El triunfo de la extrema derecha y el avance reaccionario regional consolidan una red subordinada a Estados Unidos que amenaza la soberanía en América Latina
Yailé Balloqui Bonzón, Al Mayadeen
Ante el declive de su hegemonía unipolar, los centros de poder radicados en Estados Unidos y sus aliados reactivan el macartismo, ya no como una política de persecución interna, sino como una alianza transnacional de ultraderecha orientada a desestabilizar los proyectos soberanos y revertir la justicia social en el Sur Global.
Para entender esta estrategia, vale la pena recordar de dónde viene el término. El macartismo original nació en el Estados Unidos de los años cincuenta, cuando el senador Joseph McCarthy desató una paranoica caza de brujas anticomunista.
Bastaba una acusación sin pruebas, un rumor o un pensamiento disidente para que artistas, científicos y ciudadanos comunes terminaran en listas negras, señalados como "enemigos internos" y expulsados de la vida pública.
Era el triunfo del miedo sobre la razón. Una campaña de terror psicológico diseñada para purgar cualquier idea incómoda para el poder establecido.
Hoy, esa vieja receta se ha sacado del archivo histórico, pero con un alcance global y herramientas mucho más sofisticadas.
El fenómeno De la Espriella y el giro radical en Colombia
En Sudamérica, la contraofensiva corporativa tiene su expresión más reciente en Colombia tras el triunfo electoral de Abelardo de la Espriella.
La victoria de esa ultraderecha radical frente a las fuerzas progresistas lideradas por Iván Cepeda frena el ciclo de reformas e impone un modelo político revanchista.
Bajo la bandera de los "Defensores de la Patria", el nuevo inquilino que habitará la Casa de Nariño concentra su agenda en desmantelar las conquistas sociales en salud, pensiones y derechos laborales alcanzadas por la administración saliente, devolviendo el control de los servicios públicos a los monopolios privados.
Simultáneamente, busca echar por tierra los avances logrados mediante la política de Paz Total impulsada durante el mandato progresista, apostando en su lugar por el retorno a la confrontación total y la militarización interna bajo el pretexto de la "mano dura".
Con su inmediata alineación con el Pentágono y la provocación institucional —evidenciada en sus tensiones con las fuerzas armadas previas a la toma de posesión—, el nuevo ejecutivo recoloca a Colombia como la punta de lanza de la derecha imperial en la región.
El eje Trump-Asfura-Milei-Kast-Noboa
Esta ofensiva responde a una maquinaria coordinada por think tanks y capitales occidentales que unifican discursos en foros internacionales para subordinar las agendas locales a los dictados de Washington.
A este escenario se suma la situación en Centroamérica con el retorno del Partido Nacional al poder en Honduras. La llegada de Nasry Asfura a la presidencia, respaldado de forma explícita por Donald Trump durante la campaña electoral, significó el desmantelamiento del proyecto popular de Xiomara Castro y la reinstauración de un enclave subordinado a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en el istmo.
De manera aún más pronunciada, la Argentina de Javier Milei se erige como el pivote sur del alineamiento irrestricto con el poder estadounidense. Su gestión no solo funciona como laboratorio de un neoliberalismo salvaje que destruye el tejido estatal, sino que ha hipotecado la soberanía nacional al someter la política exterior a la agenda geopolítica y militar del Pentágono.
La compra de equipamiento militar norteamericano, la intromisión operativa estadounidense en la hidrovía Paraná, la aspiración de integrarse a la OTAN como socio global y el seguidismo automático hacia Washington y "Tel Aviv" transforman a la Casa Rosada en un satélite activo del nuevo orden macartista.
Y en Chile, la extrema derecha liderada por José Antonio Kast y el Partido Republicano instrumentaliza el discurso de la inseguridad y la xenofobia institucional para sepultar las demandas históricas de cambio social, legitimando una agenda nostálgica de la dictadura pinochetista.
Por su parte, los regímenes de Ecuador y Perú evidencian la efectividad del secuestro institucional mediante el uso de estados de excepción permanentes, la militarización pública y el empleo del aparato judicial como armas de persecución política.
En ese plano exterior, la postura del gobierno entrante en Colombia resulta sintomática, pues bajo las directrices de su canciller Omar Bula Escobar ya anunció su pretensión de clausurar la embajada en La Habana tan pronto asuma el poder formal.
Este tipo de medidas —que imitan la ruptura del tejido diplomático continental vivida durante los peores años de la Guerra Fría— busca aislar políticamente a la Revolución Cubana, romper los lazos de cooperación médica y cultural vigentes, y fracturar la integración latinoamericana.
Así, la diplomacia de "mano dura" de De la Espriella funciona como una caja de resonancia de los dictados del Departamento de Estado, castigando el rol histórico de la isla como garante de la paz y ejemplo de soberanía.
El futuro de una región bajo el signo de la reacción
La consolidación de este mapa político plantea un escenario de profunda regresión para América Latina y el Caribe, implicando el desmantelamiento de los mecanismos de integración soberana, como la CELAC o la UNASUR, en favor de una subordinación absoluta al esquema panamericanista controlado por Washington.
El subcontinente corre el riesgo de volver a ser una cantera de recursos naturales privatizados al servicio del capital extranjero, anulando los esfuerzos por la soberanía energética y alimentaria.
Socialmente, la proyección apunta a una agudización de la desigualdad, donde la protesta popular será contenida mediante la fuerza penal y la suspensión de garantías constitucionales.
Hacia ese horizonte de polarización e inestabilidad se encamina la región, sacrificando los derechos fundamentales de las mayorías en el altar del libre mercado y la seguridad hemisférica dictada desde el Norte.
"Filosofía del despojo" y complicidad internacional
El peligro real de esta internacional ultraderechista radica en lo que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, denunció recientemente como la "filosofía del despojo" que guía las acciones del imperio.
Tal giro ideológico en América Latina tiene repercusiones directas en la geopolítica mundial, toda vez que las nuevas extremas derechas rompen con la defensa del derecho internacional para respaldar de manera irrestricta las agresiones multilaterales de Estados Unidos y su complicidad abierta con las acciones bélicas y los crímenes en Medio Oriente.
Las sanciones contra Cuba, las presiones contra los gobiernos soberanos y la criminalización de las fuerzas populares no son hechos aislados, sino manifestaciones materiales de una agenda global de recolonización que busca someter la soberanía del Sur Global.

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