Una mirada no convencional al modelo económico neoliberal, las fallas del mercado y la geopolítica de la globalización
jueves, 10 de diciembre de 2009
Edificios zombi, el próximo gran agujero
No sólo de pueblos fantasmas se está llenando Estados Unidos. La nueva moda son los edificios fantasmas, o edificios zombi, dado que son enormes moles muertas que aún claman por gastos de mantención, aunque en ellos penen las ánimas.
Ya hablé de las enormes pérdidas que acumulan las propiedades en Estados Unidos: 4,1 billones de dólares; 3,6 billones el año pasado, y 500.000 millones de dólares este año, en el cual se ha detenido la caída.
De ahí que el negocio de los bienes raíces se esté convirtiendo en el ejemplo de un futuro sombrío: las propiedades han caído entre 40% y 50% y en muchos casos el valor de la deuda es muy superior al valor de la propiedad.
Esto se vive con mayor rigor en los edificios, muchos de los cuales no pueden hacer frente a sus gastos de mantención, mientras otros han quedado a medio construir. En Chicago, Washington y Nueva York se ven grandes cantidades de edificios que quedaron paralizados tras el estallido de la burbuja. Estos edificios no pueden ser refinanciados dado que requieren una fuerte inyección de capital fresco que nadie está en condiciones de ofrecer.
El número de los edificios zombi irá en aumento de acuerdo a un pronóstico de la consultora Grubb & Ellis, de California. Muchos edificios tendrán que echarse al abandono lo que creará una fuerte segregación con grandes zonas de oficinas o departamentos para "pobres".
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Paul Volcker: “La innovación financiera no aportó nada a la economía”

En una reunión en Sussex, Inglaterra, con banqueros y ejecutivos del sistema financiero, Paul Volcker dijo:
“Quiero que alguien me de una sola pizca de evidencia de que la innovación financiera ayudó al crecimiento económico; una sola pizca de evidencia… Al contrario: la llevaron derecho al desastre”.
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Viviendas acumulan pérdidas por 4 billones de dólares
Después de tres años de caídas históricas en los precios inmobiliarios en EEUU, la pérdida patrimonial supera los 4 billones de dólares (billones de billones), demostrando que la crisis sigue su curso y sus efectos devastadores. Sólo este año la pérdida llega a los 500.000 millones de dólares en el valor de las propiedades, de acuerdo a un informe del portal inmobiliario Zillow.
La gran pérdida se produjo el año pasado, cuando el valor de las propiedades se redujo en más de 3,6 billones de dólares. Este año el valor de las casas ha caído un porcentaje mucho menor al compararlo con el año pasado, e incluso en algunos sectores se ha estabilizado. Sin embargo, su interconexión con el sistema financiero y los fuertes niveles de endeudamiento obstaculizan la salida.
La mejoría experimentada durante este año es producto de los paquetes de estímulo del gobierno, unida a las fuertes rebajas fiscales para los compradores y los bajos tipos de interés del sistema financiero. Por ello Timothy Geithner ha señalado que mantendrán los planes de estímulo hasta octubre del próximo año.
La destrucción de valor superior a los 4 billones de dólares para el conjunto de la economía, se concentra en las grandes ciudades. El área de Los Ángeles ha perdido 480.000 millones de dólares de valor, en tanto que la zona metropolitana de Chicago perdió 400.000 millones y Nueva York, 390.000 millones.
Estas enormes pérdidas, unida al alto nivel de desempleo, demuestran que la crisis sigue su curso y que hasta el momento no hay nada que pueda detenerla.
La gran pérdida se produjo el año pasado, cuando el valor de las propiedades se redujo en más de 3,6 billones de dólares. Este año el valor de las casas ha caído un porcentaje mucho menor al compararlo con el año pasado, e incluso en algunos sectores se ha estabilizado. Sin embargo, su interconexión con el sistema financiero y los fuertes niveles de endeudamiento obstaculizan la salida.
La mejoría experimentada durante este año es producto de los paquetes de estímulo del gobierno, unida a las fuertes rebajas fiscales para los compradores y los bajos tipos de interés del sistema financiero. Por ello Timothy Geithner ha señalado que mantendrán los planes de estímulo hasta octubre del próximo año.
La destrucción de valor superior a los 4 billones de dólares para el conjunto de la economía, se concentra en las grandes ciudades. El área de Los Ángeles ha perdido 480.000 millones de dólares de valor, en tanto que la zona metropolitana de Chicago perdió 400.000 millones y Nueva York, 390.000 millones.
