Rodrigo Bernardo Ortega, Alai
Los virus son simplemente moléculas que se preocupan únicamente de reproducirse en gran manera y lo más rápido posible. Lo que nos distingue a los seres vivos de dichos virus es una función de relación: necesitamos una sociedad en la cual participar y compartir. Ahora bien, si subimos en la escala biológica, encontramos que la diferencia entre una plaga y nosotros los humanos está ligada a una función de arraigo: cuidar de un país que nos protege como individuos.
Los virus acompañan al hombre desde sus comienzos como homo sapiens. Comencemos con una leyenda narrada por Walter Ledermann:
Hace unos veinte mil años, un hechicero cromañón regresaba de un retiro de tres días en el monte, donde había estado recolectando yerbas mágicas, cuando le informaron que uno de los hombres había llegado enfermo después de una larga jornada. Seguro de su poder curativo -la ignorancia hace audaces a los médicos- se recubrió con su vestimenta de venado y fue a verlo. Apartó el cuero que tapaba la entrada de la caverna e iluminó al enfermo con su antorcha. De inmediato dio un respingo, retrocedió espantado, ordenó levantar el campamento y huir hacia un incierto fin en medio de la noche. En la pustulosa cara del enfermo había reconocido la viruela -o alguna peste similar de la época- cuya horrorosa imagen había recibido a través de los relatos sucesivos de su padre y de su abuelo, y sabía que la muerte era inevitable.Esta ha sido siempre la primera humana reacción a las terribles pandemias: pánico. Un miedo súbito, extraordinario, que oscurece la razón. Al pánico sigue la huida, como consecuencia ineludible.













