viernes, 11 de septiembre de 2026

Liberalismo autoritario

Alain de Benoist traza la evolución del concepto de «liberalismo autoritario», desde su acuñación por Hermann Heller en la década de 1930 hasta su resurgimiento actual y sostiene que, cuando la democracia liberal se siente amenazada, renuncia a sus propios principios y recurre a la prohibición de partidos, a la criminalización de la disidencia y a la vigilancia no solo de los actos, sino también de los motivos y los pensamientos

Alain de Benoist, Arktos

La noción de «liberalismo autoritario» surgió a principios de la década de 1930, en particular de la pluma del jurista Hermann Heller, un gran adversario de Carl Schmitt. Resurge hoy en un contexto diferente, en el que proliferan las medidas liberticidas en el corazón mismo de las democracias liberales. El episodio covidista de los confinamientos y la vacunación marcó un punto álgido en el afianzamiento de este liberalismo autoritario. La brutal represión de los Gilets jaunes [Chalecos Amarillos] fue otro.

Cuando el liberalismo se siente amenazado, reacciona como cualquier otra forma de poder —es decir, como un perro que teme que le quiten su hueso. Cuando el dique se desborda y los «cordones sanitarios» (1) comienzan a desmoronarse, lo único que queda es prohibir a los partidos que ganan, impedir que sus candidatos se postulen a las elecciones e incluso hacer que los maten.

De esto podemos estar seguros: acorralados, los oligarcas del Sistema no se detendrán ante nada. Ya han multiplicado las prohibiciones y disoluciones, han cerrado cuentas bancarias y han decretado prohibiciones de circulación.

En Alemania un proyecto de ley propone ahora que los municipios ejerzan un derecho de preferencia sobre los bienes inmuebles para impedir su adquisición por parte de personas sospechosas de ser «enemigos de la Constitución». El pasado mes de febrero, el canciller Friedrich Merz lo dijo sin rodeos: «En nuestro país la libertad de expresión termina cuando se socava la Constitución».

Ahora que el rechazo a la ideología dominante se percibe como un escándalo, cualquier medio es válido para gobernar no solo sin el pueblo, sino en su contra.

Capitalismo de vigilancia

La caza de ideas inconformistas —que da licencia para hurgar en lo más recóndito de la conciencia— se remonta al menos a la Inquisición. En un clima dominado a la vez por el puritanismo moral, la mojigatería racial y el negacionismo sexual, la libertad de expresión desaparece en el momento en que se empieza a legislar sobre los sentimientos (amor y odio), a prohibir los comentarios disidentes incluso cuando se expresan en privado o en el círculo familiar, y a pedir a los tribunales que castiguen no solo los actos, sino también los motivos, las intenciones y los pensamientos.

Desde que la libertad de expresión se volvió condicional, se ha adoptado un principio orwelliano: se puede decir cualquier cosa, excepto lo que no se puede decir. A lo cual se suma un segundo principio: lo que no está prohibido simplemente se tolera (provisionalmente). Hoy en día, todos vivimos bajo un régimen de libertad condicional —es decir, de libertad bajo vigilancia—.

El surgimiento del liberalismo autoritario demuestra no solo que estas dos palabras, tan a menudo opuestas, pueden convertirse en sinónimos, sino que sería inmensamente ingenuo esperar de los liberales una protección genuina de las libertades. Más aún cuando el endurecimiento de la represión contra los disidentes va de la mano —y esto es aún más grave— con una aceleración en la implementación de procedimientos de control y vigilancia en todos los países occidentales.

Alexandre Kojève, en su Introducción a la lectura de Hegel (g), ya había predicho la disolución gradual de los antagonismos políticos en un régimen administrativo y policial en el que toda contradicción quedaría absorbida por la gestión técnica de las cosas. En la época del «capitalismo de vigilancia» (Shoshana Zuboff), la globalización del capital avanza al unísono con el control social. En nombre de la exigencia de «transparencia», la vigilancia tecnológica, la vigilancia higiénica y biomédica, la vigilancia comercial, la vigilancia ideológica y la vigilancia sexual pretenden juzgar la conducta privada, gestionar los cuerpos y moldear incluso los aspectos más íntimos de la vida cotidiana.

De esta manera, la sociedad en su conjunto queda progresivamente sometida a una forma de control global y reticular que recopila una cantidad cada vez mayor de datos para pesar sobre las decisiones, orientar los gustos, influir en las opiniones y alterar los comportamientos. Ya no se trata simplemente de sancionar las violaciones de la ley, sino, como lo ha descrito Giuseppe Gagliano, de construir, por medio de algoritmos, «un mundo en el que cada individuo pueda ser potencialmente analizado incluso antes de haber hecho absolutamente nada».

El control social permite anticipar, deslegitimar o incapacitar —no en función de lo que uno haya hecho, sino de lo que podría hacer—. De este modo, se abre la puerta a lo peor.

Y lo peor de todo es la «servidumbre voluntaria». Cuando la tiranía habla el lenguaje de la tecnología, los algoritmos producen sujetos autodisciplinados. El sociólogo coreano Byung-Chul Han ha demostrado que, en las sociedades liberales, estamos presenciando una nueva forma de violencia que ya no se dirige contra los demás, sino contra uno mismo: en un mundo moldeado por los dictados capitalistas del rendimiento y la rivalidad mimética sin cuartel, las restricciones autoimpuestas que nacen de la internalización de las normas dominantes se suman ahora a las prohibiciones de antaño.

Dado que la muerte social se ha convertido en la forma actual de la pena de muerte, la censura comienza con la autocensura. El superyó se fusiona con el yo. El resultado es que ya no tiene sentido oponer la libertad a la restricción, pues ahora son lo mismo. Byung-Chul Han resume esto en una fórmula bernanosiana: «La nueva violencia siempre ataca al portador de una interioridad».

El motor de la autocontención y la autovigilancia es el miedo. La explotación del miedo, sea cual sea su naturaleza (crimen, narcotráfico, guerras híbridas, ciberataques, inmigración, desastres naturales, pandemias, terrorismo, violencia de todo tipo), permite —con el pretexto de garantizar mejor la seguridad— abolir todas las libertades, transformar el estado de excepción en un régimen permanente y presentar cada nueva forma de control como una nueva protección.

¿Dónde reside, entonces, la esperanza? Parafraseando a Péguy, digamos que hay dos tipos de hombres: aquellos para quienes hoy es simplemente el día después de ayer y aquellos para quienes hoy es la víspera de mañana. Buena suerte a estos últimos.

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Publicado originalmente en Éléments, n.º 221, agosto-septiembre de 2026


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