El mundo árabe parecía estar a punto de dividirse en dos bandos opuestos: uno formado por regímenes que buscaban una alianza con Estados Unidos, y otro formado por actores no estatales que exigían resistencia a los proyectos hegemónicos sionistas-estadounidenses
Hassan Nafea, Al Mayadeen
Desde hace casi 15 meses, Irán libra una guerra asimétrica y agresiva que le impuso Estados Unidos. Dado el desequilibrio entre los elementos de poder integral que posee Estados Unidos y los que tiene Irán, desequilibrio que se inclina de forma decisiva a favor del primero, muchos creen que el resultado de este enfrentamiento está decidido de antemano y que a Irán no le queda más opción que rendirse y ceder ante todas las exigencias estadounidenses.
Basta comparar rápidamente el presupuesto de gastos militares de Estados Unidos para el año en curso (2026), que ronda los 900 mil millones de dólares, con el de Irán, inferior a 10 mil millones de dólares, para apreciar la magnitud de la brecha que los separa.
Sin embargo, cabe señalar que los conflictos entre Estados no dependen únicamente del volumen de los elementos de poder, duro, blando e inteligente, que posean las partes involucradas, sino también de otros factores numerosos, visibles e invisibles, lo que explica la resistencia de Irán en esta guerra desigual, que podría concluir con resultados que no guarden proporción con la brecha de poder.
Estados Unidos alega que su conflicto con Irán se debe a la insistencia de este último en fabricar armamento nuclear, alegación que resulta incorrecta por varias razones, entre las que destacan:
El programa nuclear iraní se inició bajo el gobierno del Sha, con ayuda de Estados Unidos. Dicho programa quedó completamente abandonado durante los diez años posteriores a la Revolución, y el sistema actual no comenzó a plantearse su reactivación hasta después de finalizada la guerra con Irak.
El conflicto entre Irán y Estados Unidos comenzó inmediatamente después del estallido de la Revolución Islámica, por motivos relacionados con el temor de sus dirigentes a que Estados Unidos intentara abortarla del mismo modo en que abortó la revolución de Mosadegh, ocurrida a comienzos de la segunda mitad del siglo pasado.
Un examen riguroso del rumbo que siguieron las relaciones entre Irán y Estados Unidos desde el estallido de la revolución iraní revela con claridad que Estados Unidos nunca se sintió cómodo ni con el sistema surgido de dicha revolución ni con las políticas que este adoptó tanto en el plano interno como en el externo, lo que explica su empeño constante en debilitar al sistema iraní u obligarlo a modificar sus políticas, e incluso, posiblemente, en derrocarlo y eliminarlo definitivamente.
Esto explica, a su vez, por qué dicho sistema adoptó una estrategia defensiva orientada a consolidar sus bases populares internas y a ampliar su influencia en el exterior. Ello significa que, tan pronto como triunfó la revolución iraní, ambas partes, la estadounidense y la iraníes, comprendieron que el conflicto entre ellas resultaba inevitable, por lo que no les quedó más remedio que gestionarlo del modo que cada una consideró más idóneo para alcanzar sus objetivos.
Numerosos factores, locales, regionales e internacionales, contribuyeron a la escalada gradual del conflicto hasta que este alcanzó la fase de enfrentamiento armado y confrontación total.
Pocos días después del triunfo de la Revolución Islámica en Irán, y por temor del nuevo sistema iraní a que los servicios de seguridad estadounidenses conspiraran para restituir en el poder al Sha huido, los estudiantes tomaron por asalto la sede de la embajada estadounidense en Teherán y retuvieron como rehenes a su personal durante 444 días.
Dado que el presidente Carter intentó rescatarlos por la fuerza y fracasó, lo que le costó la derrota en las siguientes elecciones presidenciales, las administraciones estadounidenses posteriores adoptaron una estrategia de gestión del conflicto con Irán basada en dos pilares: evitar llegar a una situación que exigiera un choque directo con Irán, y recurrir a los aliados regionales para que desempeñaran ciertas funciones en su nombre.
Esto explica el papel que desempeñó Estados Unidos al incitar a Irak a emprender la guerra contra Irán apenas un año después del estallido de la revolución, al alentar a los países árabes del Golfo a brindar apoyo financiero y armamentístico a Irak, y al procurar mantener viva la llama de la guerra durante el mayor tiempo posible, con la esperanza de debilitar a ambos contendientes.
Cabe destacar, en este contexto, que Irán recurrió, en su gestión del conflicto con Estados Unidos, a un método que no difiere demasiado del método estadounidense, tanto en lo relativo al empeño en evitar el choque directo entre ambos como en la implicación de agentes regionales, lo que explica su intensa actividad en la búsqueda de aliados en el mundo árabe, especialmente en Siria, Líbano, Irak y Palestina, así como su constante afán por estrechar los lazos con ellos.
Esto condujo a la formación del "Eje de la Resistencia", cuyo liderazgo asumió Irán directamente, aprovechando grandes acontecimientos que sacudieron al mundo árabe, entre los que destacan: la firma por parte de Sadat de un tratado de paz unilateral con "Israel" en 1979, la invasión, ocupación y anexión de Kuwait por Sadam Hussein en 1990, y el estallido de las "revueltas de la Primavera Árabe", cuya primera chispa se encendió a finales de 2010, cuyas repercusiones propiciaron el clima para la celebración de la Conferencia de Paz de Madrid y la firma de los acuerdos de Oslo y de Wadi Araba, y posteriormente de los "Acuerdos de Abraham".
