lunes, 10 de agosto de 2026

La “derecha radical” y el neomacartismo trumpista

"En la literatura académica sobre la extrema derecha la definición precisa del término sigue siendo un objeto del debate".

Maciek Wisniewski, La Jornada

En la literatura académica sobre la extrema derecha la definición precisa del término sigue siendo un objeto del debate y sus estudios están plagados de las mismas dificultades que los estudios del fascismo: la ausencia de una definición consensuada del fenómeno y falta del consenso definitorio sobre su anatomía. Igual que respecto al fascismo, los estudiosos a menudo no pueden ponerse de acuerdo sobre los conceptos básicos, enfatizando ciertas características e ignorando otras, aunque el nacionalismo, el racismo, la xenofobia o la hostilidad hacia la democracia parlamentaria suelen aparecer como conceptos centrales.

Ni siquiera existe un consenso acerca del término que usar con diferentes autores hablando de la derecha “extrema”, “radical” o “ultra” o usando estos términos de modo intercambiable y abogando, o no, a distinguir entre la extrema derecha más tradicional y sus mutaciones más recientes. Uno de los viejos contribuidores a este debate, trabajando el tema desde los años 50 hasta principios de los años 2000, era Daniel Bell (1919-2011), uno de los sociólogos e intelectuales públicos más influyentes de Estados Unidos (EU) que se empeñó a ofrecer una radiografía de lo que él tildaba como la “derecha radical” (radical right) estadunidense que congregaba históricamente una constelación de grupos de presión, redes ideológicas y movimientos de masas delimitados –según él y según algunos de sus colaboradores como Richard Hofstadter, Seymour Martin Lipset o David Plotke– no tanto por siglas de partidos, sino por un perfil sociológico, sicológico y económico muy específico.

Las dos características fundamentales de esta derecha eran, según Bell, su excesiva valoración de la “amenaza comunista” –nacional e internacional− y su falta de realismo en el rechazo a las reformas del New Deal (véase: The Radical Right, 2001, pp. 606). Si bien esta derecha radical no abarcaba al Partido Republicano (GOP) como tal, pero sí describía una facción radicalizada, insurgente y extremista que operaba dentro y a los márgenes de él y que se sentía frustrada sobre todo cuando el GOP estaba fuera del poder o cuando este estaba dominado por el establishment moderado. La facción, o facciones, que finalmente por medio de un largo proceso de divisiones y rupturas y, aprovechando el vacío organizativo, en colaboración con las élites empresariales –tal como lo demuestra magistralmente en su estudio reciente Paul Heideman (t.ly/ NXqa8)– radicalizaron y transformaron, coincidiendo también con el proceso general del ocaso de la participación y el “vaciamiento” de los partidos, la GOP, dando a luz a Donald Trump (véase: Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, 2025, pp. 320).

Mientras las políticas económicas de estos grupos nunca eran particularmente originales –además Bell proponía ver su auge más como una respuesta a la dislocación social y a la ansiedad por el estatus, no simplemente como fruto del conflicto económico–, su primer rasgo, una búsqueda obsesiva, dogmática, paranoica y conspirativa de los “enemigos comunistas de la nación” y/o los “intelectuales cosmopolitas que trabajaban contra ella” y que llegó a su cenit con la “caza de brujas” del senador Joseph McCarthy en los años 50 −siendo el “macartismo” en su momento un verdadero movimiento de masas− era muy propio de la derecha radical en EU en todas sus diferentes iteraciones.

El hecho que el régimen de Trump −ante la creciente oposición a sus políticas internas y externas− esté entrando justamente a un poco más de un año y medio de haber tomado por segunda vez el poder abiertamente en su fase “neomacartista” de una frenética fabricación y persecución de “enemigos”: “socialistas”, “comunistas”, periodistas, intelectuales etcétera, es una buena ocasión para recentrar el análisis y reinsertar propiamente al trumpismo −muchas veces incomprendido y analizado mediante los códigos dramáticos y políticamente y mediáticamente más atractivos como por ejemplo el “fascismo”− en su genealogía correcta de la derecha radical estadunidense descrita por Bell. El link orgánico de Trump con el macartismo no puede ser más obvio y directo: Roy Cohn (1927-1986), el asesor jurídico principal que McCarthy contrató para su Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes y de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado –y que ayudó a mandar a Julius y Ethel Rosenberg a la silla eléctrica–, y que fue abogado, “fixer” y mentor bajo el cual el joven presidente se formó en Nueva York en los años 70.

Fue él quien le enseñó –como bien demuestran los biógrafos de Cohn (t.ly/ hv8SJ)– que “los hechos siempre podían ser ahogados por contraargumentos estridentes”, “los fuegos artificiales de la publicidad eran más importantes que la ley”, y que “siempre se debía evitar dejar un rastro en papel”, las técnicas de negocios y de poder que provienen directamente del mundo inmobiliario neoyorkino y no por ejemplo de la historia del fascismo. Y que siempre eran bañadas en el anticomunismo de corte macartista −y no fascista centroeuropea de entreguerras−, la única, por más rudimentaria que sea, educación política y noción del discurso público que Trump, gracias a Cohn, jamás haya absorbido.

Si bien la perspectiva de Heideman es en sí misma un correctivo a la de Bell, que veía en la radicalización de la derecha estadunidense “un brote sicopatológico” que dependía de los ciclos políticos y cambios modernos −mientras se trataba de una transformación institucional más profunda y el futuro de la política en EU−, leídos en conjunto ambas permiten historizar propiamente al trumpismo y evitar los frecuentes hoy en día culs-de-sac en el campo del estudio de las derechas.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

LinkWithin

Blog Widget by LinkWithin