Los sucesos recientes dejan al menos dos lecciones claras: la agresión contra Venezuela aún no ha terminado y las acciones de Estados Unidos responden a una agenda mucho mayor que solamente hacerse con el control de petróleo y los recursos naturales venezolanos
José Ernesto Nováez Guerrero, Al Mayadeen
Lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, nos ha conmocionado a todas y todos los amigos de la Revolución Bolivariana. No solo porque desde 1989 no ocurría algo de esta magnitud en nuestra región, sino también porque la forma en que se desarrollaron los hechos durante esa fatídica madrugada de inicios de 2026, abre numerosas interrogantes que solo el tiempo aclarará en su total dimensión y significado.
Aunque resulta tentador para un analista y militante intentar desenredar el hilo de Ariadna de los hechos y acciones internos que concluyeron con el secuestro del legítimo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, y que costaron muchas y valiosas vidas, considero que lo más útil en este momento es intentar entender el rumbo y las implicaciones que se abren para la región y el mundo con el accionar de los Estados Unidos.
Sembrar dudas e incertidumbres en un país que intenta recomponerse ante una agresión contribuye a fracturar la unidad de las fuerzas revolucionarias internas, que es lo más importante hoy para preservar la continuidad del proyecto y sus conquistas. Además de que, con la información disponible y las campañas de guerra sicológica y comunicacional en curso, es fácil caer en prejuicios o falsas concepciones sobre el liderazgo del proyecto en este momento actual o en torno a figuras puntuales.
Los sucesos recientes dejan al menos dos lecciones claras: la agresión contra Venezuela aún no ha terminado y las acciones de Estados Unidos responden a una agenda mucho mayor que solamente hacerse con el control de petróleo y los recursos naturales venezolanos.














