domingo, 30 de noviembre de 2025

La caída de Andriy Ermak


Nahia Sanzo, Slavyangrad

Recurrente en la política ucraniana de la última década, la corrupción ha ejercido de argumento fácilmente esgrimido como eje de las campañas electorales y de la posterior oposición. En 2014, Poroshenko se proponía acabar con la corrupción del malvado líder prorruso Yanukovich, con el que había sido ministro, un detalle que omitía sistemáticamente. En 2019, el joven candidato Zelensky no se limitaba a prometer acabar con el poder oligárquico -a pesar de alcanzarlo de la mano de uno de ellos, Ihor Kolomoisky-, sino que se proponía encarcelar a su predecesor. Evidentemente, Petro Poroshenko no ha sido encarcelado, ni siquiera ha sido sometido a un juicio, pero Zelensky sí cumplió parcialmente su promesa. El expresidente ucraniano, junto a otra figura política relevante, Viktor Medvedchuk, fue acusado en una causa por corrupción vinculada a la compra de carbón de los territorios de la RPD cuando el Gobierno ucraniano había impuesto el bloqueo económico de las zonas de Donbass fuera de su control.

Ejemplo del uso partidista de la corrupción y también de los límites a los que se puede llegar, Poroshenko y Medvedchuk, acusados por los mismos actos, sufrieron un castigo diferente. Medvedchuk fue encarcelado primero, puesto bajo arresto domiciliario después, condenado a la pena de telediario tras un supuesto intento de huida y finalmente entregado a Rusia como prisionero de una guerra en la que no había participado. Con una postura menos radical sobre el uso de la fuerza contra Donbass, Medvedchuk, un hombre personalmente cercano a Vladimir Putin, ejerció de enviado extraoficial de Ucrania para conseguir el retorno de prisioneros de guerra. Su posición, y de ahí su utilidad para el Estado, era la de conseguir el retorno de los territorios de Donbass a control ucraniano, algo que no le garantizó inmunidad, sino que le condenó al tratamiento que le dio Zelensky desde el momento en el que su partido, la Plataforma Opositora Por la Vida, se convirtió en líder de las encuestas de intención de voto para las elecciones legislativas. Destruir a Medvedchuk y a la opción política que lideraba fue la prioridad del Gobierno ucraniano, que en ningún momento buscó modificar las estructuras de poder que habían dado lugar a la corrupción ni castigar a Petro Poroshenko.

La guerra ha provocado toda una serie de conspiraciones, reales o imaginarias, sobre tramas corruptas de ganancias personales, tráfico de influencias y mal uso de los fondos extranjeros que han sido la base del sostenimiento del Estado ucraniano. Una de las teorías del trumpismo es, por ejemplo, que una parte importante de la asistencia militar estadounidense nunca llega al frente, sino que es vendida al mercado negro para lucro de las autoridades ucranianas. Aunque la intensidad de la guerra hace difícil de creer esa versión del desvío masivo de armas, también Rusia se ha aprovechado de la reputación de nido de corrupción que, merecida o no, se ha adjudicado a Ucrania a lo largo de su historia como Estado independiente.

Una trama corrupta de sobrecoste en el suministro de alimentos a las tropas costó el puesto de ministro de Defensa a Oleksiy Reznikov. Su sustituto fue Rustem Umerov, ahora presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, que también aparece en las grabaciones del último escándalo de corrupción destapado ahora por las instituciones anticorrupción creadas por y para los países occidentales. Como chivo expiatorio que lo explicaba todo, desde la pobreza de la población hasta la guerra, la corrupción ha sido el argumento más utilizado también por los países occidentales. Ayer mismo, antes de que el caso Midas se llevara por delante a la mano derecha de Volodymyr Zelensky, Andriy Ermak, los países europeos insistían en que Ucrania debe resolver su problema con la corrupción si desea acceder a la Unión Europea.

El origen de la trama actual está en la investigación que la agencia y la fiscalía anticorrupción (NABU y SAPO respectivamente) han realizado a lo largo de los últimos quince meses. Centenares de horas de grabaciones han confirmado este mes lo que se dio por hecho el pasado verano: el entorno de Volodymyr Zelensky se encontraba en el punto de mira. En agosto, el presidente ucraniano cometió el grave error de sobreestimar su influencia y subestimar la capacidad de sus aliados de imponer su voluntad. Pese a que la prensa destacó la importancia de las primeras manifestaciones serias contra el Gobierno desde la invasión rusa -que realmente no fueron tan numerosas-, fue la llamada de la Unión Europea la que rápidamente obligó a Zelensky a hacer que sus diputados votaran una ley totalmente contraria a la que les había hecho aprobar apenas unos días antes. Se volvía así a la situación inicial después de que el Gobierno ucraniano tratara de poner las instituciones anticorrupción bajo el mando de la Fiscalía General, es decir, bajo su control.

Por aquel entonces, Peter Korotaev, autor del blog Events in Ukraine, recordaba que las instituciones anticorrupción no habían logrado en su historia ningún gran arresto ni ninguna condena de cárcel mínimamente relevante. Como explica Korotaev, las instituciones anticorrupción son, además de una vía de control de los flujos económicos y políticos del países por parte de Occidente, herramientas de la lucha partidista. El hecho de que gran parte de las fuentes que acusaban de corrupción al entorno de Zelensky en la prensa occidental, por ejemplo en medios como Politico o Financial Times, fueran las mismas que cargaban contra el autoritarismo de Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky, y que estuvieran vinculadas a la facción de Petro Poroshenko confirma esa teoría.

