El estrecho que partió al mundo en dos mitades: una de hormigón, otra de silicio
Alejandro Marcó del Pont, El tábano economista
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que los estrategas militares y los analistas de riesgos se ganaban la vida diseñando escenarios de catástrofe con una probabilidad inferior al quince por ciento. La Reserva Federal de Dallas, por ejemplo, tenía sus propios modelos. Un bloqueo sostenido del Estrecho de Ormuz era una rareza estadística, una hipótesis para académicos aburridos y aseguradoras paranoicas. Llegó marzo de 2026 y la rareza se hizo carne, misil y dron. El mundo despertó a una evidencia que debería haber sido obvia desde los años ochenta. El principal pasillo energético del planeta es un cuello de botella ridículamente vulnerable y nadie, ni el Consejo de Cooperación del Golfo, ni la Quinta Flota, ni los megaproyectos de inteligencia artificial estaban realmente preparados para lo que significaba cerrarlo.
La primera semana del bloqueo ya había desmentido casi todas las certezas que los estados del Golfo habían comprado con 500.000 millones de dólares en gasto militar durante la última década. Porque resulta que Irán no leyó los manuales. La primera y más cara de las suposiciones erróneas de EE.UU. fue que la amenaza iraní vendría empaquetada en misiles balísticos, esos artefactos elegantes que justifican sistemas antimisiles de decenas de millones de dólares cada uno. Teherán optó por la humildad tecnológica, el setenta y cinco por ciento de sus ataques se ejecutaron con drones.
No hay nada más democrático que un dron kamikaze fabricado con piezas comerciales y una paciencia infinita. La segunda suposición —que Irán no podría sostener una campaña prolongada de lanzamientos— se desvaneció cuando los ataques se repitieron día tras día, semana tras semana, como un reloj suizo fabricado en la república islámica. La tercera suposición, esa joya de la arrogancia analítica, sostenía que el estrecho de Ormuz era una vulnerabilidad teórica, no operativa. La cuarta, tal vez la más ingenua de todas, era que Irán respetaría un código de guerra no escrito: dejar fuera a la infraestructura civil, sobre todo a aquella que sostiene la vida digital del enemigo. Esa suposición murió el primero de marzo, cuando los drones iraníes hicieron blanco en tres centros de datos de Amazon Web Services.














