lunes, 11 de agosto de 2008

Causas y consecuencias de la crisis financiera

A un año de iniciada la crisis es útil referirse a las causas que le dieron origen, y a sus fraudes y consecuencias futuras. En primer lugar esta crisis no emerge de la noche a la mañana por tanto el mundo económico y los bancos centrales deberían haberla advertido, o haber escuchado a aquellos que declaramos la inconsistencia de un sistema que basa su fe en el mercado, cuando este está lleno de asimetrías, colusiones y ejes dominantes que eliminan toda noción de homogeneidad o igualdad de participación.

Desde que el 15 de Agosto de 1971 Richard Nixon anuló la convertibilidad del dólar en oro, el mundo cambió para siempre. La divisa internacional se convirtió en el eje del sistema como si fuera lo más sagrado a reproducirse, clonarse y multiplicarse para la buenaventura humana. Y pese a quedar demostrado en los trastabillones de los años 70, la garra de Friedman por imponer un modelo basado en la doctrina monetarista tuvo a sus mejores aliados en Reagan, Thatcher y Pinochet. La doctrina de shock –al igual que el tratamiento a los enfermos- fue un modelo totalitario que arrasó con la clase media, y creó a ricos muy ricos, y pobres muy pobres.

La creación de ricos no significa creación de nueva riqueza. Lo que hay es concentración de la riqueza. Y desde principios de los 80 hemos experimentado la más descomunal de las fusiones y concentraciones de riqueza. Sólo en EEUU de los cinco mil bancos que existían en los años 30 hoy no quedan más de 200. ¿Mal negocio? No, lo que ocurre es que el capitalismo es depredador y en el neoliberalismo impera aquello del darwinismo social. El origen de la actual crisis se basa justamente en esto: la codicia, la avaricia, la rapacidad del capitalismo.

Los bancos –y sobretodo sus dueños- ganan con el diferencial entre lo que cobran por colocar dinero (préstamos de consumo, inmobiliario, etc) y lo que pagan por captarlo (depósitos a plazo). Dado que entre los años 2001 y 2003 la Fed mantuvo las tasas en torno al 1%, las ganancias de los bancos eran muy exiguas y los genios de la ingeniería financiera plantearon que los bancos debería aumentar el número de operaciones (reduciendo las reservas) y dar préstamos más arriesgados (a personas sin empleo fijo y sin propiedades) compensando el riesgo cobrando más intereses. Esto desató un boom inmobiliario sin precedentes retroalimentado por el deseo de los sin casa de ser al fin propietarios. Y dado que la economía tenía aún parámetros estables, muchos bancos dieron créditos hipotecarios por un valor superior al valor de la casa (que fue aprovechado para salir de vacaciones, saldar viejas deudas o comprar el tercer o cuarto auto de la familia) porque el boom hacía que las propiedades aumentaran rápidamente de valor, y la hipótesis era que a los pocos meses el valor de la casa nivelaría el valor de la hipoteca. A estas hipotecas se les llamó subprime, que se diferencian de las hipotecas prime porque tienen un mayor nivel de riesgo. Como la economía gozaba de buena salud, y los fantasmas del desempleo y la inflación estaban muy lejos, el deudor no tendría problemas para pagar su deuda.

Tantos préstamos dieron los bancos estadounidenses que debieron recurrir a bancos extranjeros para no quedarse cortos de liquidez. Dado que estas operaciones se realizan en segundos de un lado al otro del planeta, nadie sabe realmente de donde cae el maná. Sólo que para aligerar los balances y cumplir con las Normas de Basilea fueron dando diversos nombres a estas acciones derivadas -o Titulizaciones- como MBS (Mortgage Backed Securities, Obligaciones Garantizadas por Hipotecas) que amarraban paquetes de mil hipotecas entre prime y subprime.

El tecnicismo aplicado a estos MBS -para venderlos a Fondos de Inversión, Aseguradoras de Pensiones, Sociedades de Capital de Riesgo, etc-, consistía en asegurar la capacidad de solvencia de los Títulos, pidiendo este trámite a las empresas calificadoras de rating, que son las que ponen las triple AAA para la máxima calificación, AA, A, BBB, BB, y B para los peor calificados. También pueden calificar un título con A+ para decir que se acerca a AA, o el AA+, etc. Dado que estas empresas están coludidas con los bancos o pertenecen a los mismos dueños, es aquí donde se gesta el principal fraude financiero motivado por la codicia del Imperio, y que hoy se investiga por las fiscalías económicas del país del norte.

La operatoria de los bancos consistía en obtener una buena calificación para sus papeles y en ello incentivaron a las calificadoras a crear tramos de riesgo mezclando hipotecas prime y subprime ordenadas más o menos así: un tercio de MBS buenos, un tercio de MBS regulares, y un tercio de MBS malos. Si con los malos no se recupera nada, con los regulares una parte y con los buenos lo suficiente para cubrir todo el paquete, la calificación de éste era automáticamente AAA (tripleA, la máxima). Y para que no se les confundiera con los MBS se le rebautizó como CDO (Collateralized Debt Obligations, Obligaciones de Deuda Colateralizada). Sin embargo, los magos de las finanzas crearon otro producto importante: los CDS (Credit Default Swaps). En este caso, el comprador del CDO asumía un riesgo de impago cobrando más intereses. Estos CDO se fueron subdividiendo en escalas de riesgo que ofrecían una rentabilidad proporcional: a mayor riesgo, mas ganancia: la panacea de la codicia, si no me equivoco, uno de los pecados capitales.

La historia que sigue es bastante conocida: a principios de 2007 los valores de las viviendas estadounidenses se desplomaron y el valor de la deuda pasó a ser superior al de la casa que se estaba pagando. Paralelamente los MBS, CDO y CDS comenzaron a ser devueltos y nadie quería tenerlos. Los bancos comenzaron a irse a pique pese al esfuerzo de la Fed por contener la avalancha. Y el dólar, una moneda alicaída desde los años 90, comenzó su rápido declive y los apostadores huyeron buscando un refugio más seguro en los commodities y los recursos naturales.

Si a un año del estallido no se sabe a ciencia cierta la verdadera magnitud de la crisis es que se desconoce quienes y cuánto compraron. Se anuncia un monto de 1,3 billones de dólares en pérdidas netas, pero se dice poco del millón de personas que engrosa la lista de desempleados cada semana. Una vez más el neoliberalismo erró en sus cálculos, a costa del hambre y la muerte de millones. Es el totalitarismo del capital que pasa solapado entre moros y cristianos.

Marco Antonio Moreno
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