI, que nos muestra que “sí se puede”.














