miércoles, 8 de julio de 2026

La crucial opción de Washington: ¿salvar la economía global o salvar a "Israel"?

Si Washington prioriza a "Israel" por encima de la economía global, ¿estará el mundo preparado para afrontar las consecuencias de una nueva Gran Depresión, o intervendrán las potencias emergentes (China, Rusia, India) para salvar lo que se pueda salvar?

Ahmad Al-Durzi, Al Mayadeen

A pesar de la firma del acuerdo marco entre Estados Unidos e Irán, con sus catorce puntos, y el inicio de la primera ronda de negociaciones en Ginebra, la segunda, de carácter indirecto, celebrada en Qatar, sorprendió por la flexibilidad que los estadounidenses mostraron hacia Irán.

Esta flexibilidad se produjo después de que Washington se esforzara por socavar y desmantelar el acuerdo, especialmente en lo relativo al estrecho de Ormuz, debido a su conocimiento de los riesgos que esto suponía para el sistema del petrodólar, del cual los estados del Golfo constituyen la piedra angular. Washington también buscó separar las vías iraní y libanesa en respuesta a la presión israelí dentro de la administración estadounidense, con el objetivo de evitar cambios estratégicos en la región de Asia Occidental que pudieran debilitar su papel.

Esto subraya el papel crucial de Asia Occidental como centro neurálgico del mundo en la configuración de la trayectoria del nuevo orden internacional, cuyo nacimiento aún no se ha declarado oficialmente. La fase final del plan para derrocar a los siete países, revelado por el general estadounidense retirado Wesley Clark en 2001 —un plan que pretendía derrocar a Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán—, se ha derrumbado. Esta caída se atribuye a las capacidades asimétricas de Irán y a su arraigada tradición, histórica y cultural, en la gestión de la guerra librada en su contra.

El colapso del proyecto de reestructuración de Medio Oriente

Lo ocurrido demuestra el fracaso del proyecto para destruir a Irán, un proyecto considerado esencial para la reestructuración del llamado Medio Oriente impuesta por Occidente, según la visión. La guerra ha demostrado que Irán no era simplemente un eslabón en una cadena, sino el más fuerte que la rompió por completo. Si bien el plan estadounidense contemplaba la caída del régimen de Bagdad como punto de partida, con Damasco, Beirut y Trípoli desmoronándose como fichas de dominó, la realidad ha demostrado que Teherán fue la piedra angular que permaneció inamovible, y de hecho, fue quien se movió, trastocando todos los cálculos.

Hoy, la nueva realidad obliga a Washington a reconocer la necesidad de colaborar con las nuevas potencias de la región, y a "Tel Aviv" a reconocer que el proyecto del "Gran Israel" se ha vuelto obsoleto. Los mapas imaginados por el sionismo, que se extendían "desde el Éufrates hasta el Nilo", ya no son alcanzables, después de que la resistencia en Gaza y el sur de Líbano, reforzada por el apoyo iraní, demostrara que estos proyectos expansionistas chocan con las realidades geográficas, históricas y demográficas.

¿La única opción de Washington: la economía o "Israel"?

Esta nueva realidad le presenta a Washington una única opción. Una nueva guerra no alterará la realidad del estrecho de Ormuz, que ahora es clave para la economía global, e Irán tiene el poder de bloquearlo, sumiendo al mundo en una Gran Depresión. Desde el primer día de la guerra, Irán demostró su capacidad para paralizar el tráfico marítimo en el estrecho, amenazando con sumir al mundo en una recesión tan catastrófica como la Gran Depresión.

En este contexto, surge una disyuntiva crucial: Washington debe elegir entre salvar su propia economía y la mundial, o bien elegir a "Israel" y la devastación económica global. La deuda nacional de Estados Unidos ha superado los 37 billones de dólares, una cifra equivalente a la suma de las economías de China y la eurozona. Esta deuda se duplica a un ritmo de un billón de dólares cada cinco meses, y las proyecciones indican que alcanzará los 54 billones de dólares en una década y los 150 billones para 2055. En este contexto, cualquier nueva guerra implicaría un gasto militar masivo que incrementaría aún más la deuda; cualquier cierre del estrecho de Ormuz provocaría un aumento drástico en los precios del petróleo; y cualquier recesión global significaría un colapso en los ingresos fiscales, factores que dañarían gravemente la economía estadounidense.