Estas enormes pérdidas, unida al alto nivel de desempleo, demuestran que la crisis sigue su curso y que hasta el momento no hay nada que pueda detenerla.
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martes, 8 de diciembre de 2009
¿Cuánto dinero es suficiente para una “vida buena”?
El biógrafo de J.M.Keynes, Robert Skidelsky, ha escrito este artículo donde recupera parte del pensamiento keynesiano. De acuerdo a una predicción hecha por Keynes el año 1930, hacia el año 2030 sólo sería necesario trabajar quince horas a la semana. Si se hubiesen escuchado los planteamientos de Keynes sobre la importancia del equilibrio de pleno empleo y la necesidad de un control a los espíritus animales, estaríamos muy cerca de su pronóstico. Sin embargo, primaron más los espíritus animales y el apetito por la opulencia.
Robert Skidelsky, Sin Permiso
La depresión de la economía ha causado una explosión de ira popular contra la "avaricia" de los banqueros y sus "obscenos" incentivos. Esto se ha visto acompañado de una crítica más amplia del "crecimientismo" ("growthmanship") – la búsqueda del crecimiento económico a toda costa, independientemente del daño que pueda causar al medio ambiente de la Tierra o a nuestros valores compartidos
John Maynard Keynes encaró esta cuestión en 1930, en un breve ensayo titulado "Las posibilidades económicas de nuestros nietos".[1] Keynes predijo que en cien años – es decir, hacia 2030 – el crecimiento del mundo desarrollado se habría detenido de hecho, debido a que la gente ya "tendría suficiente" para llevar "una buena vida". Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres diarias, una semana laboral de quince horas. Los seres humanos serían como "los lirios del campo, que no se afanan ni hilan".[2]
La predicción de Keynes descansaba en el supuesto de que, con un incremento anual del 2% en el capital, un incremento del 1% de la productividad y una población estable, el nivel medio de vida se multiplicaría por ocho como promedio. Esto nos permite averiguar cuánto pensaba Keynes que era "suficiente". El PIB per cápita en el Reino Unido a finales de la década de 1920 (antes del crac del 29) era aproximadamente de 5.200 libras (unos 8.700 dólares) valoradas hoy. De acuerdo con ello, estimaba que un PIB per cápita de aproximadamente 40.000 libras (66.000 dólares) sería "suficiente" para que los seres humanos dirigieran su atención a cosas más agradables.
No está claro por qué pensaba Keynes que la renta per cápita nacional británica multiplicada por ocho sería "suficiente". Lo más probable es que tomara como baremo de suficiencia los ingresos de un rentista burgués de su tiempo, que eran como diez veces los del trabajador medio.
Ochenta años más tarde, el mundo desarrollado se ha acercado a la meta de Keynes. En el año 2007 (es decir, antes del crac), el FMI informó de que el PIB medio per cápita en los Estados Unidos se mantenía en 47.000 dólares y en 46.000 en el Reino Unido. Dicho de otro modo, el Reino Unido ha experimentado un crecimiento multiplicado por cinco del nivel de vida desde 1930, pese a la falsificación de dos de los supuestos de Keynes: "nada de guerras de gran envergadura" y "sin crecimiento demográfico" (en el Reino Unido, la población es un 33% mayor que en 1930).
La razón de una ejecutoria tan brillante es que el crecimiento anual de la productividad ha sido más elevado de lo que Keynes proyectaba: cerca de un 1,6% para el Reino Unido y un poco más elevado en el caso de los EE.UU. Países como Alemania y Japón se han desempeñado aún mejor, pese a los efectos tremendamente negativos de la guerra. Es probable que el "objetivo" de Keynes de 66.000 dólares lo alcance la mayoría de los países occidentales para 2030.
Pero resulta igualmente improbable que este logro termine con la insaciable busca de más dinero. Asumamos, precavidamente, que hayamos cubierto dos tercios de la distancia que nos separa de la meta de Keynes. Podríamos haber esperado que se redujeran las horas de trabajo en dos tercios. De hecho, se han reducido sólo en un tercio, y la reducción se interrumpió en la década de 1980.
Esto vuelve enormemente improbable que alcancemos la jornada laboral de tres horas para 2030. También resulta improbable que vaya a detenerse el crecimiento, a menos que la naturaleza misma imponga un parón. La gente seguirá trocando ocio por mayores ingresos.
Keynes minimizó los obstáculos de esta meta. Reconocía que existen dos tipos de necesidades, absolutas y relativas, y que estas últimas pueden ser insaciables. Pero subestimó el peso de las necesidades relativas, especialmente a medida que las sociedades se enriquecían y, por supuesto, el poder de la publicidad para crear nuevas necesidades, e inducir así a la gente a trabajar con el fin de ganar dinero con el que satisfacerlas. Mientras el consumo sea conspicuo y competitivo, seguirá habiendo renovadas razones para trabajar.
Keynes no ignoraba del todo el carácter social del trabajo. "Seguirá siendo razonable", escribió, "buscar la finalidad económica de los demás después de que haya dejado de ser razonable para uno mismo". Los ricos tenían la obligación de ayudar a los pobres. Keynes no pensaba probablemente en el mundo en desarrollo (la mayor parte del cual apenas había comenzado a desarrollarse en la década de 1930). Pero la meta de la reducción de la pobreza global ha impuesto una carga de trabajo extra a la gente de los países ricos, a través tanto del compromiso de ayuda exterior y, lo que es más importante, de la globalización, que aumenta la inseguridad en el empleo y, sobre todo en el caso de los menos cualificados, contiene los salarios.
Además, Keynes no se enfrentó realmente al problema de lo que haría la mayoría de la gente cuando ya no precisara trabajar. "Es un problema temible para una persona corriente, sin talentos particulares, ocuparse de sí misma, sobre todo si no tiene raíces en el lugar, en las costumbres o en las queridas convenciones de una economía tradicional". Pero puesto que la mayoría de los ricos -"aquellos que disfrutan de una renta independiente, pero carecen de vínculos u obligaciones o lazos" han "fracasado de una forma desastrosa", ¿por qué iban a hacerlo mejor los que hoy son pobres?
Creo que en esto Keynes se acerca al máximo a la respuesta de la cuestión de por qué su "suficiente" no será, de hecho, bastante. La acumulación de riqueza, que debería ser un medio para alcanzar "la vida buena", se convierte en un fin en sí mismo, pues destruye muchas de las cosas que hacen que valga la pena vivir. Más allá de cierto punto -que la mayor parte del mundo dista de haber alcanzado- la acumulación de riqueza sólo ofrece placeres substitutivos para las pérdidas de verdad que exige en lo que toca a las relaciones humanas.
Encontrar los medios de nutrir los apagados "vínculos u obligaciones o lazos" que son tan esenciales para que florezcan los individuos constituye el problema por resolver en el mundo desarrollado, y empieza a perfilarse para los miles de millones que acaban de subirse a la escalera del crecimiento. Bien lo dijo George Orwell: "Todo progreso se contempla como una lucha frenética dirigida a un objetivo que esperamos y rogamos para que no se alcance nunca".
Notas:
[1] En Papeles de Economía Española, nº 6, 1981, páginas 353-361.
[2] La cita evangélica se encuentra tanto en Lucas, 12, 27 como en Mateo 6, 28.
________________________
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
Robert Skidelsky, Sin Permiso
La depresión de la economía ha causado una explosión de ira popular contra la "avaricia" de los banqueros y sus "obscenos" incentivos. Esto se ha visto acompañado de una crítica más amplia del "crecimientismo" ("growthmanship") – la búsqueda del crecimiento económico a toda costa, independientemente del daño que pueda causar al medio ambiente de la Tierra o a nuestros valores compartidos
John Maynard Keynes encaró esta cuestión en 1930, en un breve ensayo titulado "Las posibilidades económicas de nuestros nietos".[1] Keynes predijo que en cien años – es decir, hacia 2030 – el crecimiento del mundo desarrollado se habría detenido de hecho, debido a que la gente ya "tendría suficiente" para llevar "una buena vida". Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres diarias, una semana laboral de quince horas. Los seres humanos serían como "los lirios del campo, que no se afanan ni hilan".[2]
La predicción de Keynes descansaba en el supuesto de que, con un incremento anual del 2% en el capital, un incremento del 1% de la productividad y una población estable, el nivel medio de vida se multiplicaría por ocho como promedio. Esto nos permite averiguar cuánto pensaba Keynes que era "suficiente". El PIB per cápita en el Reino Unido a finales de la década de 1920 (antes del crac del 29) era aproximadamente de 5.200 libras (unos 8.700 dólares) valoradas hoy. De acuerdo con ello, estimaba que un PIB per cápita de aproximadamente 40.000 libras (66.000 dólares) sería "suficiente" para que los seres humanos dirigieran su atención a cosas más agradables.
