miércoles, 28 de octubre de 2026

Trump encontró su límite en Brasil

Al igual que en el resto de América Latina, la administración Trump trabajó abiertamente para derrotar a un gobierno de izquierda en Brasil y reemplazarlo por uno de extrema derecha. Con la victoria de Lula, Trump fracasó
La victoria de Lula no solo constituye una gran derrota para la derecha brasileña, sino también para Donald Trump y su movimiento MAGA en Estados Unidos.
(Rodrigo Paiva / Getty Images)


Branko Marcetic, Jacobin

La victoria electoral de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil está siendo ampliamente celebrada como una de las grandes remontadas políticas de nuestro tiempo. Es la primera vez que un candidato presidencial brasileño logra revertir una derrota en la primera vuelta, gracias al renovado impulso de la izquierda brasileña y a una nueva estrategia digital. Y lo consiguió un dirigente que todavía en 2019 se encontraba encerrado en una celda.

Pero la victoria es aún más impresionante porque Lula no solo tuvo que superar a las poderosas fuerzas que se alinearon contra la izquierda dentro de Brasil, sino también a una administración hostil en Washington decidida a apartarlo del poder.

Durante los últimos veintiún meses, la administración de Donald Trump se ha dedicado a intervenir allí donde ha podido para debilitar a los gobiernos de izquierda de América Latina y favorecer a los dirigentes autoritarios de derecha de la región, cortados por el mismo patrón. Esta política está en consonancia con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que establece explícitamente el objetivo de «reafirmar y hacer cumplir la Doctrina Monroe» y de «recompensar y alentar a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y nuestra estrategia».

Esta estrategia ha tenido un éxito extraordinario. Trump utilizó una combinación de amenazas y una línea de crédito para mantener a flote al caótico e impopular gobierno de Javier Milei en Argentina. Impuso sanciones al presidente izquierdista de Colombia, Gustavo Petro, antes de respaldar al candidato presidencial de derecha y detener a uno de sus críticos más destacados. También está apoyando una ofensiva de la derecha contra funcionarios del gobierno boliviano destinada a proteger a la derecha del país de las acusaciones de corrupción.

Y en Venezuela, sencillamente secuestró al presidente en ejercicio y amenazó con hacer lo mismo con su sucesora si no se sometía a sus exigencias.

Brasil debía ser la siguiente pieza del dominó en caer. Un día antes de la segunda vuelta presidencial, Reuters informó que la administración estadounidense había estado trabajando para debilitar a Lula en los meses previos a las elecciones. Según ese informe, los dos funcionarios del Departamento de Estado responsables de esta campaña habían comunicado explícitamente a los diplomáticos estadounidenses en Brasil que el objetivo final de la administración era devolver al poder a Jair Bolsonaro, el expresidente y padre del rival de Lula, que se encuentra inhabilitado para presentarse a las elecciones y cumple actualmente una condena de veintisiete años de prisión por conspirar para dar un golpe de Estado.

El informe de Reuters no hizo más que confirmar, con pruebas más contundentes, algo que ya resultaba bastante evidente. Los distintos componentes de la campaña de presión contra Lula nunca fueron un secreto, desde la imposición de aranceles del 50 % a Brasil como represalia por el procesamiento de Bolsonaro hasta las sanciones contra un juez del Supremo Tribunal Federal brasileño. Hasta el momento, Trump no ha reconocido oficialmente el resultado electoral, aunque el resto de los países de la región, incluidos sus dirigentes de derecha, ya han felicitado públicamente a Lula.

A todo esto probablemente debamos sumar también las maniobras de Meta —la empresa propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp— para restringir la presencia de Lula y sus aliados en las redes sociales y favorecer a su adversario. Ayer, trabajadores de Meta en el Reino Unido difundieron un comunicado en el que responsabilizaron a los «ejecutivos y directivos de la empresa», cuyas inclinaciones políticas, señalaron, «nunca han sido un secreto». El director ejecutivo de Meta, Mark Zuckerberg, es uno de los numerosos magnates tecnológicos que se han desvivido por ganarse el favor del presidente desde su reelección en 2024. Donó un millón de dólares para su ceremonia de investidura y apareció detrás de él durante el acto. Tanto es así que, según trascendió, el propio Trump se ha burlado de Zuckerberg, jactándose ante otras personas de que «le estaba besando el culo» mientras les mostraba los mensajes aduladores que le había enviado.

Por lo tanto, no estamos solamente ante una gran derrota de la derecha brasileña, sino también de sus aliados del movimiento MAGA en Estados Unidos. Brasil es el país más grande de América del Sur, y su importancia geopolítica queda de manifiesto en el hecho de que incluso sus vecinos gobernados por la derecha han preferido no enemistarse con el gobierno de Lula sumándose a la última farsa de Trump sobre unas elecciones supuestamente robadas.

Derrocar a un dirigente de izquierda en Brasil habría sido un premio enorme para la «Doctrina Donroe» de Trump. En cambio, el resultado ha puesto de manifiesto los límites de su poder para reconfigurar la política incluso en lo que Estados Unidos considera su propio «patio trasero». Mientras tanto, el gobierno de Lula ha respondido con firmeza, acusando formalmente a Washington de interferir en las elecciones y denegando visas a dos funcionarios estadounidenses a los que señaló como participantes en esas maniobras, entre otras medidas. Ante la negativa de Trump a reconocer la victoria de Lula, un exasesor del presidente brasileño le restó importancia.

«El mundo entero ya se ha pronunciado. Estados Unidos no puede oponerse al resultado electoral», afirmó, antes de señalar que Brasil estaba preparado para mantener una mala relación con la administración Trump si fuera necesario.

Tampoco deberíamos exagerar el alcance de esta derrota. Lula ha ganado —una victoria de enorme importancia tanto para la izquierda brasileña como para cualquiera que quiera preservar un planeta habitable para la humanidad—, pero tendrá que gobernar con un Congreso en el que la extrema derecha bolsonarista conserva una enorme influencia. Se trata de una situación difícil, que podría complicarse todavía más si Washington, resentido por la derrota, mantiene su empeño en debilitar a uno de los principales dirigentes de la izquierda latinoamericana.

Con todo, la victoria de Lula le ofrece a la izquierda brasileña una oportunidad real de dar la batalla. Y, como mínimo, el hecho de que sea la primera vez que un país latinoamericano consigue asestarle un golpe contundente a la administración Trump en medio de sus intentos de intervenir en los asuntos de sus vecinos constituye un hito nada desdeñable.


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