En cuanto a "Israel", emerge de esta guerra más exhausto que cuando entró en ella, tras casi tres años de conflicto continuo que han agotado su economía, su ejército y sus reservas estratégicas. Ya no es la potencia capaz de alterar el panorama estratégico en Asia Occidental, ni la baza con la que Washington puede contar. Los acontecimientos han demostrado que "Israel" ya no puede imponer su voluntad a sus vecinos, y que su proyecto expansionista ha chocado con el muro de resistencia armada y la firme determinación de Irán.

La elección inevitable

En cualquier caso, incluso si Washington opta por la primera opción —salvar la economía global—, esto no afectará la trayectoria de la creciente deuda estadounidense. La deuda nacional de 37 billones de dólares no es solo una cifra en los libros del Tesoro; es una bomba de relojería bajo la economía de estadounidense, esperando el momento oportuno para estallar. Solo los pagos de intereses han superado el billón de dólares anuales, sobrepasando todo el presupuesto de defensa y amenazando con convertir a Estados Unidos en una nación en bancarrota, incapaz de cumplir con sus obligaciones internacionales.

En este contexto, la opción de la guerra ya no es viable, porque cualquier nueva guerra significaría no solo un desgaste continuo, sino también un colapso económico que podría desplazar a Estados Unidos de su posición como superpotencia. Además, la opción de continuar el apoyo incondicional a "Israel" ya no es viable, ya que este apoyo se convertiría en una carga insostenible para el presupuesto estadounidense y en una carga política insoportable para una opinión pública de mesa nación cansada de las guerras en Medio Oriente.

Preguntas abiertas en tiempos de incertidumbre

Ante estas circunstancias, varias preguntas permanecen abiertas a todas las posibilidades:
  • ¿Logrará la administración Trump convencer al lobby israelí de la necesidad de sacrificar algunos intereses israelíes para salvar la economía estadounidense, o la presión de AIPAC resultará más fuerte que cualquier consideración económica?
  • ¿Cómo será el panorama de Medio Oriente si Washington opta por una retirada estratégica y reconoce la influencia iraní? ¿Será esta retirada ordenada o caótica?
  • ¿Podrá Irán, victorioso tanto moral como políticamente, traducir su victoria en beneficios económicos tangibles que fortalezcan su posición regional, o las sanciones y la presión seguirán debilitando su economía?
  • Si Washington prioriza a "Israel" sobre la economía global, ¿estará el mundo preparado para afrontar las consecuencias de una nueva Gran Depresión, o intervendrán las potencias emergentes (China, Rusia, India) para salvar lo que sea posible?

La pregunta más importante es: ¿Se da cuenta "Tel Aviv" de que ha llegado el momento de redefinir su papel en la región, pasando de ser un proyecto imperial expansionista a una potencia regional que busca sobrevivir en un entorno cambiante, o a una entidad insostenible?

Las próximas semanas y meses serán cruciales para determinar el rumbo de Asia Occidental durante los próximos años, quizás incluso durante cinco décadas. O bien alcanzaremos un acuerdo histórico que transforme la región, o nos hundiremos en un caos generalizado que podría arrasar con todos. Lo que sí es seguro, sin embargo, es que las opciones disponibles para Washington y "Tel Aviv" ya no son las mismas, y que la región, otrora bajo la tutela occidental, se ha convertido en un escenario de nuevos equilibrios de poder, gobernados por potencias regionales emergentes que comprenden que su futuro ya no está ligado a dictados externos, sino a su propia voluntad, su capacidad de perseverancia y su habilidad para forjar sus propias alianzas.



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