No está claro por qué pensaba Keynes que la renta per cápita nacional británica multiplicada por ocho sería "suficiente". Lo más probable es que tomara como baremo de suficiencia los ingresos de un rentista burgués de su tiempo, que eran como diez veces los del trabajador medio.
Ochenta años más tarde, el mundo desarrollado se ha acercado a la meta de Keynes. En el año 2007 (es decir, antes del crac), el FMI informó de que el PIB medio per cápita en los Estados Unidos se mantenía en 47.000 dólares y en 46.000 en el Reino Unido. Dicho de otro modo, el Reino Unido ha experimentado un crecimiento multiplicado por cinco del nivel de vida desde 1930, pese a la falsificación de dos de los supuestos de Keynes: "nada de guerras de gran envergadura" y "sin crecimiento demográfico" (en el Reino Unido, la población es un 33% mayor que en 1930).
La razón de una ejecutoria tan brillante es que el crecimiento anual de la productividad ha sido más elevado de lo que Keynes proyectaba: cerca de un 1,6% para el Reino Unido y un poco más elevado en el caso de los EE.UU. Países como Alemania y Japón se han desempeñado aún mejor, pese a los efectos tremendamente negativos de la guerra. Es probable que el "objetivo" de Keynes de 66.000 dólares lo alcance la mayoría de los países occidentales para 2030.
Pero resulta igualmente improbable que este logro termine con la insaciable busca de más dinero. Asumamos, precavidamente, que hayamos cubierto dos tercios de la distancia que nos separa de la meta de Keynes. Podríamos haber esperado que se redujeran las horas de trabajo en dos tercios. De hecho, se han reducido sólo en un tercio, y la reducción se interrumpió en la década de 1980.
Esto vuelve enormemente improbable que alcancemos la jornada laboral de tres horas para 2030. También resulta improbable que vaya a detenerse el crecimiento, a menos que la naturaleza misma imponga un parón. La gente seguirá trocando ocio por mayores ingresos.
Keynes minimizó los obstáculos de esta meta. Reconocía que existen dos tipos de necesidades, absolutas y relativas, y que estas últimas pueden ser insaciables. Pero subestimó el peso de las necesidades relativas, especialmente a medida que las sociedades se enriquecían y, por supuesto, el poder de la publicidad para crear nuevas necesidades, e inducir así a la gente a trabajar con el fin de ganar dinero con el que satisfacerlas. Mientras el consumo sea conspicuo y competitivo, seguirá habiendo renovadas razones para trabajar.
Keynes no ignoraba del todo el carácter social del trabajo. "Seguirá siendo razonable", escribió, "buscar la finalidad económica de los demás después de que haya dejado de ser razonable para uno mismo". Los ricos tenían la obligación de ayudar a los pobres. Keynes no pensaba probablemente en el mundo en desarrollo (la mayor parte del cual apenas había comenzado a desarrollarse en la década de 1930). Pero la meta de la reducción de la pobreza global ha impuesto una carga de trabajo extra a la gente de los países ricos, a través tanto del compromiso de ayuda exterior y, lo que es más importante, de la globalización, que aumenta la inseguridad en el empleo y, sobre todo en el caso de los menos cualificados, contiene los salarios.
Además, Keynes no se enfrentó realmente al problema de lo que haría la mayoría de la gente cuando ya no precisara trabajar. "Es un problema temible para una persona corriente, sin talentos particulares, ocuparse de sí misma, sobre todo si no tiene raíces en el lugar, en las costumbres o en las queridas convenciones de una economía tradicional". Pero puesto que la mayoría de los ricos -"aquellos que disfrutan de una renta independiente, pero carecen de vínculos u obligaciones o lazos" han "fracasado de una forma desastrosa", ¿por qué iban a hacerlo mejor los que hoy son pobres?
Creo que en esto Keynes se acerca al máximo a la respuesta de la cuestión de por qué su "suficiente" no será, de hecho, bastante. La acumulación de riqueza, que debería ser un medio para alcanzar "la vida buena", se convierte en un fin en sí mismo, pues destruye muchas de las cosas que hacen que valga la pena vivir. Más allá de cierto punto -que la mayor parte del mundo dista de haber alcanzado- la acumulación de riqueza sólo ofrece placeres substitutivos para las pérdidas de verdad que exige en lo que toca a las relaciones humanas.
Encontrar los medios de nutrir los apagados "vínculos u obligaciones o lazos" que son tan esenciales para que florezcan los individuos constituye el problema por resolver en el mundo desarrollado, y empieza a perfilarse para los miles de millones que acaban de subirse a la escalera del crecimiento. Bien lo dijo George Orwell: "Todo progreso se contempla como una lucha frenética dirigida a un objetivo que esperamos y rogamos para que no se alcance nunca".
Notas:
[1] En Papeles de Economía Española, nº 6, 1981, páginas 353-361.
[2] La cita evangélica se encuentra tanto en Lucas, 12, 27 como en Mateo 6, 28.
________________________
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
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lunes, 7 de diciembre de 2009
Magro desempeño: economía cae 0,9%

Un decepcionante desempeño experimentó la actividad económica chilena durante el mes de octubre, completando 12 meses de caída continua. De acuerdo al Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec) la economía anotó una contracción de 0,9% en el mes, echando por tierra las expectativas de los especialistas que, en su mayoría, apostaban por el primer crecimiento mensual del año.
El banco Central informó que la serie desestacionalizada aumentó 0,4% respecto del mes precedente, mientras la serie de tendencia ciclo registró un crecimiento anualizado de 2,7%. El organismo dijo que en el resultado del mes incidió la disminución de la actividad industrial, la cual fue en parte compensada por el aumento en minería, comercio minorista y electricidad, gas y agua (EGA).
Además, recordó que el mes registró un día hábil menos que octubre de 2008. Con este resultado, se completan 12 meses de caídas consecutivas en la actividad. El Banco Central proyectó para todo 2009 una caída del PIB entre 1,5 y 2% y un crecimiento entre 4,5 y 5,5% en 2010.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Reanudan construcción de Costanera Center

El anuncio de reanudación de las obras del Costanera Center después de 11 meses de su paralización, fue recibido por empresarios, economistas y gobierno como la confirmación de que la crisis comienza a quedar atrás. Para los expertos, la decisión del holding controlado por Horst Paulmann aumenta las posibilidades de alcanzar un crecimiento sobre 5% el próximo año. Ello, tras una contracción cercana al 1,7% para 2009.
La decisión fue valorada en La Moneda. El ministro secretario general de la Presidencia, José Antonio Viera-Gallo, expresó que "espero que esto contagie a todos los proyectos que quedaron suspendidos con la crisis para que se reanuden. Esto es un símbolo de que el país va superando la crisis".
El titular de Obras Públicas (MOP), Sergio Bitar, indicó que se trata de "una buena noticia para Chile y es una señal más de que la crisis ya pasó y que la reactivación se está acelerando".

Para el economista de Libertad y Desarrollo, Tomás Flores, "con esto se puede declarar oficialmente el fin de la recesión. Evidentemente, se trata del mayor símbolo de reactivación y esto consolida un contexto de creciente optimismo respecto de la economía doméstica".
Rodrigo Aravena, de Banchile, sostuvo que "así como Costanera Center marcó el inicio del deterioro de las expectativas de la economía chilena, la reactivación de este proyecto va a marcar la salida de la recesión y la reactivación de la demanda interna".
Mientras en enero los indicadores de actividad y desempleo apuntaban sostenidamente a la baja y predominaba el pesimismo entre los agentes económicos, el panorama de fin de año es opuesto (ver recuadro). Según Erik Haindl, de la U. San Sebastián, "el BC está proyectando entre 4,5% y 5,5% para el próximo año y este es un aporte adicional que ayuda a que se cumpla el techo y no el piso de esa proyección".
Más información | Paralizan construcción de Costanera Center, Las razones que paralizaron Costanera Center
Ver también: La locura adrenalínica de las burbujas financieras
Cobrar impuestos a los especuladores
En El País viene este artículo de Paul Krugman que clama por cobrar impuestos para frenar la especulación financiera. La propuesta de una tasa Tobin se encuentra nuevamente en el tapete. Junto a recomendar el artículo de Krugman, os sugiero revisar también El impuesto a la especulación financiera y El dólar financia la especulación mundial, donde planteo la urgencia de gravar a las actividades financieras "altamente inútiles" como son las usuales del "carry trade". Echar un poco de arena a ese mecanismo altamente engrasado de las finanzas especulativas, ayudaría a evitar crisis y colapsos como los que estamos viviendo.
Paul Krugman, El País
Es hora de echar arena a las ruedas de las finanzas. ¿Deberíamos usar los impuestos para frenar la especulación financiera? Sí, dicen las autoridades británicas, que supervisan la City de Londres, uno de los dos grandes centros bancarios del mundo. Otros Gobiernos europeos se muestran de acuerdo, y tienen razón.
Por desgracia, las autoridades estadounidenses -en especial el secretario del Tesoro Timothy Geithner- se oponen rotundamente a la propuesta. Esperemos que recapaciten: gravar las transacciones financieras es una idea de lo más oportuna en este momento.
El debate se inició en agosto, cuando Adair Turner, máximo regulador financiero británico, propuso un impuesto sobre las transacciones financieras como forma de disuadir actividades "socialmente inútiles". La propuesta atrajo a Gordon Brown, el primer ministro británico, que decidió presentarla este mes en la reunión del Grupo de las 20 economías más importantes.
¿Por qué es ésta una buena idea? La propuesta de Turner-Brown es la versión moderna de una idea lanzada en 1972 por el fallecido James Tobin, economista de Yale y ganador del Premio Nobel. Tobin sostenía que la especulación monetaria -dinero que se mueve a escala internacional para apostar por las fluctuaciones de los tipos de cambio- tenía un efecto perturbador en la economía mundial. Para reducir estas perturbaciones, proponía cobrar un pequeño impuesto cada vez que se cambiase moneda.
Dicho impuesto representaría un gasto sin importancia para quienes se dedicasen al comercio internacional o realizasen inversiones a largo plazo; pero supondría una importante traba para quienes intentasen ganar dólares (o euros o yenes) rápidamente prediciendo la evolución de los mercados en unos días o unas semanas. Como decía Tobin, "arrojaría un poco de arena a las ruedas bien engrasadas" de la especulación.
La idea de Tobin no cuajó en su día. Más tarde, para gran disgusto suyo, se convirtió en el caballo de batalla preferido de la izquierda antiglobalización. Pero la propuesta de Turner y Brown, según la cual se aplicaría la tasa Tobin a todas las transacciones financieras -no sólo a las que impliquen divisas extranjeras-, sigue en gran medida la estela de Tobin. Sería un gasto sin importancia para los inversores a largo plazo, pero frenaría gran parte de las compras y ventas para generar comisiones que ahora tienen lugar en nuestros hiperactivos mercados financieros.
Esto sería malo si la hiperactividad financiera fuese productiva. Pero, tras el desastre de los dos últimos años, son muchos -casi todos los que no reciben su paga del sector financiero, me siento tentado a decir- los que están de acuerdo con la afirmación de Turner de que buena parte de lo que hacen Wall Street y la City es "socialmente inútil".
Y el impuesto sobre las transacciones podría generar ingresos considerables, y de ese modo, calmar los temores que suscita el déficit público. ¿Qué objeciones se le puede poner?
El principal argumento que esgrimen quienes se oponen al impuesto sobre las transacciones financieras es que sería inviable porque los agentes encontrarían formas de evitarlo. También hay quien sostiene que no haría nada para frenar la conducta socialmente perjudicial que provocó la actual crisis. Pero ninguna de esas afirmaciones resiste un examen a fondo.
Respecto a la aserción de que no se pueden gravar las transacciones financieras: la contratación actual es un asunto muy centralizado. Consideremos, por ejemplo, la propuesta original de Tobin de gravar las operaciones de cambio. ¿Cómo se podría hacer, cuando hay operadores de divisas en todo el mundo? La respuesta es que, aunque hay operadores por todas partes, la mayoría de sus transacciones se realizan -es decir, se pagan- en una única institución con sede en Londres. Esta centralización mantiene bajo el coste de las transacciones, y eso es lo que hace posible la enorme cantidad de tejemanejes. Sin embargo, también hace que estas transacciones sean relativamente fáciles de identificar y gravar.
¿Y respecto a la aseveración de que un impuesto sobre operaciones financieras no resuelve el verdadero problema? Es cierto que un impuesto sobre las operaciones no habría impedido que los prestamistas concedieran préstamos malos, ni que los crédulos inversores compraran los residuos tóxicos respaldados por dichos préstamos.
Pero las malas inversiones no son toda la historia de esta crisis. Lo que convirtió esas malas inversiones en catástrofe fue la excesiva dependencia que el sistema tiene del dinero a corto plazo.
Como han demostrado Gary Gorton y Andrew Metrick, de la Universidad de Yale, en 2007 el sistema bancario estadounidense dependía esencialmente de las transacciones "repo", en las que las instituciones financieras venden activos a los inversores prometiéndoles recomprarlos al cabo de poco tiempo (a menudo, un solo día). Las pérdidas en los activos subpreferenciales y en otros activos desencadenaron una crisis bancaria porque socavaron este sistema: se produjo una "retirada masiva de repos".
Y un impuesto sobre las transacciones financieras, al desincentivar la dependencia de la financiación a plazo ultracorto, habría hecho mucho menos probable esa retirada masiva. Por consiguiente, en contra de lo que afirman los escépticos, dicho impuesto habría ayudado a prevenir la crisis actual, y podría ayudarnos a evitar que se repita en el futuro.
¿Resolvería una tasa Tobin todos nuestros problemas? Por supuesto que no. Pero podría formar parte del proceso para deshinchar nuestro inflado sector financiero. En esto, como en otras cuestiones, el Gobierno de Obama necesita liberar su mente del yugo de Wall Street.
Paul Krugman, El País
Es hora de echar arena a las ruedas de las finanzas. ¿Deberíamos usar los impuestos para frenar la especulación financiera? Sí, dicen las autoridades británicas, que supervisan la City de Londres, uno de los dos grandes centros bancarios del mundo. Otros Gobiernos europeos se muestran de acuerdo, y tienen razón.
Por desgracia, las autoridades estadounidenses -en especial el secretario del Tesoro Timothy Geithner- se oponen rotundamente a la propuesta. Esperemos que recapaciten: gravar las transacciones financieras es una idea de lo más oportuna en este momento.
El debate se inició en agosto, cuando Adair Turner, máximo regulador financiero británico, propuso un impuesto sobre las transacciones financieras como forma de disuadir actividades "socialmente inútiles". La propuesta atrajo a Gordon Brown, el primer ministro británico, que decidió presentarla este mes en la reunión del Grupo de las 20 economías más importantes.
¿Por qué es ésta una buena idea? La propuesta de Turner-Brown es la versión moderna de una idea lanzada en 1972 por el fallecido James Tobin, economista de Yale y ganador del Premio Nobel. Tobin sostenía que la especulación monetaria -dinero que se mueve a escala internacional para apostar por las fluctuaciones de los tipos de cambio- tenía un efecto perturbador en la economía mundial. Para reducir estas perturbaciones, proponía cobrar un pequeño impuesto cada vez que se cambiase moneda.
Dicho impuesto representaría un gasto sin importancia para quienes se dedicasen al comercio internacional o realizasen inversiones a largo plazo; pero supondría una importante traba para quienes intentasen ganar dólares (o euros o yenes) rápidamente prediciendo la evolución de los mercados en unos días o unas semanas. Como decía Tobin, "arrojaría un poco de arena a las ruedas bien engrasadas" de la especulación.
La idea de Tobin no cuajó en su día. Más tarde, para gran disgusto suyo, se convirtió en el caballo de batalla preferido de la izquierda antiglobalización. Pero la propuesta de Turner y Brown, según la cual se aplicaría la tasa Tobin a todas las transacciones financieras -no sólo a las que impliquen divisas extranjeras-, sigue en gran medida la estela de Tobin. Sería un gasto sin importancia para los inversores a largo plazo, pero frenaría gran parte de las compras y ventas para generar comisiones que ahora tienen lugar en nuestros hiperactivos mercados financieros.
Esto sería malo si la hiperactividad financiera fuese productiva. Pero, tras el desastre de los dos últimos años, son muchos -casi todos los que no reciben su paga del sector financiero, me siento tentado a decir- los que están de acuerdo con la afirmación de Turner de que buena parte de lo que hacen Wall Street y la City es "socialmente inútil".
Y el impuesto sobre las transacciones podría generar ingresos considerables, y de ese modo, calmar los temores que suscita el déficit público. ¿Qué objeciones se le puede poner?
El principal argumento que esgrimen quienes se oponen al impuesto sobre las transacciones financieras es que sería inviable porque los agentes encontrarían formas de evitarlo. También hay quien sostiene que no haría nada para frenar la conducta socialmente perjudicial que provocó la actual crisis. Pero ninguna de esas afirmaciones resiste un examen a fondo.