Como ya se rumoreó en verano, cuando Zelensky trató de intervenir las instituciones anticorrupción, NABU y SAPO investigaban al entorno más cercano del presidente de Ucrania. En noviembre, apenas unas horas antes de que los agentes allanaran su lujoso apartamento, Timur Mindich, huía de Ucrania de vuelta a su país de residencia, Israel. Lo hacía saliendo del país legalmente, pese a ser un hombre en edad militar, al ser padre de tres hijos. Al día siguiente, Zelensky, su amigo personal, le retiraba la nacionalidad ucraniana. Mindich, copropietario del estudio del que nació una parte importante del actual Gobierno ucraniano y posiblemente dueño en la sombra de la compañía Fire Point, que está haciéndose con gran aparte de los contratos del Ministerio de Defensa para el desarrollo de armas, estaba ya a buen recaudo en un país que de ninguna manera va a extraditarlo para ser juzgado.

El escándalo estalló en vísperas de la última gira europea de Zelensky. Mientras se encontraba en España para ser recibido por el rey y visitar el Gernika junto a Pedro Sánchez, se produjeron los movimientos políticos más serios del sector de Poroshenko: la exigencia de la renuncia de todo el gabinete, la formación de una nueva coalición gubernamental en la que participaría una facción creciente de diputados de Zelensky dispuestos a abandonar el barco, la formación de un nuevo Gobierno y la dimisión de Andriy Ermak, jefe de la Oficina del Presidente y vicepresidente de facto de Ucrania pese a los rumores de que no gustaba a nadie en Estados Unidos y que su papel como principal negociador de absolutamente todo molestaba también a los aliados europeos.

Ermak era demasiado importante para Zelensky como para dejarlo caer. Mientras Poroshenko y una facción rebelde de Servidor del Pueblo, quizá liderada por David Arajamia -que encabezó la delegación ucraniana en las negociaciones de Estambul y logró con Vladimir Medinsky el entendimiento que finalmente se rompió-, realizaban sus movimientos políticos, el presidente ucraniano reaccionaba contraatacando. En lugar de dejar caer a Ermak o a Umerov, que esta semana ha sido interrogado por los agentes anticorrupción, Zelensky los nombraba número uno y número dos de la delegación ucraniana que debía renegociar el plan de 28 puntos de Donald Trump. La guerra sigue siendo la razón de ser del Estado ucraniano y, según esa lógica, Zelensky consideró enviar a Ermak a Ginebra una forma de blindar a su aliado. En paralelo, comenzó a rumorearse que las autoridades se preparaban para iniciar una causa contra David Arajamia, considerado una amenaza por la posibilidad de desarmar completamente a la facción de Zelensky y dejar al presidente en el papel de “reina de Inglaterra” al que quiere condenarle el sector de Poroshenko.

La trama llegó a su máxima expresión ayer por la mañana con el registro de la vivienda y la oficina de Andriy Ermak en el Gobierno ucraniano. Insostenible desde hace dos semanas, el papel de Ermak como jefe de la Oficina del Presidente se ha prolongado durante un tiempo más gracias a la sorpresa que supuso la presión estadounidense en busca de un acuerdo de paz. El registro de ayer hacía la dimisión de Ermak cuestión de tiempo. Queda ahora por ver cómo Zelensky puede gobernar sin su principal aliado, lobista, negociador y ejecutor de sus políticas, el hombre que ha dominado la política y el poder ejecutivo de Ucrania durante los últimos tres años. Lo que es evidente es que Volodymyr Zelensky queda notablemente debilitado en el peor de los momentos, con la presión militar rusa en el este, las dificultades económicas ante la posibilidad de quedarse sin dinero la próxima primavera y con la exigencia de Donald Trump de encontrar la vía hacia la paz, un camino duro y lleno de concesiones dolorosas para Ucrania.

Lo que parecía una caída inminente hace dos semanas dio lugar a todo tipo de rumores, entre ellos el nombramiento de David Arajamia como presidente del Parlamento. Una figura mucho más aceptable para Rusia y que ha demostrado su capacidad de negociación, Arajamia sería, según esta versión, la persona encargada de firmar un posible acuerdo con Moscú, un escenario que solo sería posible con un Gobierno de unidad nacional, quizá la única garantía de evitar el caos político de posguerra. Sin embargo, todo depende de los nombramientos que se produzcan en las próximas horas. El nombre de la persona que vaya a sustituir a Andriy Ermak será el signo de las intenciones de Zelensky. Si se cumple, por ejemplo, la predicción de Timofiy Mylovanov, exministro de Economía de Zelensky, de que sea la primera ministra Yulia Svyrydenko, que obtuvo el puesto que ocupa ahora precisamente por su cercanía a Ermak, se confirmará que la intención de Zelensky es eliminar a alguien que se había convertido en un lastre, pero mantener la estructura como está. El hecho de que el equipo negociador de Zelensky siga contando con Rustem Umerov, una figura más moderada que el autoritario Ermak, pero también nombrada en el caso Mindich, apunta en esa dirección.


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