Por ello, el mundo árabe pareció a punto de dividirse en dos bandos enfrentados: uno formado por regímenes oficiales que buscaban una alianza con Estados Unidos y la normalización de relaciones con "Israel", y otro integrado por actores no estatales que reclamaban hacer frente a los proyectos de dominación sionista-estadounidense sobre la región.
En medio de esta polarización, estalló la operación "Diluvio de Al Aqsa", que constituyó un punto de inflexión en la región y trastocó por completo todos los cálculos.
La estrategia orientada a evitar un choque militar directo habría podido mantenerse y perdurar de no haber concurrido dos factores principales: primero, la irrupción de Trump en la escena política estadounidense, y segundo, el empeño de Netanyahu en aprovechar lo ocurrido en el "Diluvio de Al Aqsa" para liquidar el "Eje de la Resistencia" como paso previo a la creación del "Gran Israel".
Durante su primer mandato, Trump se dejó convencer por Netanyahu para retirarse del acuerdo de 2015 e imponer sanciones máximas a Irán. Durante su segundo mandato, iniciado 15 meses después del "Diluvio de Al Aqsa", Netanyahu logró convencerlo de sumarse a "Israel" en dos guerras contra Irán: la primera dirigida a destruir su programa nuclear (la guerra de los 11 días), y la segunda orientada a derrocar su sistema político y, posiblemente, a fragmentar al propio Estado iraní (la guerra de los 39 días).
Y como los vientos no soplaron a favor de ninguno de los dos, tanto Trump como Netanyahu quedaron atrapados en un atolladero del que quizá ninguno de ellos pueda escapar jamás.
Es cierto que el programa nuclear iraní sufrió daños, pero Irán conserva íntegramente todas sus cartas nucleares de negociación.
También es cierto que su sistema político perdió a la mayoría de sus dirigentes políticos y militares, pero se mantuvo en pie y no cayó; es más, logró hacerse con cartas de negociación adicionales y se colocó en una posición que le permite gestionar el conflicto con mayor grado de paridad frente a Estados Unidos, e incluso no resulta descartable que termine infligiéndole una derrota estratégica.
Llama la atención, en este punto, que "Israel", principal instigador de la confrontación militar con Irán, quedara excluida de la gestión del conflicto en la fase actual de su desarrollo, tanto en su vertiente militar —al verse privada de participar en ninguna de las rondas de combate desatadas tras la "guerra de los 39 días"— como en su vertiente política, al quedar excluida de las negociaciones que condujeron a la firma del "memorando de entendimiento", sin que siquiera se le consultara o coordinara previamente.
Ello no significa, sin embargo, que vaya a quedar excluida de futuras rondas que Trump pudiera verse obligado a arriesgarse a emprender, ni que "Israel" haya perdido su influencia sobre el proceso negociador; lo más probable es que sea convocada a participar en los combates si las negociaciones llegan a un punto muerto, e incluso pudo haber desempeñado ya un papel determinante en el fracaso del "memorando de entendimiento", al que no dudó en oponerse públicamente.
Trump sostiene que controla el estrecho de Ormuz, que según él permanece abierto a la navegación marítima, y que los petroleros lo cruzan a diario transportando millones de barriles de petróleo; sin embargo, el mercado petrolero desmiente estas afirmaciones mediante los sucesivos incrementos de precios, pues el barril alcanzó, al redactarse estas líneas, un valor cercano a los 100 dólares.
Por su parte, Netanyahu declaró recientemente que la guerra contra Irán aún no se ha resuelto, que "Israel" es capaz de librarla en solitario y reanudar los combates si fuera necesario, y que el derrocamiento del sistema iraní sigue estando a su alcance, por lo que "Israel" continuará persiguiendo ese objetivo.
No obstante, la realidad en los distintos frentes de combate desmiente estas declaraciones, que parecen concebidas con fines electorales.
Pues, pese a los logros militares que obtuvo el "ejército" israelí en varios frentes, Netanyahu no logró traducirlos en beneficios políticos tangibles: hasta el momento no consiguió desarmar a Hamas, a la Yihad Islámica ni a Hizbullah, y ninguno de los combatientes de la resistencia se rindió en ninguno de los frentes.
Frente a los cientos de portaaviones, destructores, submarinos y toda clase de unidades navales pesadas, dotados de los tipos de munición más modernos y costosos, que Estados Unidos concentró para lanzar una guerra de agresión contra un país situado a no menos de diez mil kilómetros de sus costas, Irán logró idear, fabricar, desarrollar y proteger diversos tipos de misiles y drones de bajo costo.
Este factor resultó el más decisivo, no solo para permitir a Irán controlar el estrecho de Ormuz, sino también para alcanzar todas las bases militares estadounidenses de la región, incluida "Israel".
Y dado que Estados Unidos no busca una solución intermedia alcanzable mediante negociación, sino la rendición y el izado de la bandera blanca, resulta evidente que Irán libra una guerra existencial en la que solo caben la victoria o el martirio.
Cuando Estados Unidos cerró su bloqueo naval e insistió en asfixiar económicamente a Irán mediante la imposición de las sanciones más severas contra cualquiera que mantuviera relaciones comerciales o financieras con él, Irán respondió, por primera vez desde el inicio de la guerra, atacando portaaviones, destructores y unidades navales estadounidenses, señal de que la fase decisiva se acerca, y que quizás ya haya comenzado.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario