La hegemonía, entendida como método de trabajo político, permite recuperar la dimensión estratégica de Gramsci y ponerla en diálogo con los movimientos radicales contemporáneos.
Peter D. Thomas, Jacobin
Introducción
Desde su etapa de aprendizaje como periodista militante en el movimiento obrero de Turín durante y después de la Primera Guerra Mundial, Antonio Gramsci había abrazado una visión de la política emancipatoria como construcción de un “Nuevo orden” [Ordine nuovo] —título de su experimento inicial más significativo en materia de organización cultural y política revolucionaria1 La estrategia política y la transformación social siguieron ocupando un lugar central en las interpretaciones elaboradas durante la recepción inicial, tras la guerra, de Cuadernos de la cárcel, publicados póstumamente. Ello no se limitó a lo que se ha descrito acertadamente como la “Operación Gramsci” de Togliatti y el PCI, destinada a construir un partido de masas en la nueva República Italiana, sino que también accionó de forma más amplia en el recuerdo de Gramsci como activista antifascista y marxista revolucionario, además de haber servido de inspiración para una pléyade de renovaciones de la izquierda radical a escala internacional2.
Sin embargo, en los amplios debates que han marcado la difusión cada vez más global del pensamiento de Gramsci desde la década de los setenta del pasado siglo, se ha ido imponiendo la idea de que la contribución clave de Gramsci a la búsqueda de un nuevo orden social debe buscarse en un registro teórico más mediado; a saber, en el desarrollo de una nueva comprensión de la naturaleza del poder político, social y cultural moderno, sintetizada en la noción de hegemonía3. De hecho, para muchos intérpretes, la mayor virtud de la teorización de Gramsci sobre la hegemonía ha sido su aparente capacidad para ofrecer algo así como una depurada “metateoría” de la modernidad política, comparable en su alcance y profundidad con los paradigmas teóricos ya clásicos elaborados por figuras como Hobbes, Rousseau o Weber. Para algunos lectores, la teoría de Gramsci supera a estas por su singular capacidad para comprender las características claves de los tipos de sociedades que surgieron de las ruinas del siglo XX, tanto en los centros metropolitanos como en sus supuestas periferias poscoloniales.
A partir de esa interpretación se han elaborado relatos históricos y depuradas teorías en gran escala, como las propuestas de diversas formas por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Stuart Hall, Giovanni Arrighi, Ranajit Guha y Partha Chatterjee, entre muchos otros4. Sin duda, en ese sentido, cabe leer a Gramsci como a un “teórico” ya que las diferentes interpretaciones de pasajes concretos y de las famosas notas de Cuadernos de la cárcel son la base para la elaboración de teorías generales y concepciones de la hegemonía que pueden llegar a ser muy diferentes entre sí. Entendida en el sentido en que lo hacen los teóricos antes mencionados —como una teoría general capaz de aplicarse en diferentes ámbitos geográficos y en diversas disciplinas académicas—, la noción de hegemonía seguirá proporcionando a importantes corrientes políticas y teóricas de izquierda contemporáneas herramientas poderosas para analizar los mecanismos que hacen posible afianzar, justificar y, potencialmente, derrocar órdenes políticos en sentido general.


