
Escrito por Paul Walder, El Clarín
Un festín del consumo cerró el año para el regocijo del comercio, importadores, algunos escasos productores y los habituales comentaristas oficiales. Las ventas navideñas, que crecieron un diez por ciento en comparación con el año anterior, fueron interpretadas localmente como el fin de la crisis y el inicio de la reactivación. Pero se trata de un dato aislado, que probablemente tenderá a la dilución en el breve plazo: el 2009 ha terminado como el peor años en casi de tres décadas para la economía chilena. Con una caída del producto de 1,9 por ciento, esta contracción no tiene antecedentes desde la crisis de 1982, cuando el producto se hundió sobre el ocho por ciento.
Está claro que se ha tratado de una crisis mundial, sin embargo es hoy razonable recordar los llamados a la tranquilidad levantados hace muy poco tiempo por autoridades como el Ministro de Hacienda, Andrés Velasco, en cuanto al blindaje, la solidez, robustez y otros calificativos exorbitantes de la economía chilena. Hoy, sólo unos cuantos meses más tarde, podemos observar que aquel ministro, que misteriosamente tiene una alta valoración en las encuestas de la denominada opinión pública, no acertó en sus pronósticos, más cercanos a meras profecías. La economía chilena, tan publicitada como modelo regional, no sólo ha tenido un tremendo desplome, sino que ha tenido uno de los peores desempeños de Latinoamérica. Sin los altos precios del cobre, estas cifras hubieran sido mucho peor.





