EEUU ha dado al mundo una lección definitiva. En el nuevo mundo que ellos han hecho nacer, sólo existirán dos tipos de súbditos: los siervos y los poseedores de armas nucleares
Andrea Zhok, La Haine
Si una nación quiere ser un Estado soberano e independiente, no sólo tendrá que tener un ejército, que en sí mismo puede ser en gran medida decorativo: tendrá que presentarse como una amenaza nuclear creíble.
A partir de ahora, adiós a los tratados de no proliferación nuclear: se aplicará el «todos contra todos», y las décadas venideras serán décadas de una renovada carrera armamentística terminal (sobre todo clandestina, porque si te sometes al escrutinio internacional, basta un Rafael Grossi cualquiera para que te bombardeen).
El fallo evidente de Irán no es que fuera una amenaza excesiva, sino que no era lo bastante amenazadora. Su culpa no fue ser inmoral, sino exceder –según los estándares internacionales actuales– los escrúpulos morales.
Por cierto, esto también es cierto a nivel nacional. Si Irán hubiera sido el espantoso y llamativo estado policial como se lo presenta, no habría tenido docenas de científicos y líderes militares durmiendo en casa, con sus familias, con direcciones públicamente disponibles.
En Israel no se habría podido producir una infiltración de inteligencia de este nivel, precisamente porque es un Estado policial. La paranoia de la que a menudo se burlan las películas de Hollywood sobre el antiguo Pacto de Varsovia era en realidad realismo, en una guerra que se sabía se jugaba con adversarios totalmente despreocupados.