Respecto a la aserción de que no se pueden gravar las transacciones financieras: la contratación actual es un asunto muy centralizado. Consideremos, por ejemplo, la propuesta original de Tobin de gravar las operaciones de cambio. ¿Cómo se podría hacer, cuando hay operadores de divisas en todo el mundo? La respuesta es que, aunque hay operadores por todas partes, la mayoría de sus transacciones se realizan -es decir, se pagan- en una única institución con sede en Londres. Esta centralización mantiene bajo el coste de las transacciones, y eso es lo que hace posible la enorme cantidad de tejemanejes. Sin embargo, también hace que estas transacciones sean relativamente fáciles de identificar y gravar.
¿Y respecto a la aseveración de que un impuesto sobre operaciones financieras no resuelve el verdadero problema? Es cierto que un impuesto sobre las operaciones no habría impedido que los prestamistas concedieran préstamos malos, ni que los crédulos inversores compraran los residuos tóxicos respaldados por dichos préstamos.
Pero las malas inversiones no son toda la historia de esta crisis. Lo que convirtió esas malas inversiones en catástrofe fue la excesiva dependencia que el sistema tiene del dinero a corto plazo.
Como han demostrado Gary Gorton y Andrew Metrick, de la Universidad de Yale, en 2007 el sistema bancario estadounidense dependía esencialmente de las transacciones "repo", en las que las instituciones financieras venden activos a los inversores prometiéndoles recomprarlos al cabo de poco tiempo (a menudo, un solo día). Las pérdidas en los activos subpreferenciales y en otros activos desencadenaron una crisis bancaria porque socavaron este sistema: se produjo una "retirada masiva de repos".
Y un impuesto sobre las transacciones financieras, al desincentivar la dependencia de la financiación a plazo ultracorto, habría hecho mucho menos probable esa retirada masiva. Por consiguiente, en contra de lo que afirman los escépticos, dicho impuesto habría ayudado a prevenir la crisis actual, y podría ayudarnos a evitar que se repita en el futuro.
¿Resolvería una tasa Tobin todos nuestros problemas? Por supuesto que no. Pero podría formar parte del proceso para deshinchar nuestro inflado sector financiero. En esto, como en otras cuestiones, el Gobierno de Obama necesita liberar su mente del yugo de Wall Street.
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Enlaces 6/12/09
- Finn Kydland, premio Nobel de Economía 2004 por sus estudios de los ciclos económicos señala: Lo ineficaz debe quebrar para que no quiebre el sistema, y continúa:
Una notable entrevista para leer en Artículos claves
El 2 de diciembre, en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, bajo el lema 'Caminos para la Recuperación', se celebró la Conferencia Empresarial 2009 convocada por la CEOE, cuyo objetivo era incidir en reformas encaminadas a: "la mejora de la competitividad, la reforma de un sistema fiscal y la modernización del mercado laboral". Una opinión realista y desencantada la aporta José Amorós en Caminos para la recuperación.
- Marc Garrigasait nos muestra el ascenso de las marcas de lujo en el mercado chino. ¿Sabía Usted que China ya es el tercer país con mayor peso en las tiendas de marcas de lujo? Ocupa el tercer lugar con un 5,9%. Y Corea del Sur está en el quinto, con el 4,6%
- La banca se encuentra igual de apalancada que antes de la crisis pese a no dar crédito, Cotizalia
- ¿Hacia el ocaso de la economía global?, Germán Gorraiz López, Rebelión
- Flexibilidad cambiaria y acumulación de reservas en América Latina, Roberto Frenkel y Martin Rappeti. Los tres chiflados
- Los límites del emirato, Kenneth Rogoff. El País
Tengo 66 años: niéguenme sabiduría, pero no experiencia. Estoy orgulloso del fondo soberano del petróleo que compartimos todos los noruegos: mis seis hijos, mi mejor inversión afectiva, lo heredarán. Soy partidario del mercado libre, y si es libre es porque está bien regulado
Una notable entrevista para leer en Artículos claves
El 2 de diciembre, en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, bajo el lema 'Caminos para la Recuperación', se celebró la Conferencia Empresarial 2009 convocada por la CEOE, cuyo objetivo era incidir en reformas encaminadas a: "la mejora de la competitividad, la reforma de un sistema fiscal y la modernización del mercado laboral". Una opinión realista y desencantada la aporta José Amorós en Caminos para la recuperación.
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